Prioridad nacional
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
Este se ha convertido en un concepto dominante en España de la mano de la ultraderecha de Vox y de la aceptación y normalización que hace de él el Partido Popular. Una exigencia de los de Abascal a la hora de formar gobiernos de coalición con los populares en comunidades autónomas como Extremadura y Aragón; pero vendrán más. Una manera de situar el tema de la inmigración en la agenda política y electoral de la peor forma posible, fomentando el rechazo, el desprecio y la segregación de la población recién llegada.
Las palabras nunca son inocentes y esta expresión pretende crear y estimular el sentimiento de que, en función del origen, debe haber ciudadanos de primera y de segunda, personas con derechos y otras que no los tienen y pueden ser privadas del acceso a los servicios públicos, no ser beneficiarias de ayudas sociales y, llegado el caso, ser expulsadas de manera injustificada. Subyace un relato nacionalista de carácter supremacista, una pretendida superioridad étnica y cultural que otorga primacía sobre las personas consideradas diferentes. Con esta terminología no se hace más que activar bajas pasiones entre personas socialmente insatisfechas, a las que se dirige hacia la culpabilización del trabajador inmigrante y se les proporciona un falso calor tribal frente a un diferente despreciado y que, supuestamente, pone en cuestión nuestro bienestar y nuestra cultura. Este nacionalismo repugnante del «nosotros primero», que cuenta con promotores y seguidores en todos los países, también con fuerza en Cataluña, parte de una idea preconcebida difícil de articular: una supuesta «propiedad» sobre el territorio, sobre la geografía, por parte de determinadas personas que se atribuyen ese derecho. Consideran que aquello que llaman de manera simplista «el país» pertenece a un «nosotros» que se articula frente a un «ellos» que, según dicen, nos amenaza y pretende sustituirnos. Resulta bastante curioso que quienes defienden esto afirmen hacerlo en nombre de una cultura definida apresuradamente y de forma estereotipada. Una cultura, precisamente, de la que no parecen ser grandes poseedores.
Es muy revelador de las intenciones meramente electoralistas y populistas de esta cuestión el hecho de que el modelo inicial y de prueba sea Extremadura, lugar en el que, con grandes dosis de cinismo, la futura presidenta Íngrid Guardiola ha pasado de rechazar aliarse con la extrema derecha a comprar e incorporar a su proyecto de gobierno la posición más extrema de esta en relación con la inmigración y la llamada prioridad nacional. Precisamente, esta comunidad autónoma es, con mucha diferencia, la que tiene menos población extranjera: apenas un 4,1 % de su millón de habitantes, mientras que la media española es del 16,3 %. El problema de este territorio ha sido justamente el contrario: la salida masiva de su ciudadanía. En los últimos cincuenta años, se han marchado de allí 520.000 personas por falta de perspectivas económicas y de progreso social, con los evidentes efectos de descapitalización y envejecimiento de la población. Una tierra tradicionalmente pobre debido a una estructura agraria fundamentalmente latifundista, donde durante un siglo el futuro de su gente ha pasado por emigrar y que ahora otorga mayorías políticas a los herederos de quienes la han sometido histórica y socialmente bajo la bandera de limitar, combatir y expulsar a personas que, como buena parte de ellos mismos, no han tenido más remedio que buscarse la vida en otro lugar. Precisamente una nueva población, predominantemente joven, que trabaja y cotiza para sostener un sistema de pensiones y unos recursos públicos de los que debe vivir, por razones de edad, una parte muy importante de la población de esta comunidad autónoma.
El discurso nacionalista es siempre un engaño, un decorado grandilocuente tras el cual se pretenden ocultar intereses y miserias. Establece identidades y, especialmente, fija las líneas de separación entre ellas, prescindiendo de las personas, así como de la relatividad de unas codificaciones que no funcionan en la vida real. «Primero los de casa» es, por definición, una manifestación insolidaria, excluyente y miserable, incompatible con los valores democráticos y con la filosofía de los derechos humanos. Representa optar por el cierre restrictivo y empobrecedor frente al progreso y la libertad. Se conforma una identidad ficticia a partir de lo que el filósofo Kwame Anthony Appiah definió como «las mentiras que nos unen».
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR
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