Seguridad
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
El mundo se ha vuelto más inseguro de manera muy evidente, aunque nunca haya sido un remanso de paz. Hay hechos objetivos en la geopolítica mundial que lo avalan. El Israel de Netanyahu, la Rusia de Putin y la nueva política estadounidense de la mano de Donald Trump nos lo dejan muy claro. También es una percepción desde una determinada posición en el globo. Una buena parte del mundo nunca se ha sentido segura porque la pobreza y la desigualdad son factores de incertidumbre vital que muchas personas nunca han dejado de sufrir. Para ellas, el ambiente es tan desagradable hoy como lo ha sido siempre. Pero en el mundo occidental sí hemos vivido décadas bastante tranquilas, donde los conflictos, si es que se producían, lo hacían de forma muy localizada. Vivimos una situación nueva, aunque la desintegración y el conflicto en la antigua Yugoslavia ya nos indicaron que algo había cambiado en un mundo que giraba en torno a dos grandes potencias. Ya no había ni hay equilibrio. Ahora, sin embargo, se ha impuesto el desorden, un caos no organizado donde vuelve a predominar la amenaza, y la diplomacia y el acuerdo parecen haber desaparecido. Europa es quien más sufre este nuevo panorama. Disponíamos de un paraguas occidental de defensa, liderado y financiado en gran parte por Estados Unidos, que de repente desaparece mientras el entorno y la posibilidad de guerra en Europa empiezan a ser una posibilidad real.
Últimamente, se habla mucho dentro de la Unión Europea de destinar mucho más dinero a una defensa que debe ser autónoma y con aspiraciones globales dentro del continente. Se cuantifica en términos del PIB a destinar y se habla de “rearme” como un imperativo categórico. Las palabras son un poco traicioneras y tal vez convendría aclarar de qué hablamos y qué es realmente lo que necesitamos. Tratar el tema en términos clásicos de los ejércitos que conocemos parece poco realista y aún menos adecuado. Para recuperar la seguridad, no creo que se trate de crear un ejército con millones de soldados de infantería o de aumentar los arsenales de armamento tradicional, más pensados para la expansión que para la defensa y disuasión de posibles agresores. La seguridad debe venir de la mano de la tecnología, que permite crear escudos de protección y sistemas avanzados para repeler una guerra aérea que ya no es de bombarderos, sino de drones. Significa evitar y establecer cortafuegos frente a la capacidad de guerra cibernética enemiga que ya se está practicando y padeciendo desde hace unos años. Una tecnología, y también un armamento, que debería ser de diseño y fabricación propios. Depender del suministro de empresas estadounidenses, ya sea de aviación, sistemas de radar o informáticos, ya no es una opción. Hacerlo sería como dar las llaves de casa a posibles ladrones. Significa también disponer de plataformas digitales y empresas tecnológicas de inteligencia artificial propias. Depender de Google, Facebook o Ciberlink nos convierte en víctimas propiciatorias por el grado de vulnerabilidad que asumimos.
Para hacer este cambio en Europa, que debería ser concertado, será necesario destinar dinero, y no poco. Habrá que hacer el trabajo que no se ha hecho durante tres décadas en relación con la tecnología. Esto no tiene mucho que ver con una dinámica de guerra ni con erigir grandes ejércitos armados; significa ocuparse de la seguridad de forma transversal y que, de hecho, puede tener efectos importantes y positivos en la dimensión económica, dependiendo de las prioridades y de cómo se haga. Esto no es exactamente “rearme”, término que no se debería utilizar, no para escudarse en una sinonimia, sino porque no es, o no debería ser, de lo que se trata. Habría que explicar bien el qué y el porqué de las nuevas políticas de defensa. Como era de esperar, la izquierda posmoderna se ha apresurado a contradecirlo de manera demagógica, apelando al “No a la Guerra”, queriendo pescar en aguas turbulentas. Afrontar los problemas actuales y reales de la defensa de Europa, así como su modelo social y político, requiere dotarse de seguridad, sin que ello implique cuestionar o rebajar las prestaciones del Estado del bienestar. Hay que ser muy ingenuo para no atender los peligros reales que se nos presentan, procedentes de Rusia o bien de Estados Unidos, con su apuesta neoimperialista y colonizadora. La libertad y la razón ilustrada merecen y requieren ser defendidas. Seguramente no era necesario el kit de supervivencia doméstica para la guerra del que tanto se ha hablado estos días y que solo sirve para crear miedos innecesarios; pero sí tener claro que el presente y el futuro ya no son lo que eran, y que aquello que nos ha definido deberá ser protegido.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR