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Apagón informativo


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Hay varias maneras de estar desinformado. Una es estar desconectado o no tener acceso a medios de comunicación. Esta primera opción resulta difícil. ¿Cómo te aíslas? Si lo miramos bien, no es tan mala opción si queremos tener una vida digna y no estar sometidos a una presión constante en la que más que informarnos, se trata de sufrir un estrés continuo por no saber si lo que consumes tiene una mínima calidad o si, por el contrario, es solo “grasa” que funciona como distracción manipuladora. Obviamente, el resultado es que quedas como un elemento extraño, antisocial y ajeno a la realidad. La opción contraria, que es estar hiperconectado, leyendo todo lo que encuentras en los periódicos, en las redes, en medios de todo tipo sin distinguir sesgos ni intereses, sin diferenciar entretenimiento de información, sin matices entre periodismo y opinión, te acaba intoxicando por exceso y, sobre todo, porque ya no hay manera de saber qué es falso y qué es pura invención. Los rumores y las noticias se superponen, y lo que prometen los titulares de clickbait no te acaban dando lo que prometía ese tentador redactado que funciona como un anzuelo. A la hora de estar informados, también menos, es más. Si no sabemos el origen y la autoría de lo que consumimos, si las informaciones no responden a una cabecera y a periodistas reconocidos por su responsabilidad profesional, acabamos intoxicados —ahora lo llaman infoxicación— y, con seguridad, nada informados.

¿Cuántas veces amigos y compañeros nos dan una información llamativa que chirría, y al pedirles la fuente responden que “se dice en las redes” o que les ha llegado a través de buscadores de noticias que ya ni se molestan en decir quién es el autor o la autora de tal información? Rumorología y veracidad se combinan y recombinan dando lugar a pequeños productos que siempre están a medio camino entre el divertimento y la noticia. Los consumimos como mera distracción y, si es posible, para echarnos unas risas con los amigos. Nos da igual lo que pase porque nuestra capacidad de conexión en un sentido ético y moral, como sujetos sociales, hace tiempo que se ha deteriorado. Todo lo que se publica, por su volumen, resulta imposible de digerir y aún más de entender y apropiarnos críticamente. Buena parte de los medios, especialmente los digitales, se han convertido en vertederos de basura informativa. Funcionan como lugares de creación de emociones y relatos que generan comportamientos políticos lo menos racionales posibles. Mucho de lo que circula por las redes es pura maldad que pretende disfrazarse de información, cuando en realidad está lejos de serlo. ¿Cómo salir de esta trampa del exceso y de la mala calidad?

Ciertamente, no tengo la receta. Intento, como con la alimentación, hacer una dieta variada pero siempre con productos saludables. Leer o ver medios con nombre y apellido, donde periodistas cualificados siguen haciendo la magnífica función de informar a partir de datos verídicos y contrastados, proporcionándome el contexto de lo que me cuentan. Huir de informarse exclusivamente por internet, cosa que no resulta posible, como tampoco lo es estar pendiente todo el día de las “novedades” de última hora. Buena parte de lo que pasa puede esperar a ser leído o visto por la noche o al día siguiente. Asumir que la función de informarse también requiere contexto, actitud y atención adecuada. Como todo lo importante, no se puede hacer de cualquier manera, interfiriendo con el trabajo o la vida personal o familiar.

Reconozco que, con todo lo que está cayendo, practico un cierto apagón informativo que me permite tomar cierta distancia y ser moderadamente feliz. No, no estoy pendiente de los tuits de Elon Musk o Donald Trump, no me interesan las ocurrencias de los influencers de moda ni sigo las frases hechas de políticos que tienen poco que decir más allá de insultar a los contrincantes. No pierdo el tiempo con terraplanistas ni conspiranoicos, ni siquiera para burlarme de ellos. Tampoco me recreo con imágenes impactantes de violencias injustificables. Sabiendo que se practica y quién la practica, tengo suficiente para saber que el mal realmente existe. Hoy en día, para estar realmente informados y poder actuar como ciudadanos socialmente responsables, hay que aplicarse dietas suficientes, pero no excesivas, bien seleccionadas, poco calóricas y bajas en distracciones interesadas.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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