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Cada vez más nihilistas


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En las últimas décadas, dominadas culturalmente por los postulados posmodernos, además de la crisis de los valores democráticos y la influencia nefasta de la tecnología digital, se desprende un cierto relativismo moral. Esta falta de convicciones y de ideas sólidas suele derivar hacia el nihilismo, en un no creer en nada más allá de uno mismo y la pretensión de consumir y acumular riqueza. Una posición que, intelectualmente, puede resultar atractiva, cómoda y apreciada estéticamente, pero que tiene poco sentido práctico y que abole cualquier noción de sociedad y de progreso de la humanidad.

Cuando empezó a desaparecer el miedo a Dios y la religión dejó de ser quien fijaba los códigos y los límites morales, emergió en la filosofía una preocupación por alcanzar valores morales laicos que permitieran mantener un cierto orden social. En la Ilustración, el sector denominado “radical” comenzó a imaginar un mundo sin Dios, como fue el caso de Diderot o del barón de Holbach. Algunos contemporáneos consideraron que esto ponía en riesgo la misma noción de sociedad. Algunos, como Voltaire, aun siendo anticlericales, no se declaraban ateos sino deístas, y veían en la negación del creacionismo y de la existencia de un poder sobrenatural el principio del caos. Como escribió el novelista ruso Fiódor Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Durante la Ilustración, fue Kant quien se esforzó en plantear una ética sin creencia ni temor religioso al formular el concepto de imperativo categórico. Se trataba de proyectar sobre los demás la misma noción de bien que queríamos tener como derecho para nosotros mismos.

El relativismo moral se conecta con el posmodernismo a partir de un filósofo de referencia como Nietzsche, quien, al negar la existencia de Dios, consideró que no había ninguna ley moral. No hay distinción entre el bien y el mal. El relativismo cultural, el respeto a la alteridad de valores y prácticas, induce a aceptar comportamientos que en la Modernidad eran condenables. Los antropólogos culturales explican conductas “primitivas” difícilmente aceptables, pero que, según el código moral posmoderno, no debían juzgarse, ya fuera la sumisión de las mujeres, el sacrificio de criaturas o las prácticas de tortura. Como las culturas no son comparables, nuestra visión crítica queda desautorizada en nombre del “imperialismo cultural”. Así, las declaraciones universales de los derechos humanos, que han sido una forma práctica y comprensible de fijar unos “derechos globales”, han sido rechazadas y consideradas elementos de imperialismo occidental por parte de la llamada “teoría crítica” hasta nuestros días. Se consideran totalizadoras, imperialistas y poco respetuosas. No es extraño que los pensadores franceses simpatizaran con la revolución de los ayatolás en Irán en 1979 y que Michel Foucault visitara el país y escribiera textos elogiosos al respecto. De la misma manera, los símbolos culturales islámicos que también representan opresión no son criticados por aquellos que militan dentro del marco mental establecido por los filósofos franceses.

El nihilismo que impregna el pensamiento de los filósofos franceses ha tenido un largo recorrido hasta nuestros días y ha servido de base para estrategias y relatos políticos que operan en el ámbito de la destrucción de cualquier certeza, pero también de cualquier código ético y moral. Especialmente Jacques Derrida ha inspirado a los principales “ingenieros del caos” de la política actual, como el estadounidense Steve Bannon, el británico Dominic Cummings o el ruso Vladislav Surkov. Se trata de transmitir emociones que refuercen ciertas tendencias y prejuicios, aunque estos no se basen en la realidad. Se ha comprobado en las redes sociales que es fácil influir en las personas mediante falsedades que refuercen sus estereotipos negativos, mientras que convencer con la razón resulta mucho más complejo. Ya lo decía y lo practicaba Joseph Goebbels en la Alemania nazi: una noticia falsa requiere muchas pruebas para que alguien reconozca su error.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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