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Carta a Leonor Borbón Ortiz


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Me permito escribirle en víspera de tan señalada fecha para Usted y para nosotros, la de su jura de la Constitución. El propósito de mi carta es el de informarle de algunos asuntos de interés para la ciudadanía de nuestro país. Sé que desde bien pequeñita, se habrá visto aturdida por mil consejos de cien consejeros. Le habrán puesto la cabeza como un bombo sobre lo que deba hacer o evitar, por lo que le ruego que no piense en que yo tenga el mal gusto de desear convertirme en uno de ellos. Sencillamente, me propongo ofrecerle un punto de vista, lo más objetivo posible, concerniente a la institución que, a partir de ahora, Usted va a representar junto con sus padres hasta que la República sustituya a la Monarquía.

La Monarquía no es percibida de igual manera por todos los españoles. Muchos jóvenes y bastantes adultos piensan que se trata de algo meramente decorativo, que tiene muy poco que hacer en y muy poco que ver con, los tiempos que tan velozmente corren. Otros, más enfadados, señalan que hay demasiados haraganes que pululan alrededor de las denominadas Casas Reales. También hay, desde luego, personas generalmente mayores, que creen que la institución que Usted se apresta a representar es una convención necesaria y arbitral en un país muy polarizado como el nuestro. Pero la desafección juvenil, hoy, parece superior a la adhesión, sobre todo a consecuencia de la precariedad laboral frente a la pompa de la Corona, la falta de horizonte personal y, además, por la conducta de su abuelo, conducta que tan de cabeza ha traído a sus padres.

Ya sé que no podemos saber el parecer de los españoles al respecto de la Monarquía, pues se prohibió en su día un referéndum ad hoc, por presumir sus impulsores que la gente mostraría más rechazo que adhesión, como confesó en su día el propio Adolfo Suárez a la periodista Victoria Prego. Tampoco lo podemos conocer ahora pues los institutos de opinión, privados y oficiales, omiten reiteradamente preguntar al respecto. Sin embargo, en el discurso pronunciado por su padre en el banquete de su boda en 22 de mayo de 2004, siendo aún Príncipe de Asturias, él mismo dijo que no reinaría si no contaba con el apoyo de los españoles. La cinta magnetofónica donde se registraban sus palabras fue cortada en varios tramos, pero los periodistas que seguíamos de cerca la ceremonia pudimos escuchar aquellas palabras que luego nunca vieron la luz. Para sellar, más aún, con silencio tantas cosas, existe todavía en vigor una ley de Secretos Oficiales, preconstitucional, emitida en 1968 en vida de Franco, que impide a los españoles conocer nuestra propia historia. De manera insólita en Europa, esa ley carece de plazos de desclasificación, lo cual implica que en España hay secretos eternos. Fíjese que consideración se tiene hacia nuestro pueblo, al que impiden conocer su propia historia. Quienes se niegan a cambiar esa ley piensan que todos somos, salvo ellos, menores de edad.

El caso es que no puede entenderse nada cabalmente si no se indaga en sus causas. Y las causas de la afección y, sobre todo, de la desafección hacia la Monarquía en España son múltiples, en opinión de muchos. Como se sabe, su tatarabuelo Alfonso, marchó de España en 1931, tras unas elecciones que consideró adversas, en lo que implicaba una abdicación de hecho ante el republicanismo. Y, pese a que los monárquicos en general, se unieron al bando franquista alzado contra la legalidad republicana durante la cruenta guerra civil inducida por el golpe militar de Franco, el dictador ninguneó a su bisabuelo Juan, pese a que él se ofreció a integrarse como combatiente bajo su mando. Y, para colmo de crueldad, el dictador le exilió de hecho y le impidió reinar rompiendo la continuidad sucesoria, clave de bóveda de la institución monárquica. Además, Franco se mantuvo algún tiempo jugando a deshojar la margarita de si investir como heredero a su abuelo Juan Carlos o a su tío abuelo, Alfonso Borbón Dampierre, cuyo padre, Jaime, primogénito pero sordomudo, al morir en atentado el presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco en 1973, se aprestó a venir a España e imponer el Toisón de Oro al dictador para que nombrara rey a su hijo Alfonso. Como sabe, su tío abuelo Alfonso moriría años después en Aspen, Colorado, en un raro accidente mientras esquiaba. Pese a ser un Borbón, está enterrado en la iglesia de las Descalzas Reales, en Madrid, emblema de la dinastía de los Austrias. Seguro que de muchas de estas cosas le han informado, por lo que le pido disculpas por la posible reiteración.

Sin embargo, hay algo más cercano que causa el rechazo hacia la Monarquía del que me he permitido hablarle. Es preciso primero mirar un poco hacia atrás. Al acabar la Guerra Civil en 1939, Franco prosiguió la represión con el deseo de aniquilar toda oposición –hoy hay aún más de 100.000 españoles fusilados a partir de entonces y enterrados en cunetas y fosas comunes–. Se había encaramado al poder mediante una maniobra de falseamiento perpetrada con su hermano Nicolás Franco. En una reunión de generales sublevados contra la República, reunidos en la finca de un ganadero salmantino en octubre de 1936, los asistentes firmaron un texto en el cual conferían a Franco la “Jefatura del Gobierno del Estado… mientras dure la guerra” (el cineasta Amenábar ha llevado esos hechos a su película sobre Miguel de Unamuno). Al redactar el comunicado así rubricado por los generales adheridos al golpe, Nicolás Franco suprimió varias palabras clave de aquella frase consensuada por el generalato y lo firmado quedó como que Franco era investido jefe del Estado, “por la gracia de Dios”, dirían las monedas acuñadas luego con su efigie. Sobre aquella impostura, se asignó a sí mismo, a partir de entonces, la Jefatura del Estado, la Jefatura del Gobierno y la de las Fuerzas Armadas, así como la inviolabilidad personal y la irresponsabilidad por encima de las leyes, todo ello con carácter vitalicio, aunque fruto de un sangriento golpe de Estado contra la legalidad republicana.

Muchos españoles, obreros, estudiantes, vecinos, mujeres comprometidas, incluso sacerdotes progresistas, hartos de aquella dictadura, impulsados durante cuarenta años por los partidos y sindicatos clandestinos de la izquierda y luego, con la anuencia de algunas fuerzas anteriormente adscritas al franquismo, acabaron parcialmente con aquel régimen dictatorial y convinieron pactar una Constitución con libertades democráticas, la misma que Usted va a jurar el 31 de octubre. Pues en esa Ley de Leyes, por circunstancias basadas entonces en el supuesto temor a otro golpe de Estado, se atribuyeron a su abuelo Juan Carlos aquellos mismos atributos que, arteramente y de por vida, Franco se atribuyó a perpetuidad a sí mismo en aquella treta salmantina urdida con su hermano Nicolás Franco. De tal manera que el rey Juan Carlos ha sido también inviolable e irresponsable ante la ley, es decir sin responsabilidad penal, de manera vitalicia y hereditaria, además de Jefe de las Fuerzas Armadas y garante de la Constitución.

Usted me podrá decir que a dónde quiero llegar y yo amablemente respondo que en esa atribución de inviolabilidad e irresponsabilidad al Jefe del Estado se encuentra la causa política más cercana del descrédito social de la Monarquía. Es decir, comoquiera que su abuelo Juan Carlos no tenía cortapisa legal para hacer lo que deseara, se guió por conductas muy dañinas para él, para la Corona y para todos, como la de cazar elefantes en África, amén de muchas otras, mientras le gente aquí, por la crisis económica, no podía llegar a fin de mes. Luego fueron surgiendo nuevos escándalos relacionados con prácticas financieras y de otro tipo, cuando menos, amorales, que la irresponsabilidad penal amparaba. Por ello, quisiera significar que la ciudadanía de este país se vería muy conforme con abolir esa impunidad asignada al Jefe del Estado, para evitar de cuajo que se incurra en lo mismo en lo que Juan Carlos de Borbón incurrió. Algunas sensatas medidas, dolorosas evidentemente, adoptadas al respecto por el rey hacia su padre no son suficientes para sellar del todo cualquier eventual transgresión al respecto.

Desde luego, uno/una no es culpable de los errores o delitos de sus antecesores, no faltaba más. Pero, en una institución que tiene a la herencia sucesoria y a la familia como referencias-clave, tal es el caso de la Monarquía, ese tipo de cuestiones pesa mucho más que en cualquier otro caso. Además, podría quizá lograrse así que su padre Felipe VI retomara su propósito, enunciado en su boda, siendo aún heredero, de no reinar sin la aquiescencia manifiesta de los españoles. Y, de paso, olvidara la negativa que reveló la entonces Vicepresidenta Primera socialista Carmen Calvo cuando ella y Manuel Pizarro, por el PP, en 2021, plantearon a la Casa Real la conveniencia de renunciar a la prerrogativa de eximir a Felipe VI de la irresponsabilidad penal e inviolabilidad vitalicias y hereditarias como Jefe del Estado.

Hay mucho españoles y españolas que desearían ver a la familia real española circular en bicicleta por las calles de Madrid, como hacían en Copenhague, Oslo o Estocolmo sus pares que, por cierto, a diferencia de lo sucedido por nuestros lares, allí tomaron partido por el pueblo llano contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Con el tema de la bici cabe significar que con cuanta más llaneza vivan los problemas de la gente, más llevadera se hará para la ciudadanía la comprensión de una institución como la Monarquía que o es democrática plena y cabalmente, o no será. Fíjese, su abuelo Juan Carlos, hay que reconocerlo, logró la simpatía de muchos republicanos cuando se avino a escuchar lo que la gente de pie quería que no hiciese, es decir, cuando más receptiva y democrática fue su conducta antes de estropearlo todo.

En fin. Le ruego que, si le quedase tiempo para leer este escrito, tenga en cuenta que las cosas que le he contado pueden hacer más llevadera la vida en nuestro país, tan atribulado por la polarización. Frente a esa lacra, si Usted y la institución que representará elude cualquier escoramiento y asume una posición arbitral y democrática, sería más comprensible lo anacrónico de una institución medieval cuyo pesado legado le ha correspondido asumir. Me temo que le aguardan muchos desafíos litigando con el deber ser a quien su función áulica tratará de impedirle, en muchas ocasiones, ser ella misma: la imponente Razón de Estado limitará su vida, le impondrá sonrisas y silencios indeseados, torcerá cualquier intento de naturalidad... En esa lid contará sin duda con el apoyo materno, que con sensatez y sin aparentes remilgos ha capeado numerosos temporales, según sus allegados, al igual que la experiencia de su padre también podrá serle útil. Con todo respeto, permítame desearle mucha suerte en su nuevo cometido, con el anhelo de saludarle algún día a Usted y a su familia, más temprano que tarde, como a cualesquiera ciudadanos, en bicicleta o a pie, por una calle de este país tan bello, difícil y singular como el que habitamos.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.