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Marruecos y Argelia, esos dos grandes desconocidos


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Marruecos es un gran desconocido en España. Gran parte de los españoles y españolas, ignora su historia, su geografía, su sociedad y sus costumbres. Sin embargo, esa misma gran parte de la población muestra un recelo acentuado hacia todo lo que ese país vecino y sus gentes implica. Se da por descontado que allí se experimentan sensaciones semejantes hacia España. Existe pues una base psicológica a priori muy extendida que puede ser manipulada para instalar cualquier tipo de hostilidad en ambos países.

Los gobernantes de sendas orillas del Mediterráneo y del Atlántico que nos separan tienen la obligación de conocer más profundamente los Estados vecinos. Por eso, ha de ser la racionalidad la que presida el mutuo conocimiento, no la emocionalidad de los prejuicios, ni los desbordamientos viscerales en los que tanto los marroquíes como los españoles somos tan proclives y dados a incurrir.

Con 440.000 kilómetros cuadrados de extensión y 38 millones de habitantes, Rabat como capital y Casablanca como ciudad más poblada, lo que conocemos por Marruecos es gobernado por una dinastía islámica alauita desde el siglo XVII. Hasta marzo-abril de 1956 en que dejó de tener parte de sus territorios sometido al colonialismo francés, como Protectorado desde 1912, y español, no se trataba de un Estado unitario; en su seno han coexistido poblaciones y territorios objetivamente independientes o autónomos, como el Rif, poblado por bereberes (denominación que etimológicamente se solapa con el término bárbaros), étnicamente diferenciados de otros moradores del país. Fue en esta zona norteña donde España ejerció su dominio y libró sangrientas guerras con los pobladores locales ya desde mediados del siglo XIX.

Algunos historiadores sitúan el origen de tales contiendas como respuestas militares en una zona geopolíticamente cercana y militarmente rentable, como la marroquí, para aminorar los reveses sufridos en América por el declinante imperio español. Sea lo que fuere, se trató de guerras altamente impopulares aquí, contestadas por las clases sociales subalternas, obligadas a convertirse en carne de cañón de unos conflictos que solo la clase dominante, con la Corona al frente, era capaz de justificar. El saldo en sangre y dolor de aquellas guerras de África dejó un reguero de malestar social y un resquemor social y político que reventó en distintas explosiones populares contra la leva obligatoria para los pobres y discrecional para los ricos, que podían librarse de ir al frente pagando ciertas sumas. Aquellas explosiones estaban dirigidas por partidos y sindicatos de izquierda, anarquistas y socialistas, con manifestaciones fuertemente reprimidas por el poder central.

Tal escenario bélico creó una casta militar, la de los denominados africanistas que, con la anuencia, cuando no la dirección, de la Corona, se enseñorearon de la política española, yugulando la política civil del país prácticamente ya hasta la muerte, en 1975, del dictador, Francisco Franco, primus inter pares de aquella casta. El africanismo militar determinó la razón de Estado en España durante siglo y medio, con consecuencias políticas, económicas y sociales que hemos vivido y sufrido varias generaciones. Confiemos en que algunas actitudes presentes no tengan ya nada que ver con aquellas nostalgias.

Dando un salto en el tiempo, la descolonización emprendida en Europa, Ásia y África a partir de la crisis de Suez en 1956, implicó el desbancamiento de franceses e ingleses de la primera línea de la hegemonía colonial en el mundo. Estados Unidos se convirtió en el garante capitalista de la descolonización, cuestionado en clave socialista desde el Este europeo y el oeste asiático por la Unión Soviética, co-vencedora de la Segunda Guerra Mundial. También por China. Washington se proponía edificar su propia hegemonía planetaria, para expandir su naciente imperio no propiamente territorial, sino dolarizado y basado en una red de bases e instalaciones militares dispersas por el perímetro eurasiático, hasta 800, complementada por una maraña de acuerdos comerciales y políticos con políticos locales, señaladamente dirigentes nacionalistas o independentistas, muchos de ellos, dictadores. Mohamed V, de Marruecos, fue principal beneficiario estratégico de la interesada ayuda estadounidense a la descolonización franco-española de Marruecos. Washington no soporta la presencia española en las dos riberas del Estrecho de Gibraltar y azuza hoy a Rabat para que cuestione la españolidad histórica objetiva de Ceuta y Melilla.

Comoquiera que Argelia, vecina oriental de Marruecos, igualmente descolonizada tras un millón de muertos en su lucha por la independencia contra Francia, mostró simpatías ideológicas hacia el socialismo, se convirtió en el enemigo a abatir en el Norte de África, durante toda la Guerra Fría, que terminó cronológicamente en 1990; pero aquella contienda ideológica y geopolítica nunca ha concluido objetivamente en el Norte de África, donde Argelia sigue siendo considerada, porque sí, enemiga de Occidente. Los estrategos de Washington parecen desconocer que las exportaciones del codiciado petróleo argelino, del cual el país vive, tienen su salida natural hacia la Europa capitalista, incluida España.

Sobre tal obsesión antiargelina, algunas Administraciones de Washington, como hoy la de Donald Trump, alentado por los pactos de Abraham de su aliado-dominante Benjamín Nethanyahu, siguen considerando que precisan volcar su apoyo militar, político y económico sobre Marruecos, supuestamente para placar a Argelia. Dicen temer que los argelinos se hagan con la hegemonía norafricana merced al Sahara, al que apoyan, territorio cuya independencia de Marruecos, que lo ocupa ilegalmente desde 1975 con la ominosa Marcha Verde, le brinde a Argel una salida al océano Atlántico. Tan recelosa enemistad, pese a la conclusión de la Guerra Fría, no parece tener fin. Por ello, a los mentores de los intereses de Washington en la zona norafricana les convenía arrebatar sus derechos a la soberanía y a la autodeterminación al pueblo saharahui, condenado el nomadeo. El Sahara, con toda una fachada al Atlántico, riquísimo desde el punto de vista pesquero y mineral -es el primer productor del mundo en fosfatos-, amén de vecino sureño de Marruecos.

Este es el panorama geopolítico sucintamente expuesto, sobre el que se desarrollan las actuales fricciones entre Marruecos y España. La prudencia parece presidir los pasos dados por el Gobierno, obligado por su propio discurso a primar la humanidad hacia los migrantes por sobre el castigo que gentes desalmadas exigen vociferantemente en Ceuta. Ningún Gobierno español ha sabido bien cómo desenraizar el entramado de complejidad que Marruecos comporta. Que se lo digan a Juan Carlos I durante su actitud hacia la Marcha Verde. Todo indica que los contenciosos no tienen salida militar alguna. Por eso, a los nostálgicos del africanismo, que todavía quedan, les conviene cerrar la boca y confiar en la pruidencia que la política y la diplomacia exigen.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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