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Luego dirán que no fueron ellos


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

Luego dirán que no fueron ellos quienes desencadenaron la contienda civil. Negarán que sus palabras, cargadas de rencor visceral, contribuyeron decisivamente a soliviantar los ánimos cuyo desbordamiento regó de sangre las calles. Negarán haber practicado el linchamiento ad hominem de personas públicas con derecho a ser consideradas inocentes mientras no se pruebe lo contrario. Negarán haber definido a todo migrante como delincuente, como amenaza, como subhumano. Negarán haber negado asilo a niños y niñas migrantes, indefensos, sin padres, ni protección, ni alimento, ni un tejado donde cobijarse. Negarán haber pisoteado la democracia, instalado el insulto en sus bocas, la sospecha en sus mentes, el odio en sus corazones.

Negarán haber saludado el montaje de una causa general, con meros indicios y sin pruebas, contra personas tan dignas como las demás, por el hecho de ser éstas progresistas, de izquierdas, feministas, homosexuales, defensoras de los derechos a la diversidad sexual y de género, personas diferentes, por el mero hecho de tener planteamientos distintos de los suyos. Negarán haber instado al Ejército a dar uno, varios golpes de Estado. Negarán haber aplaudido servilmente a jueces prevaricadores, a polític@s corrupt@s, a matones envueltos en la honorable bandera de España, a enjoyadas señoras vociferantes, a niñatos ricos incultos, voluntariamente ágrafos y analfabetos. Negarán haberse dejado envenenar por la mentira de periodistas amorales, amarillistas, irresponsables, indocumentados, subvencionados con dinero público de determinados gobiernos regionales. Negarán la condición de españoles a quienes no sintonicen con sus delirios. Negarán haber votado en las urnas a los cabecillas propalantes de tanto rencor, de tanta maldad, ineptitud, insensibilidad, de tanta inhumanidad. Negarán haber olvidado que el nacionalismo exacerbado desencadenó dos guerras mundiales en Europa y fomentó la enésima guerra civil española en ciernes, traída por ellos de la mano.

Lo escrito no forma parte de una distopía. Forma parte de una posibilidad real, la guerra civil o contra un vecino, si esa gente de la mala yerba, como la definió el poeta Miguel Hernández, no recapacita y abandona la conducta que sigue desde hace ya demasiados años. Aún es tiempo para que dejen de avivar el fuego de la contienda civil.

¿Hay razones para la crítica política? Naturalmente que las hay. El Gobierno está compuesto por seres humanos capaces de acertar y errar. ¿Yerros? Muchos. Pero ¿retos?, muchos también. Repase el lector o la lectora los desafíos asumidos por el primer Gobierno de coalición habido en España desde hace 50 años, desde la pandemia a la crisis en Ceuta. Y muchos de esos riesgos y peligros han sido conjurados. Los datos económicos, de empleo, son inigualables en décadas. Europa lo atestigua. España es vista por muchos foráneos como una tierra donde vivir es placentero y, en todo caso, mejor que en la mayor parte de los países del mundo. Millones de turistas lo atestiguan. Pero el encono de la política señaladamente madrileña -la vida en otras regiones nada tiene que ver- pareciera desmentir las evidencias. Son la ignorancia, la incultura premeditada y la inseguridad, cebadas por la falta de información política veraz y contrastada- que los medios no brindan, cebándose en la negatividad siempre- las que llevan a muchas personas incluso de buena fe, a simplificar todo, contagiarse de la crispación inducida premeditadamente por los rencorosos de siempre, por los faltones y a decantarse por fórmulas desaforadas, histéricas, autoritarias, incluso violentas, profundamente antidemocráticas.

Veamos. ¿Cuándo el poder judicial, en algunos de sus exponentes más renombrados, dejó de ser percibido como un poder constitucional equilibrante, moderado y ponderado, para ser considerado por buena parte de la población como un artificio abiertamente beligerante, ideológicamente sesgado, teledirigido contra el Poder Legislativo y contra el Poder Ejecutivo?: cuando el Gobierno legítimo de la Nación, con su mayoría parlamentaria, decidió la amnistía para los protagonistas del procés en Cataluña. ¿Por qué se amnistió -precisemos, después de que algunos de sus líderes sufrieran penas de prisión con años encarcelados y otros tuvieran que exiliarse-?: se amnistió porque era necesario hacerlo para rebajar una pasión nacionalista desaforada, semejante, aunque no violenta, a la que hoy exhiben todos los que todo lo niegan. ¿Fue eficaz la amnistía?: si, lo ha sido. Se ha desactivado aquel delirio de secesión por las malas y en Cataluña, las cosas rigen de forma pacífica, bien distinta a la electricidad de aquellas fechas. Es preciso dejar constancia de que las ideas y los sentimientos no pueden ser erradicados con guerras, ni con castigos, ni con juicios ni prisiones. Las guerras versan sobre voluntades, nunca erradican ideas ni sentimientos. No sirven para ese cometido. Imaginen los patriotas de pulserita que alguien trata de arrebatarles su sentimiento íntimo cuando escuchan el himno nacional o se propone quitarles el orgullo derivado, un suponer, de la conquista una copa del mundo de fútbol. Lo ven imposible, ¿verdad?. Por otra parte, en el País Vasco, la violencia desapareció hace años. Ahora, allí, se hace política. Y en Madrid, se aúnan esfuerzos para gobernar y decidir conjuntamente. Como aquí no ha habido una cultura de las coaliciones, se trata de experimentar este rodaje político muy saludable para un país diverso como el que tenemos.

La Constitución, base de la conllevanza

Otra cosa es la persuasión hacia los que se oponen. Quien persuade, bien puede cambiar una voluntad, si lo hace mediante la información honesta y veraz, la única que puede despejar la incertidumbre, arrinconar la ignorancia y procurar el equilibrio que la sensatez y la moderación proporcionan, hoy tan necesarias. No podemos olvidar que casi todas las respuestas políticas, sociales y algunas económicas, se encuentran en la Constitución de 1978. Es la base consensual de nuestra vida política. Alejarse de ella es lo peor que puede suceder en nuestro país; y ello, porque es el código capaz de descifrar muchas de nuestras dudas y garantizar un marco social y humano para convivir. En su texto están las claves para la buena conllevanza entre españoles, sean de donde sean, dentro de un país como el nuestro, caracterizado por una evidente diversidad, de culturas, lenguas, sentimientos, espacios y percepciones de la realidad. Enmiendas constitucionales cabrá hacer, desde luego, algunas troncales, pero deberán ser pactadas y hoy, media España oficial se niega siquiera a conversar, pese a que se le paga para que lo haga.

Cada vez más jueces, supuestamente heridos por haberse equivocado en la percepción de la necesidad de la amnistía, han pasado, algunos quizá sin darse cuenta, al lado oscuro de la antidemocracia y de la antipolítica. Han olvidado el aforismo del Derecho Romano, summus ius, summa iniuria, que quiere decir una aplicación muy descarnada de la ley deviene en injusticia. No les compete a ellos, a los jueces, decidir políticamente, ni tomar decisiones políticas, ni definir la razón de Estado, ni hacer las leyes; ello es competencia del Parlñamento y del Gobierno de la Nación, respectivamente. Recordemos que el Consejo General del Poder Judicial, organismo rector de la Judicatura, permaneció seis años, seis, fuera de la Constitución. No fue ese el ejemplo que la Justicia debe ni puede dar, pero desgraciadamente lo dio. Y no parece que haya enmendado mucho anteriores conductas.

La justicia es una necesidad social, un bien común, un árbitro imprescindible en las democracias; pero da la impresión de que algunos togados se toman la Justicia como patrimonio propio, abandonan la exigida imparcialidad y la convierten en un artificio político más, como podría ser la actividad de un partido político. Pero no. El árbitro no puede ser quien decide el encuentro, a no ser que el colegiado juegue con uno de los dos equipos: esto es lo que buena parte de la opinión pública española sensata percibe hoy en la actitud de los jueces prevaricadores, que sin duda los hay. Ese omnímodo poder que algunos jueces-estrella se atribuyen es un verdadero atentado a la democracia, porque olvidan que sus sentencias han de ser probadas y obedecer al sentir y al interés de la sociedad por hallar justicia, no vendettas, ni pruritos corporativos, de sagas y capillas.

La charada ceutí

Vayamos a Ceuta. Convengamos que se trata de un asunto complejo. La ubicación extra-peninsular de ambas ciudades españolas en el escenario geográfico marroquí resulta fácilmente convertible en demagógico ariete político. Es sencillo aventar el colonialismo y la impostura para presionar a España a que las suelte de su ámbito. Pero la historia creó esa españolidad de ambas ciudades. La población ceutí y melillense es tradicionalmente española, pero ha sabido convivir durante siglos con su vecindad marroquí. Lo básico es que las diferentes condiciones de vida de ceutíes y melillenses respecto de sus vecinos de Marruecos definen un desequilibrio, un décalage muy abrupto. Los españoles de allí viven sustancialmente mucho mejor que sus vecinos sureños. No es arrogancia. Esta es una realidad objetiva. Y ello explica el anhelo desbordado de un lumpenproletariado marroquí, señaladamente adolescente y juvenil, por adentrarse en Ceuta, con las condiciones de vida de Ceuta. Si Ceuta pasara a Marruecos, revalidar esas condiciones de vida sería impensable hoy y mañana por imposible. Tampoco un enclave de extensión limitada puede absorber más que una cuota reducida de población migrante. Independientemente de quién esté detrás de la irrupción en Ceuta de miles de seres humanos el pasado 30 de julio -vemos algunas orejas de lobos allende el Atlántico y aquende el Mediterráneo oriental- hay que estudiar a fondo este arduo tema, espinoso por doquier.

Hay quien baraja la posibilidad de establecer en esas ciudades un estatuto semejante al que rige en Andorra, con dos copríncipes, una autonomía y normas propias. Garantizaría la españolidad de sus moradores. Es una fórmula, como la de declararlas ciudades libres, tal cual se hiciera en Fiume y Trieste muchas décadas atrás. Pero ninguna fórmula podrá debatirse mientras las zarpas antiespañola estadounidense e israelí no dejen de azuzar y manipular la situación ni mientras sus aliados convictos en nuestros lares, esos que lo negarán todo, no dejen de hacerles el juego a los de allá loando sus genocidios y sus aranceles, sus guerras desastrosas, encrespando los delirios nacionalistas en España y llevando la situación a límites emocionales y viscerales tan peligrosos como inútiles. Y, desde luego, será preciso que Rabat se aleja de la tutela tóxica que hoy le ampara, y solucione antes que nada el gravísimo problema social y político que tiene dentro con el paro juvenil y adulto, sectores sociales excluidos de las supuestas vacas gruesas de las que hoy se alimenta la próspera alta burguesía alauita, en detrimento de otros sectores sociales subalternos.

En cuanto al Gobierno, cabe decir que es necesario explicar por qué se actúa como se está actuando. ¿Que se trata de no enfadar a Francia, aliado estructural de Marruecos? Que se diga. ¿Que se trata de impedir que Marruecos se envalentone y trunque en Europa los acuerdos gasísticos y petroleros con Argelia? Que se cuente. ¿Que la distancia de la Península a las Canarias es demasiado larga? Que se explique lo que implica. Entretanto, ¿qué pinta Rusia en esta historia? ¿Qué pasa que no se puede señalar a Israel sin hacer concesiones al imperio, demonizando nuevamente a Rusia, que nadie cree que, a 3.500 kilómetros de distancia, lleve vela en este entierro?. Es llegada, por fin, la hora de la sinceridad y la transparencia para informar cabalmente sobre la política exterior española. Y a quienes se llenan la boca con la palabra venganza, se les sugiere que piensen en todos los miles de españoles de la clase obrera y campesina que murieron en el Norte de África en aquellas guerras tan coloniales como inútiles, para que aquellos llamados africanistas, los que luego montaron dos dictaduras, una de ellas la más sangrienta de nuestra historia, se colocaran medallas y que luego negaron haber desencadenado, con su ambición, la ominosa guerra civil entre españoles. Por cierto, no se olvide cuándo y quién entregó al Sahara durante la vergonzosa marcha verde, 1975.

Démosle pues hacia atrás a la moviola. Partamos de nuevo hacia el futuro mirando a la Constitución. La democracia es el camino. Y la verdad, el antídoto. El auténtico patriotismo reside en su palabra, en los acuerdos que la alumbraron, en la verdadera concordia que sabe que las relaciones de fuerza modifican la lectura de las leyes pero no acaban con ellas. Neguemos a los que todo lo niegan, hagámoslo en las urnas, en las fábricas, en las aulas, en las calles, en el campo. Zanjemos el acabamiento que persiguen agitando rencores envueltos en banderas contra la España constitucional, la España con derechos y libertades, democrática y al menos formalmente igualitaria, contra la España del bien decir, a la que agreden con maldad tan irresponsable. Dejen los gobernantes la diplomacia secreta a un lado, que ha causado muchos más problemas que ventajas. Y atájese la declinación hacia la contienda civil, tan del gusto de nuestros verdaderos enemigos, los que acá y acullá quieren seguir toreando a esta piel de toro tantas veces toreado.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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