Que ladren, que cabalgamos
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Lo prometido es deuda. En una reciente entrega, el autor de estas crónicas posponía a una edición posterior la respuesta a la pregunta ¿busca la extrema derecha tender puentes con la Corona con miras a que se le deje gobernar? Ea pues, que voy a ello.
La extrema derecha, entendida habitualmente como la facción más radical y dogmática del conservadurismo, enfrentada de pechos contra el progresismo y todo tipo de modernización e innovación de costumbres y tradiciones, instalada en el autoritarismo, ha imperado en España durante siglos bajo una alianza de hierro entre el trono, la Espada y el Altar. Algunos, obviamente exagerados, la ubican incluso en el siglo XVII, en la ideología, que no en la poesía, del mismísimo Francisco de Quevedo, por cuyo machismo militante -una de las excrecencias asociadas al ADN de la extrema derecha- Santa Teresa de Ávila no pudo ser proclamada copatrona de España junto con Santiago Apóstol.
Sin remontarnos tanto ni tan aventureramente, cabe decir que en la historia contemporánea la extrema derecha ideopolítica trocó en el arranque del siglo XX su inicial ropaje tradicionalista. Impregnada de ciertas afecciones futuristas como el maquinismo y la aviación, además de emocionalidades arrogantes y aventureras -aquel lema nietzscheano “vivere pericolosamente” asumido por el poeta-aviador-agitador Gabriele D’Anunzzio- adquirió su expresión suprema en el fascismo mussoliniano y, sesgada por la biología racista y supremacista germana, en el nacionalsocialismo hitleriano.
Dictaduras terroristas
Ambos ismos implicaban la imposición de una rotunda militarización de la sociedad civil, obligada a encuadrarse en sendos partidos verticalizados ambos en torno a un Duce, Benito Mussolini o al Führer, Adolf Hitler, estableciendo una relación sado-masoquista con las masas que servilmente se plegaban a sus castigos y designios.
Ambos movimientos se propusieron -y lograron- adueñarse de casi todos los resortes del Estado, señaladamente la Justicia, las Fuerzas Armadas y, sobre todo, el sentido común de las clases medias y altas de Italia y Alemania. Ambos eran pues partidos estatalistas, devenidos en dictaduras terroristas. Convirtieron al Estado en irrenunciable mito absoluto, envuelto en banderas, estandartes, uniformes, emblemas, pasos de la oca y muerte, mucha muerta a sus expensas: 40 millones de víctimas y una estela oscura que se abatió, por burda mímesis, sobre países como Portugal, Rumanía, Hungría, Argentina y España, entre otros.
No conseguirían subyugar a la clase trabajadora en su conjunto, pero asesinaron y reprimieron cruelmente a centenares de miles de representantes, dirigentes y militantes de partidos obreros y organizaciones sindicales. Como no consiguieron aniquilarla, trataron de adularla con maquillajes e intentado enfrentarla interiormente. Tanto el salazarismo de los dictadores portugueses Antonio Carmona y Antonio de Oliveira Salazar, el justicialismo argentino de un Domingo Perón y el falangismo español, abducido por el franquismo del dictador español Francisco Franco, fueron simulacros locales adaptados al fascismo y al nazismo según condiciones específicas lusas, argentinas e hispanas, respectivamente.
El experimento fascista español duró 39 años, cuyas consecuencias aún soportamos en España al comprobar el resultado de cuatro décadas de represión y de ausencia de libertades: el déficit de consciencia social, cultura e inteligencia política mostrado por buena parte de la clase política de la derecha y, desde luego, de su extrema derecha.
Ésta, precisamente, exhibe una diferencia sustancial respecto del fascismo clásico: no es estatalista. Abomina del Estado y carece de ciertas connotaciones colectivas que aquel mostraba. Lo más específico de la extrema derecha española hoy, según los que más saben de esto, es su impregnación de valores ultraindividualistas convenientemente manipulados y arrebatados al liberalismo, corriente ideológica ésta que ha abdicado de su potente vocación antiabsolutista.
La extrema derecha española, lejos del capilar pero pregonado anticapitalismo del área populista de Falange española y del peronismo, es hoy adalid del capitalismo más desaforado, encarnado por Donald J. Trump. El cóctel entre el autoritarismo fascista, el caudillismo al modo franquista, el ultraliberalismo y el neoconservadurismo norteamericanos, que observamos dentro de la seguidista extrema derecha en España, es una tóxica bomba de relojería que, en verdad, parece proponerse horadar los cimientos de la democracia; no obstante, la democracia y sus ventajas éticas, humanas y materiales se halla profundamente enraizada en extensas y transversales capas de la clase obrera, de las clases medias asalariadas y de las clases cultas.
El ideario de extrema derecha, dada la exigüidad de sus alegatos, se basa en el simplismo, en la consigna visceral y en la apropiación de una enseña nacional (“detrás del saludo, nada, detrás de la nada, abismo”, que decía el poeta), enseña que es de todos los españoles y españolas y que a los líderes de aquellas formaciones les sirve para esconder sus carencias más evidentes: la falta de empatía social y de sentido político, ofuscados por una visceralidad manifiesta y una incultura clamorosa. Algun@s muestran un comportamiento brutal o torpemente regañón, como el cretino que instaba a “cazar uno por uno” a los migrantes de Ceuta, o la estirada señorita incapaz de sonreír o el líder con un curriculum vitae fundamentado en un tenderete supuestamente informático creado ad hoc para él por la rencorosa y mal hablada señorona enjoyada del PP que desconocía estar completamente rodeada de corruptos.
No a todo
Este es el panorama, hoy, de la extrema derecha española, según lo que sus actos, declaraciones y carencias demuestran, a tenor de lo que expresan públicamente sus líderes y representantes parlamentarios: se desconoce que posean un programa político propio; para paliar esta carencia, repican consignas procedentes de la avenida de Pennsilvania; su discurso es el insulto, el no a todos los avances sociales, salariales y relativos a pensiones; el rechazo a todos los logros en derechos y libertades colectivas e individuales, de creencias y conductas sexuales diversas, conseguidos por los asalariados y asalariadas españolas tras 70 años de lucha ininterrumpida en fábricas, aulas, barrios y templos; son paternalistas, es decir, machistas respecto de la condición femenina; niegan los crímenes contra ellas como asesinatos por motivos de género; niegan el cambio climático; alardean de xenofobia; muestran ramalazos racistas; su líder se fotografía junto al genocida israelí y al paranoico de la motosierra; rivalizan en frivolidad y en rencor político con la pesadilla que desgobierna Madrid desde 2019 y se ufanan en exhibir gestos en los que confunden premeditadamente a cada migrante con una amenaza, olvidando la peripecia vital cruelmente inhumana de quienes huyen del horror también creado históricamente en África por ancestros colonialistas de rimbombantes sagas, siempre dolorosamente presentes en la arena política patria más tensionada. ¡Ah!, olvidaba que reciben loas y lisonjas del personaje del tupé rubio que ha pisoteado a escala planetaria todo vestigio de humanidad, civilización racional y democrática y que no sabe siquiera pronunciar el nombre del preboste hispano de su filial.
Pese a todo ello, su dirigencia se propone gobernar España. Y también, a partir de ahora y para facilitar tal supuesto acceso, trata de adular a la Corona, aproximándose a su titular como permite interpretar la fotografía que un connotado exponente de la extrema derecha se hizo reciente y premeditadamente en Lima junto a Felipe VI.
Seducción mortal
La historia europea muestra que los reyes que se acercan o se dejan seducir por la extrema derecha o bien caen o bien son abducidos, eliminados u obligados a abdicar por ella. Que se lo pregunten al español Alfonso XIII, al penúltimo monarca italiano, Víctor Manuel III o al último de los rumanos, Miguel I; o, más cerca en el tiempo y en el espacio, a Constantino II de Grecia, tío carnal de Felipe VI, que tomó juramento y validó a los dictadores militares que establecieron una junta militar de extrema derecha en el país heleno en 1967 y que acabaron por derrocarle en 1973.
Las monarquías europeas que han perdurado son aquellas que han sabido coexistir con las democracias, sea la sueca, la noruega, la danesa, belga, la holandesa y la británica: eso sí, sin osar cuestionar el sistema capitalista, actitud en la que, curiosamente, coinciden hoy con la extrema derecha, si bien ésta lo hace de manera tan desvergonzada como desaforadamente. Este vínculo, que acarician sus mentores, creen estos que allanará y limará las cautelas que su cercanía al poder despierta en los sectores no insensatos del aparato de Estado. De ellos, los millones de demócratas españoles esperan que no incurran en tal trampa.
A no ser que la extrema derecha española tenga el coraje, la inteligencia y la voluntad de transformarse en un partido conservador, que respete la Constitución y el juego democrático, que abandone el seguidismo hacia quien desafía a España con ominosos aranceles y turbias manipulaciones aviesas con Israel y Marruecos, transformaciones que gentes de bien verían con buenos ojos, nunca gobernará ni cogobernará la extrema derecha el Estado español… a no ser que alguien quiera suicidarse políticamente al asumir la responsabilidad histórica de repetir la hoy imposible experiencia dictatorial felizmente erradicada merced a la lucha en las fábricas, las aulas, los barrios y las calles durante la Transición a la democracia. Ladrar, seguro que continuarán ladrando pero, entre tanto, los demócratas seguiremos cabalgando.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.
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