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Íberos


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La civilización íbera fue muy diversa y ocupó distintos territorios por amplias regiones de la península Ibérica, especialmente de toda la costa mediterránea, adentrándose en el centro también, y llegando al actual Languedoc francés. La cronología nos sitúa entre los siglos VI y I antes de nuestra era, momento en el que los romanos emprendieron la romanización después de haber conquistado el área ibérica.

Los íberos compartían la misma lengua, pero no vivían bajo un mismo poder político, sino que desarrollaron distintas formas de organización. En el sur, sureste y levante peninsulares crearon pequeños estados que eran gobernados por régulos, una especie de caudillos o príncipes, rodeados por una élite de aristócratas. Pero en otros lugares, se daba el fenómeno de un jefe elegido que actuaba también como un régulo, y que necesitaba a una asamblea de notables para la toma de decisiones determinantes, es decir, estaríamos hablando de una variante del sistema anterior. En el noreste peninsular, por fin, se dio un tercer modelo, el del gobierno por parte de una oligarquía a través de una asamblea de ancianos, una especie de senado que, en realidad, es lo que significa este término, aunque también sabemos de la existencia de régulos.

En lo económico también imperó la diversidad porque diferentes eran también las áreas donde se asentaron los íberos. En todo caso, la base común fue la agricultura cerealística, además, del cultivo de la vid y del olivo, la conocida como trilogía mediterránea o clásica. El desarrollo agrícola solía generar excedentes, que pasaron a ser controlados por la aristocracia. También estaba muy desarrollada la ganadería, siendo más importante en áreas alejadas de la costa o de montaña. La producción de cerámica tuvo en este pueblo una gran importancia y se realizaba con el torno de alfarero y a gran escala, con distintos motivos decorativos, tanto geométricos, como vegetales, pero también con figuras animales y humanas. Existió una potente industria textil de tejidos de lana y lino con telares de bastidor. Los tejidos se solían teñir con tintes de origen animal o vegetal. La prenda ibérica por antonomasia fue el sagum, una túnica de lana. Con el esparto se elaboraban cestos, cuerdas, sandalias y redes de pescar.

La metalurgia del hierro era muy común entre los íberos, con forja y templado, fabricándose herramientas y armas. El bronce, es decir, la aleación de cobre y estaño, no se arrinconó, sino que se dedicó para fabricar los exvotos empleando la técnica de la cera perdida, tan usada por los griegos, pero también para elaborar joyas.

Los iberos, especialmente de la costa, entraron muy pronto en las redes comerciales de griegos, fenicios, griegos y romanos, intercambiando manufacturas textiles, productos alimenticios y cerámica, lo que demostraría el alto desarrollo cultural al que llegaron al recibir muchas influencias de estas culturas mediterráneas.

La sociedad ibérica, como hemos ya supuesto, estaba controlada por una minoría aristocrática, vinculada a través de juramentos de índole religioso al caudillo. Había sacerdotes y sacerdotisas, y que pertenecían a las clases principales, pero no estaban estructurados como un grupo o una casta, ya que, al parecer, sus funciones eran ocasionales y no de carácter permanente. Los comerciantes jugaban un papel importante y su preponderancia variaba en función de si se dedicaban al comercio local o regional o al internacional de productos que tenían vinculación con las élites y los régulos. Por debajo, estarían los guerreros y los artesanos. En la parte inferior de la escala social se encontrarían los campesinos. En todo caso, los guerreros jugaron siempre un papel importante en la sociedad íbera por el control del territorio. En realidad, la mayor parte de la sociedad podía hacer uso de las armas cuando las circunstancias lo requerían. Pero, además, y esto era fundamental para asegurar la solidaridad entre los grupos sociales, existía lo que se ha conocido como la “devotio ibérica”, es decir, la relación por la que un individuo se comprometía a obedecer hasta el final a un jefe, y que tanto interesó a los romanos.

Los íberos practicaban el animismo, es decir, la creencia de que seres fabulosos como esfinges o grifos, así como las bestias divinizadas (toros, lobos o leones) protegían las tumbas, fundamentalmente de los aristócratas. Los ritos funerarios evolucionaron con el tiempo. En la época más antigua los jefes y aristócratas aparecían como figuras sagradas en las tumbas para dar un carácter divino o heroico al difunto. Después la religiosidad íbera se hizo más colectiva y se emplearon figuras humanizadas, interesando más el interior de la tumba que la exhibición exterior. Aparecieron las famosas damas, posiblemente imágenes de una deidad humanizada, desplazando a los anteriores guerreros, y que son universalmente conocidas (Dama de Elche y la Dama de Baza). Después surgieron santuarios públicos con exvotos que simbolizaban la relación o comunicación directa entre el oferente con los dioses. Fue el momento de la importación de las divinidades exteriores fenicias, griegas y cartaginesas, como Melqart, pero, sobre todo, femeninas, Astarté, Artemisa, Deméter y Tanit. Los santuarios iberos se situaban en entornos naturales privilegiados, en espléndidos paisajes y con cuevas, fundamentalmente. Allí acudían los devotos para ofrecer objetos y comida y exvotos, es decir, figuras con forma humana o animal.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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