Abolición y/o secesión. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Escribió en su día John F. Kennedy, que no puede caber ninguna duda, que Daniel Webster fue un gran hombre, hablaba como un gran hombre, parecía un gran hombre, y como tal fue tratado. Con todas sus faltas y defectos, fue indudablemente la figura de mayor talento, en la historia del Congreso de los EE.UU. No por su habilidad por atraer hombres a su causa – ya que en eso no igualó a Henry Clay – ni por su habilidad para forjar una filosofía – John C. Calhoun le eclipso en este campo – sino por su habilidad para hacer vivo y supremo, el latente sentido de la unidad, de unión, que todos los americanos sentían, pero pocos sabían expresar.
Mientras el “divino” Daniel escuchaba pensativo en silencio, el ya achacoso Clay, reveló su último gran esfuerzo, para lograr el mantenimiento de la Unión. Sus puntos clave para ello eran cinco: 1) California debería ser admitida en la Unión, como estado antiesclavista; 2) Nuevo México y Utah, serían organizados como territorios sin legislación ni en pro ni en contra de la esclavitud; 3) Texas habría de ser compensada, por la cesión de territorio a Nuevo México; 4) El comercio de esclavos sería abolido, en el Distrito de Columbia; y 5) Sería decretada una ley para esclavos fugitivos más estricta y obligatoria, que garantizara la devolución a sus dueños, de los esclavos fugitivos capturados en los Estados del Norte.
Dicho acuerdo fue tachado de “apaciguador” por los extremistas del Sur, y también por los abolicionistas del Norte, por considerarlo como concesiones a los sureños. Pocos norteños, admitirían el menor fortalecimiento de la ley sobre esclavos fugitivos, la medida más odiosa decían, que hubiera sido aprobada jamás por el Congreso.
Pero Daniel Webster temía, que la violencia civil “remachara con mayor fuerza aún, las cadenas de la esclavitud”. Y la conservación de la Unión, era mucho más preciosa a su corazón, que su oposición a la esclavitud. Y de aquella manera, en aquella noche de enero señalada por el destino, Daniel Webster prometió a Henry Clay, su apoyo incondicional.
Dos grupos amenazaban en 1850, separarse de los EE.UU. En Nueva Inglaterra, Garrison proclamaba públicamente: “Soy abolicionista y por lo tanto, estoy a favor de la disolución de la Unión”. Un gran congreso de abolicionistas norteños, declaro que “la Constitución es una alianza con la muerte y un acuerdo con el infierno”. En el Sur, John C. Calhoun, escribía a un amigo en febrero de 1850: “La Desunión es ya la única alternativa que me queda”. Y en su último gran discurso en el Senado, leído en su nombre el 4 de marzo, por hallarse él ya demasiado débil para hablar, solamente pocas semanas antes de su muerte, manifestó: “El Sur se verá forzado a escoger, entre la abolición y la secesión”.
Una convención preliminar de los sureños, también instigada por Calhoun, urgió una convención general del Sur en Nashville, para el mes de junio de aquel año, para divulgar la idea de la separación. La hora estaba madura para la secesión, y pocos eran los que se atrevían a hablar a favor de la Unión.
Durante el crítico mes, que precedió al discurso de Daniel Webster, seis Estados sureños, todos ellos partidarios declarados de la secesión diez años más tarde, aprobaron los objetivos de la Convención de Nashville, y designaron delegados a la misma.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.