Los godos y el Imperio romano. El “limes”. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El mismo término “limes”, suponía semánticamente, una delimitación de un espacio y su superficie, como lo hacían también los de “termini” o “fines”, que se utilizaron, primero para separar tierras, dominios o áreas sepulcrales; después regiones y provincias y, finalmente, el imperio del resto de sus vecinos. A medida que el espacio se iba consolidando, acabó por definir una serie de ciudades, campamentos y centros militares, del más variado origen, que vigilaban lo que se consideraba el mundo conquistado, y lo separaban del todavía por conquistar. Pero esto suponía, inevitablemente, la existencia de una línea clara e inalterable, de centros de este tipo, pues sabemos de la pérdida de algunos puestos avanzados de las fronteras, que años después eran recuperados, para volver a perderse, en una especie de movimiento de fuelle constante. Tampoco significa que fuera una línea infranqueable, imposible en un espacio ocupado por los cursos del Rin y el Danubio, desde el mar del Norte hasta el mar Negro, con más de 6.000 kilómetros por controlar, donde habría grandes espacios abiertos, apenas sin vigilancia, de terrenos agrestes o con vecinos demasiado belicosos o, por el contrario, inofensivos. Estos espacios eran en realidad “tierra de nadie”, que solía ser ocupadas por “gentes” del uno y del otro lado, siendo el de mayor extensión, los llamados “Campos Decumates”, o territorios desprotegidos de forma natural, entre los nacimientos de los grandes ríos.
Pero aunque el “limes”, era un proyecto siempre inacabado, contaba con puestos militares, más desarrollados y fortificados, alejados a veces bastante unos de otros, que servía, no sólo para avisar a las poblaciones, del otro lado, del peligro que esperaba, a todo aquel que franquease la línea, sino también, como se ve por el tratado militar del autor tardío Vegetio, para controlar a su vez a las provincias conquistadas, Luchar contra el bandidaje o la revuelta, y dar protección a sus pobladores, en caso de peligro. Pero principalmente sirvió, para justificar, al amparo de la necesidad de una defensa, una dura política fiscal, que anteriormente, en la conquista, lo había sido de explotación directa de los recursos.
Pero, sobre todo, el “limes” fue siempre un lugar de encuentro y comunicación, como defendió en su momento C.R. Whitaker, y también de desencuentros, donde se acusaron los grandes desequilibrios internos de Roma y, paralelamente, las debilidades y los conflictos, de los pueblos situados más allá de la frontera. De ahí el juicio emitido por Ariovisto ante Cesar, de que, al fin y al cabo, todos ellos no eran sino extranjeros en la Galia. Por ello, el debate sobre la legalidad de la conquista, siempre estuvo abierto, y de ahí la fragilidad fronteriza, y que el concepto de “limes”, tuviera al final un fuerte soporte ideológico, además de ser un punto de referencia geográfica, sobre los extremos del dominio romano. Peter John Heather (historiador británico de la antigüedad tardía y la Alta Edad Media) ha señalado que la causa de las presiones en las fronteras, estaba en la naturaleza del mismo Imperio Romano, incapaz de mantenerse frente a unos bárbaros, de más ágiles movimientos, y con formas de lucha más efectivas en esos terrenos, que le obligaron a adaptarse continuamente, a las situaciones locales.
Así, debemos rechazar la idea de un “limes” bien organizado y controlado en cada rincón, para pensar en la existencia de distintas estrategias territoriales. Existieron importantes centros militares y comerciales en la frontera, desde los cuales se canalizaba pacíficamente, al menos al principio, el continuo fluir de poblaciones e individuos bárbaros, hacia las provincias romanas.
Dicho de otra manera, el “limes” fue el espacio donde se sostuvo el pulso, entre romanos y bárbaros, hasta que, al final, el muro imaginario acabó por derrumbarse. Fue entonces, cuando los herederos del bárbaro Ariovisto, principalmente los godos, acabaron suplantando a los hijos de César en las provincias conquistados. Pero ello sólo fue posible, tras más de cuatro siglos de dominio romano, durante los cuales se produjeron las condiciones, que permitieron el cambio. Durante ese largo periodo, Roma y las “externae gentes”, pudieron conocerse, temerse, entablar amistad, mezclarse y, finalmente, enfrentarse.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.