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Il Duce. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Benito Mussolini era hijo de una maestra de escuela y, de un herrero sin trabajo fijo, propietario de un bar. El padre de Adolf Hitler, fue un funcionario austriaco de nivel bajo. Desde temprana edad, ambos combinaron su aversión al trabajo duro, con la atracción por las ideas políticas extremistas. Los dos eran solitarios, poco sociables, sin amigos ni sentido del humor. En pocas palabras, personalidades inmaduras e incompletas, personajes fracasados, a los que su astucia y las circunstancias, les llevaron a posiciones de trágica prominencia.

Si nos fijamos en los retratos de Mussolini, dictador de mediana edad, nos muestran a un varón con calvicie incipiente, cejas arqueadas, sobre unos ojos que parecen estar fijos en algún punto lejano y, la mandíbula apretada, en una expresión de reflexiva resolución. Mussolini trataba siempre de crear, la impresión de un hombre, que controlaba con firmeza, los destinos de Italia. Pero aquellos de su entorno inmediato, buscaban, en vano, indicios de un núcleo interior de creencias, un nódulo de convicciones, más allá de la búsqueda oportunista, del beneficio propio. Su carrera se basaba, en una extravagante búsqueda de notoriedad, en los extremos de la política. Los que le conocieron durante su juventud, han destacado su reputación de pendenciero, su reticencia a mirar a los ojos y, su condición de mujeriego obsesivo. Su tendencia a vestir, bien como un mendigo, o bien como un dandi, es prueba de la carencia, de una autoimagen estable.

En 1912, con 29 años, Mussolini ya había fracasado como maestro y como sindicalista. No obstante ese año, de forma inesperada, se hizo con el cargo de editor, de un diario de escasa circulación y precaria financiación, el socialista “Avanti”. Ello le proporcionó la plataforma, desde la cual hacerse un nombre, como cruzado contra las malas condiciones laborales y, defensor de huelgas y manifestaciones. Mussolini atribuyó a sus editoriales, el éxito de los socialistas en las elecciones de 1913. Pero, en 1914, rompió con el partido, a causa de la neutralidad que el partido defendía, frente a la guerra que se aproximaba, la PGM. Dimitió de “Avanti” y fundó su propio diario, “Il Popolo d’Italia”. Hacia diciembre de 1914, encabezó a un grupo de socialistas disidentes, partidarios de ir a la guerra, que se autodenominaban “fascisti” y, comenzó a predicar la necesidad de una “guerra realmente grande”, que trajera expansión territorial y, mostrase el coraje del pueblo italiano. Criticaba a los políticos neutrales y, en 1915, celebró que el rey Víctor Manuel, firmase la declaración de guerra a Austria, sin consultar con el Parlamento.

El servicio militar de Mussolini, consistió en una rutina tediosa, pero nada excepcional, de escaramuzas en trincheras anegadas e infestadas de piojos. En junio de 1917, se licenció de ejército con el grado de sargento (recordemos que Hitler, sólo llegó a cabo), después de ser herido de gravedad, por la explosión de un lanzagranadas, durante un entrenamiento. Regresó a “Il Popolo d’Italia” que, por aquel entonces atravesaba serias dificultades económicas, pero logró que se recuperase, por medio de susidios de fabricantes de armas, seducidos por sus acerbas críticas contra los socialistas, contrarios a la guerra, a los que hacían responsables, del derrotismo que atenazaba a Italia, en víspera de su aplastante derrota de octubre de 1917 en Caporetto. También le dio tiempo a conspirar para derrocar a un Gobierno, de políticos desmotivados, que incluía al general Luigi Cardona, depuesto del cargo de comandante en jefe, tras el desastre de Caporetto. Y, aunque cualquier agitador de masas hubiera podido hacer lo mismo, el genio de Mussolini fue comprender, cuando todavía se libraba la guerra, que los soldados retornados del frente, formarían una reserva de hombres desencantados, predispuestos a escuchar sus soflamas incendiarias. Mussolini, tras haber trabajado mucho, para que se proclamara la guerra, ahora se esforzaba, con igual diligencia, para fomentar la insatisfacción con su resultado. Insistía en que la victoria italiana en Vittorio Veneto, de octubre de 1918, fue la causa del colapso de las Potencias Centrales. Por lo cual, Italia debería ser recompensada, en la mesa de negociaciones, con sus “fronteras “naturales”, que abarcaban Trieste, el Tirol italiano, Fiume y la mayor parte de Dalmacia. Sus exigencias provocaron un futuro, de expectativas frustradas.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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