En el siglo XVIII se hizo un gran esfuerzo, si se compara con lo que se había realizado en el pasado para dotar a España de unas infraestructuras adecuadas a la época, dado el evidente retraso en el que se encontraba, aunque al final, como en muchos otros proyectos del despotismo ilustrado no se llegó hasta el final. Los obstáculos que se presentaron conseguir todo lo que se proyectó fueron de índole físico y económico. En primer lugar, debemos recordar que la orografía peninsular era muy compleja para el nivel tecnológico de la época, con una Meseta Central partida en dos por el Sistema Central, y rodeada por grandes Cordilleras, como si se tratase de una fortaleza, que provocaban la existencia de dos Españas, una central y otra exterior. Además, gran parte de la costa española no es muy recortada, lo que impide contar con buenos puertos naturales. Todo esto hizo que el coste económico de las obras, a pesar del evidente esfuerzo que se hizo, impidiera hacer más. La inestabilidad del final del siglo XVIII frenó, en gran medida, lo que quedaba por hacer.