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Democracia, parlamentarismo y socialismo a través de Louis de Brouckère (1929)


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Louis de Brouckère reflexionó públicamente en el otoño de 1929, antes de la profunda crisis en los años treinta, en el Círculo Socialista de Lieja, sobre democracia, parlamentarismo y socialismo. Nosotros queremos recuperar aquellas reflexiones, que conocieron los socialistas españoles por El Socialista. Las ideas de nuestro protagonista giran en torno de la defensa del parlamentarismo y la democracia como fundamentales, y en relación con el socialismo.

De Brouckère (1870-1951) fue un destacado periodista, político, académico y socialista belga, miembro del Partido Obrero Belga, y protagonista en la Segunda Internacional donde defendió la paridad entre partidos y sindicatos por su labor en la educación socialista de la clase trabajadora, aunque al final, gracias a Kautsky, el Congreso de Sttugart sacara adelante la tesis más clásica del marxismo sobre que las luchas de unos y los otros era igual de importante, para cada uno en su papel, es decir, en la política y en la economía.

El socialista belga no podía dejar de explicar las dos concepciones socialistas a la hora de trabajar por el establecimiento de un nuevo orden: evolución gradual o revolución. En todo caso, no quería entrar mucho de lleno en ese debate, sino en lo que había que hacer en ese momento desde el campo socialista, aunque por lo que explicó parece claro que era más partidario de la primera opción frente a la revolucionaria.

Para ello, partía de una supuesta consideración general sobre la idea de que al capitalismo había que impregnarlo de pensamiento socialista, y para ello había que señalar que se entendía por ideal socialista.

Así pues, en su opinión, la concepción socialista tendía a hacer desaparecer la “tiranía de los señores del dinero”. ¿Cómo había que hacerlo?, ¿era un problema de propiedad o un problema de democracia? Para combatir la tiranía del capital era muy útil identificar a los propietarios. Pero los amos de la producción no eran los propietarios. Los verdaderos amos de la producción eran aquellos a quienes se podía aplicar la máxima de “los negocios son el dinero de los demás”. Así pues, el verdadero problema a resolver era una cuestión de libertad y de democracia. El socialismo se identificaba con la democracia porque la lucha de los obreros era la lucha de la emancipación.

El orador reconocía, en todo caso, que el socialismo no había sido siempre fiel a la democracia, no lo había sido cuando había creído en la dictadura del proletariado, lo había sido cuando creído nada más en defender la libertad obrera.

Aun cuando democracia y parlamentarismo no habían sido siempre términos equivalentes (en este sentido, por nuestra parte, recordemos que los sistemas liberales decimonónicos fueron intensamente parlamentarios, pero no democráticos, al basarse en el sufragio censitario y en el reconocimiento de la soberanía compartida entre las Coronas y los parlamentos), el socialista belga consideraba que el parlamentarismo era para los Estados modernos una forma necesaria de democracia.

Y en ese momento se preguntaba si había fracasado el parlamentarismo como pretendía algunos conservadores (no olvidemos el auge de las dictaduras en los años veinte, incluida la española). La demostración de que eso no era así estaba ejemplificada en el caso británico. El parlamentarismo era un gran sistema de organización de las responsabilidades.

De Brouckère analizó detalladamente las críticas que se hacían desde el conservadurismo al parlamentarismo. La principal era la acusación de que el sufragio universal consagraba la “mediocracia”. Eso no sería cierto, en su opinión, aunque abogaba por un cuerpo electoral “lúcido y consciente de sus responsabilidades”. Era necesario que la masa se elevase a una alta consciencia política. Para ello, había que fomentar un sistema de discusión suficiente, a través de asambleas, reuniones y una prensa muy desarrollada que sometiese a los lectores los elementos que constituían los problemas políticos, es decir, había que fomentar la cultura política de la ciudadanía.

La crítica conservadora no solamente se dirigía hacia los electores, sino también hacia los elegidos. Pero recordaba que el Partido Laborista, por ejemplo, estaba lleno de grandes parlamentarios, aunque reconocía que en Bélgica la situación no era tan buena. No se trataba tanto del sistema electoral de cada país, sino del interés que debían poner las organizaciones políticas en elegir sus candidatos, y para eso se hacía necesaria una democracia vigorosa.

La tercera crítica se refería al parlamento en sí, al considerar que no se adaptaba a las necesidades de la vida actual, pero De Brouckère recordaba que los problemas que se plantearon los parlamentarios en 1830 eran menos complejos que los que había que tratar en el presente. Los diputados eran superiores a los técnicos porque tenían lo que estos no poseían, la ciencia política, en una crítica a la tecnocracia.

En conclusión, el parlamentarismo era la condición necesaria de la democracia, y la democracia era la condición necesaria de la civilización.

De Brouckère era enérgico en su defensa de la democracia y contra el sistema corporativo, contra los que pretendían suprimir aquella para instaurar la representación de los intereses, algo muy en boga en ese momento, como sabemos, y como podía atestiguar la propia España. Había que defender la democracia, pero la fuerza no bastaba. La mejor defensa de la democracia estaba en merecerla. La reseña de la conferencia se publicó en el número 6493 de El Socialista, del 30 de noviembre de 1929.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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