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Apuntes sobre el arte del siglo XVIII español


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

El arte del siglo XVIII español supone, a nuestro entender, una verdadera una mezcla de aspectos propios, con otros de influencia italiana, pero, sobre todo, con un nuevo y predominante componente francés, habida cuenta del cambio dinástico.

Efectivamente, los Borbones introdujeron un modelo nuevo de relación entre el poder y el arte, con el reforzamiento de un concepto de Corte alejado del que habían establecido los Austrias con su etiqueta borgoñona, tan rígida y severa, y que establecía marcados rituales, alejando al monarca de sus súbditos. Felipe V, imbuido de un acusado sentido de la realeza, procedente del modelo de su abuelo, el Rey Sol, del absolutismo, pero sobre todo de la importancia de la estética para reforzar su majestad, suavizaron la rigidez y la religiosidad anteriores en la Corte española, que comenzó a desplazarse estacionalmente por los Sitios Reales que rodeaban Madrid, esto es, El Escorial, Aranjuez, El Pardo y La Granja, partiendo del Palacio Real, y que suponía una intensa y extensa movilización de personas, bienes y suministros. La mayor parte de estos Sitios ya existían de la época de los Austrias, y algunos con su propia historia medieval, pero ahora serían remodelados de forma evidente, se trazarán nuevos jardines, y se producirá un acercamiento a la naturaleza. Además, estos Sitios y palacios verán brillar nuevas formas de relacionarse en torno al poder, donde los reyes estarán siempre presentes de forma más palpable.

Ya en materia puramente artística, el Rococó puede ser considerado el último desarrollo del Barroco, llegando a convivir durante un tiempo con el Neoclasicismo. Se trataría de un estilo ornamental, muy vinculado a la decoración de palacios y residencias aristocráticas y de la alta burguesía. Su gran foco de difusión fue, sin lugar a dudas, Francia, aunque también se destacó en las Cortes alemanas. Sería un arte de frescos, muebles de todo tipo, porcelanas, espejos y con muchos detalles, con asimetrías, curvas, es decir, con decoración profusa, en una suerte de descubrimiento de la intimidad. Su nombre deriva, precisamente, de uno de los elementos decorativos predominantes, la rocalla.

El Neoclasicismo supuso una evidente reacción al estilo anterior, desde una reinterpretación de los modelos grecorromanos, ya que no se trató de copiar literalmente la arquitectura y la escultura antiguas, y que también se puede vincular al pensamiento ilustrado. Precisamente, el descubrimiento de las ruinas de Pompeya, siendo Carlos III rey de Nápoles, supuso un revulsivo y fuente de inspiración del profundo cambio estilístico en toda Europa.

En España, el Rococó, fiel al espíritu francés, se desarrolló en los interiores de los distintos palacios reales, que fueron profusamente decorados, gracias a los objetos de altísima calidad que salían de la Reales Fábricas, y que hoy constituyen colecciones de enorme valor artístico.

Los Borbones realizaron un gran esfuerzo arquitectónico porque las construcciones palaciegas debían reflejar su nueva concepción del poder, como hemos visto. Felipe V comenzó en 1721 la construcción del Palacio de La Granja, concebido, en medio de bosques y unos cuidados jardines con fuentes, según el modelo francés de Le-Nôtre, como un lugar de retiro para los reyes, una vez que abdicó en Luis I.

Pero el rey tuvo que volver a ocupar el trono al poco tiempo, y en 1734 se produjo un hecho de fuertes consecuencias artísticas, el incendio del Alcázar Real, por lo que se dispuso la construcción de una nueva residencia, el Palacio Real. Del proyecto se encargó Juvara, luego modificado por Sachetti. El Palacio sería un edificio rectangular, con un gran patio interior. El resultado mezclaba el gusto versallesco con la elegancia italiana, al jugarse con la policromía de los materiales.

Fernando VI remodeló claramente el Palacio de Aranjuez, pero, además, se puso en marcha a su alrededor una realización muy propia del Despotismo Ilustrado, la creación de un espacio urbano nuevo de la mano de Santiago Bonavía. El palacio se convirtió en uno de los centros del espacio, del que partirían avenidas en sentido radial, y la iglesia de San Antonio con una gran plaza, desde donde se desarrolló el trazado ortogonal de calles.

El rey Carlos III se empeñó en reformar Madrid para intentar convertirla en una capital digna de la Monarquía, dejando un conjunto de monumentos, fuentes, trazados urbanísticos, y concentrándose en el eje del Prado.

La nueva estética neoclásica tuvo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando su gran impulso, defendiendo el estudio de lo clásico, y ejerciendo una labor, en cierta medida, fiscalizadora, especialmente en lo que se refiere a la arquitectura.

En el Neoclasicismo hay que citar a Sabatini con la Puerta de Alcalá y del actual Ministerio de Hacienda, en el centro de Madrid. Por su parte, Ventura Rodríguez levantará San Marcos, también en Madrid con cierta influencia de Borromini. Pero, el gran arquitecto del XVIII español fue, sin lugar a dudas, Juan de Villanueva, que basaría sus construcciones en una combinación de proporcionalidad, sobriedad y elegancia, como se puede ver en el que luego será el Museo del Prado o en el Observatorio Astronómico de Madrid.

La Academia de San Fernando también ejercerá su influencia en la escultura, buscando que los escultores se formen en el gusto italiano y clásico. En todo caso, los primeros escultores, como Felipe de Castro, Juan Pascual de Mena y Luis Salvador Carmona todavía trabajaron siguiendo formas del Barroco, y algunos de ellos siguieron con la imaginería de madera policromada. Hacia el Neoclasicismo marcharía una segunda generación, en la que destacarían Francisco Gutiérrez, con su Cibeles, donde también intervino Robert Michel y Miguel Ximénez, sobre diseño de Ventura Rodríguez.

La pintura española del siglo se vincula, en primer lugar, con el profundo cambio estético derivado de la llegada de los Borbones, aunque manteniendo aspectos y artistas previos, como se atestigua en la permanencia de Luca Giordano, y la importancia de Antonio Palomino. Pero los Borbones necesitaban grandes pintores para su programa artístico, y llamaron, primero a los franceses y luego a los italianos. En primer lugar, estaría Jean Ranc, dedicado al retrato cortesano elegante que rompió con la tradición retratista española, más rígida. Por su parte, Houasse es más exquisito y nos dejará unos delicados paisajes y cuadros de costumbres que, aunque de estética rococó, anuncian aspectos más modernos, propios del siglo siguiente.

Los italianos llegaron con Fernando VI y Bárbara de Braganza. Amiconi se destacará tanto por los retratos como por sus cuadros mitológicos, mientras Giaquinto, artista al fresco, será el pintor más destacado y maestro de los españoles, con sus magníficos frescos en el Palacio Real.

Carlos III traerá a España al último gran veneciano, Tiepolo, que dejará importantes frescos también en el Palacio Real, cerrando en España y en Europa el Barroco con el toque Rococó final. El otro gran pintor sería el bohemio Mengs de estética ya completamente distinta, en clave neoclásica, y ejerciendo una evidente influencia, sino dictadura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Mengs pintó importantes frescos, y nos dejó una gran colección de retratos.

Los primeros artistas españoles destacados fueron los Hermanos González Velázquez, y luego José del Castillo, discípulo de Giaquinto, siendo autor de cuadros religiosos y cartones para tapices. Los hermanos Bayeu trabajarán también los cartones, una actividad fundamental para muchos pintores del siglo XVIII, como el propio Goya, y Francisco se convertirá en un pintor muy influyente. Otro pintor destacado sería Mariano Salvador Maella.

Mención especial merece Paret y Alcázar por sus cuadros de pequeño tamaño, seguramente la aportación española más destacada al gusto rococó en pintura. Luis Meléndez, además de retratos, nos legará los mejores bodegones del siglo, hoy muy apreciados.

Pero la figura fundamental del siglo XVIII y comienzos del XIX fue Francisco de Goya, además de constituir un artista universal porque en el converge todo el pasado y parte todo el futuro de la pintura, especialmente las posteriores vanguardias, como el impresionismo y el expresionismo. La llegada a Madrid y su viaje a Italia constituyen factores determinantes en su formación para, a su regreso, y de la mano de los Bayeu comenzar su carrera primero con los cartones para la Fábrica de Tapices, y luego para retratar a la nobleza y la burguesía ilustradas, así como, vincularse a la Casa Real, realizando en la década de los años noventa algunas de sus obras más destacadas como la Familia de Carlos IV. La grave enfermedad que padeció en 1792, y que le produjo sordera, también le hizo encerrarse en sí mismo, planteando una visión pesimista y crítica del mundo, especialmente a través de los grabados, una parte fundamental de su obra.

La Guerra de la Independencia también influyó en su obra, como la posterior llegada de Fernando VII al trono. Nos ha dejado inmortales obras como La Carga de los Mamelucos y Los Fusilamientos de la Moncloa, así como su serie de grabados Los desastres de la Guerra. Por su parte, Las pinturas negras son un testimonio que nos impresiona y de una intensa modernidad.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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