Madrid posee un tesoro que las gentes foráneas y las de nuestros lares han valorado siempre: la Sierra. En su zona occidental, a las montañas azules timbradas con penachos blancos de nieve les da nombre el río Guadarrama, que nace bajo los Siete Picos. Sus frescas aguas, sorteando relucientes guijarros, riegan las praderas que declinan por el sotomonte para recibir al río Aulencia, surcan aledañas al castillo de Batres, cuna del impar Garcilaso y siguen su curso en busca de la ribera del Tajo, donde ya mansamente desembocan. Atrás ha quedado la sierra de Malagón, que da a dos vertientes, la del Duero y la que mira hacia Madrid. En aquella, los ríos Moros, Gudillos, Peces y Eresma, reciben la visita diaria de corzos que acuden a abrevar a sus aguas puras. Los pinares de Valsaín y El Espinar se adensan aromando la atmósfera segoviana, que el escritor espinariego Juan Andrés Saiz Garrido glosara tan bellamente, ensalzando los quehaceres y las hachas de los gabarreros, a quienes debemos el milagro de la perpetuación de estos bosques, nuestros, de todos.