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Crónica de una hipótesis ¿fundada?

Supongamos que un país, llamémosle V, acosado por una superpotencia, U, se ve imposibilitado de adquirir ciertos bienes imprescindibles para la vida cotidiana de sus ciudadanos, desde fármacos a material sanitario o alimentos. La superpotencia U yugula y asfixia a V mediante boicoteos y sanciones que impiden comerciar al país acosado y a quienes traten de comerciar con él. Supongamos que ese país cercado, V, acude a otro Estado, E, con el que tiene vínculos históricos y culturales profundos, pese a diferencias ideológicas gubernamentales. Allí opera una compañía aérea bisoña, P, que vuela hacia V con regularidad, siendo de las pocas compañías a las cuales la superpotencia U no ha conseguido vetar. La bisoñez impide a P despegar económicamente y entonces E decide ayudarle legalmente mediante una cantidad considerable de euros dada la inversión que una compañía aérea implica para su viabilidad.

La tragedia de Cuba

En numerosas ocasiones se ha anunciado el final del sistema político de Cuba. A comienzos de los 60, cuando Estados Unidos intento segar por la fuerza el despliegue de la Revolución. En el albor de los 70, cuando empezaron a aflorar las primeras contradicciones del castrismo y fracasos estrepitosos, como la emblemática campaña de la zafra, émulo no declarado de los experimentos de la Revolución Cultural china, aunque los dirigentes de La Habana tomaron partido por Moscú y no por Pekín en el cisma comunista. En los 80, cuando la sangría de las intervenciones solidarias anticolonialistas y antiimperialistas en África drenaron los escasos recursos de un Estado asfixiado por el bloqueo de los Estados Unidos y por los errores encadenados de la planificación y el sectarismo del modelo estatalista. Y, por supuesto, en los 90, después de la caída de la URSS, cuando la Cuba oficial se quedó sin el apoyo cada vez más insuficiente de la solidaridad del lejanísimo y también exhausto comunismo europeo.

Julio Feo, Secretario General de Presidencia con Felipe González: “Hace poco, pedí al PSOE que alguien le hiciera callar”

Nacido en 1936 en Valencia, Julio Feo Zarandieta, colaborador cercano de Felipe González, ha sido uno de los consejeros áulicos más influyentes de la política española en el comienzo de la democracia tras la dictadura. A sus 90 años recién cumplidos, muestra hoy una vitalidad y una locuacidad envidiables, que dan noticia de una vida fecunda y felizmente transitada. Casado cuatro veces, es padre de dos hijas y dos hijos. Ha atravesado el Atlántico dos veces en un velero. Su vida es la de un gozador laborioso, con el entusiasmo de un adolescente y la metodología de un sabio pragmático. Hijo de un abogado represaliado por el franquismo, alumno del Liceo Francés, optó por estudiar Ciencias Políticas en la Facultad madrileña. Ingresó en la Agrupación Socialista Universitaria, ASU. “Detestaba la situación de nuestro país, por lo que intenté ir a estudiar al extranjero”, explica. Una beca le llevaría a la Universidad estadounidense de Stanford, en California. Allí hizo un máster en Relaciones Internacionales y trabajó en un doctorado dos años, que abandonó para ir a trabajar a la Universidad de Columbia en Sociología Política. Regresó a España y fundó Consulta, empresa pionera en estudios electorales. En 1982, fue cooptado por Felipe González para regentar la Secretaría General de la Presidencia. En su casa de Segovia, rodeado de obras de arte, recibe al periodista.

Mazo Mallete, un superhéroe español

Fue objeto de encendidos debates allí donde la espalda pierde su casto nombre. Enseguida viene a la mente los bailes con supervisión moral del franquismo. Mano baja o cintura amplia daba para debatir las prescripciones de Adamo. La espalda pierde su nombre en la cintura y, en ocasiones, se tiene mucha (cintura). Demasiada. Por poner un ejemplo, para algunos entre el espaldarazo a la legítima defensa y un genocidio (pongamos que hablamos de Israel) ya tarda la espalda en perder su nombre. O la democracia, por continuar con el ejemplo; cuando una democracia no respeta la legalidad internacional, vulnera los derechos humanos, tortura y masacra públicamente, ¿ha perdido la espalda democrática su casto nombre o aún no? ¿Se es democracia por votar o también por los valores de la Ilustración? Usted puede seguir la reflexión…

Las elecciones andaluzas y el fracaso de los grandes partidos

No es verdad, como alguna vez se dijo, que haya derrotas dulces y victorias amargas. Toda derrota electoral es amarga y toda victoria es dulce si lleva a formar Gobierno y si no, no es victoria. Pero también es cierto que, al lado del resultado cuantitativo y objetivo en las elecciones, pesan mucho las expectativas y, en las andaluzas del 17 de mayo, las expectativas del Partido Popular iban más allá del triunfo como primer partido y se centraban en seguir obteniendo la mayoría absoluta que permitiría que el partido pudiera alcanzar el Gobierno sin apoyarse en Vox. Esa expectativa ha fracasado y el Partido Popular necesita a otro partido para que Moreno sea elegido Presidente de la Junta. En tal sentido, el resultado electoral se le ha atragantado a Moreno, que se ha pasado toda la campaña rechazando el futuro acuerdo con Vox. Estas elecciones suscitan varias reflexiones que ayudan a entender la política española en 2026, que empieza a ser distinta de cómo era hace unos pocos años.

Pecar por exceso

El capitalismo contemporáneo sufre la paradoja de depender de unas tecnologías que aumentan exponencialmente la productividad del trabajo, pero esta mejora de la productividad no repercute ni en los trabajadores ni en la sociedad. Una mayor capacidad productiva genera dosis más grandes de desigualdad y empobrecimiento, un mundo en el que una parte de la población se vuelve prescindible. Una auténtica “economía del absurdo”. Además, cuando la izquierda y la derecha hablan del capitalismo, se refieren a una entidad imaginaria. Los mercados libres competitivos ya no existen, son un mito. Estamos en una economía dominada por los oligopolios y sin que los Estados puedan o quieran hacer gran cosa para evitarlo. Las grandes empresas se han apoderado de los reguladores a través del sistema de puertas giratorias. Es lo que se conoce como “captura regulatoria”. La regulación acaba desempeñando la función inversa: impide la entrada de nuevos participantes. Es evidente que, cuanto mayor es la concentración, más rentables son las empresas y más bajos los salarios. Décadas de desigualdad en un crecimiento sin precedentes han generado grandes dosis de resentimiento que han abierto la puerta a la airada reacción populista. Los ganadores de la globalización y del predominio extremo del mercado se fueron alejando de los perdedores y establecieron un distanciamiento social creciente, casi de desarraigo.

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