Tesoros y misterios en la Sierra
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Madrid posee un tesoro que las gentes foráneas y las de nuestros lares han valorado siempre: la Sierra. En su zona occidental, a las montañas azules timbradas con penachos blancos de nieve les da nombre el río Guadarrama, que nace bajo los Siete Picos. Sus frescas aguas, sorteando relucientes guijarros, riegan las praderas que declinan por el sotomonte para recibir al río Aulencia, surcan aledañas al castillo de Batres, cuna del impar Garcilaso y siguen su curso en busca de la ribera del Tajo, donde ya mansamente desembocan. Atrás ha quedado la sierra de Malagón, que da a dos vertientes, la del Duero y la que mira hacia Madrid. En aquella, los ríos Moros, Gudillos, Peces y Eresma, reciben la visita diaria de corzos que acuden a abrevar a sus aguas puras. Los pinares de Valsaín y El Espinar se adensan aromando la atmósfera segoviana, que el escritor espinariego Juan Andrés Saiz Garrido glosara tan bellamente, ensalzando los quehaceres y las hachas de los gabarreros, a quienes debemos el milagro de la perpetuación de estos bosques, nuestros, de todos.
A este lado de la Sierra, el poeta Enrique de Mesa (1878-1929), enterrado en el claustro chico del monasterio de El Paular, ensalzó en vida y con llanos versos repletos de lirismo los altos y hondos celajes de Castilla, en cuya lontanante anchura, los cuervos, todavía, hacen guardia encaramados en torreones medievales que, altivamente blasonados en sus ruinas, coronan aún muchas de sus villas.
Estos montes cobijan asimismo secretos, como los novelados por el brillante escritor y médico Alberto Infante, en torno a Robledo de Chavela, donde habita asimismo Alejandra Navas, excelsa comunicadora y capitán voluntaria de la imprescindible Unidad Militar de Emergencias, que tanto hace heroicamente por preservar del fuego esta sierra incomparable y misteriosa.
Este escribidor tuvo ocasión de presenciar un enigma aún irresuelto en la pinariega villa de Las Navas del Marqués, un verano hace ya algunas décadas. “Anda el pueblo revuelto”, comentó la propietaria del kiosco de periódicos mirando antes a su alrededor y bajando la voz. “Al caer la tarde en el viejo convento de San Pablo, junto al Risco, se escuchan unos suspiros, como de personas, que nadie se explica de dónde proceden”.
Velozmente, al atardecer, subí hacia el convento, dejando al lado el potente castillo de Magalia, bajo el imponente risco en forma de esfinge que corona la localidad abulense. La informante tenía razón: un hondo suspiro, potente y vibrante, surgía al parecer de los muros del arruinado convento. Retrocedí hasta el castillo y allí, a unos trescientos metros de distancia, se escuchaba bien, lo mismo que desde el misterioso y equidistante peñón rocoso de faz impenetrable. Entonces, un grupo de chiquillos irrumpió en la explanada contigua al convento. Tras escuchar con atención, presas del miedo, comenzaron a apedrear el muro. El suspiro cesó. Los niños se alejaron corriendo y el potente resoplido cobró de nuevo fuerza. ¡Tenía cadencia… humana!
Barajé distintas hipótesis para explicarme lo ocurrido: “lechuzas anidadas tras los muros conventuales”. Hablé con mi amigo alpinista, Ricardo Aznar, que examinó el interior del recinto sin hallar resto alguno de aves. “Aguas subterráneas”: ni rastro tampoco en la planicie contigua al convento, según Miguel, un veraneante geólogo. “Una fuga sónica de un repetidor espacial del cercano Robledo de Chavela”: tendría que ser un sonido mecánico, rítmico, inalterado por las pedradas infantiles. “Los quintos del pueblo, que están gastando una broma”: algunos de ellos que habían escuchado los suspiros, mostraban rostros semejantes a los que dibuja el miedo. Las descarté todas.
Telefoneé a mi periódico. “Estoy de vacaciones, os envío solo treinta líneas y me olvidáis”. Mandé una pieza. Noramala lo hice. Tras publicar la nota, comenzaron a afluir cientos de personas procedentes de los pueblos circundantes, San Lorenzo, Peguerinos, Santa María de la Alameda, San Rafael, El Espinar, Robledo… aquello parecía haberse convertido en una curiosa serpiente de verano.
A Félix Rodríguez de la Fuente, que escuchó aquello, le consulté: “querido amigo, de tratarse de lechuzas, tendrían que ser tamaño gigantesco, porque el suspiro se escucha a trescientos metros de distancia”, comentó con aquella voz suya tan nasal, tan norteña. El periódico me pidió la historia completa, que se publicó al domingo siguiente. El pueblo se convirtió en un incesante trasiego de veraneantes de los pueblos cercanos. Algunos taberneros me saludaban afectuosamente: sus clientelas sobrevenidas desbordaron la de su parroquia.
Yo no hallaba explicación alguna a lo presenciado, a lo escuchado. Pregunté a un médico amigo, Antonio: “de tratarse de una respiración… humana, ¿a quién correspondería?: yo diría que a una persona que agoniza”, respondió. Pregunté en el pueblo si se había producido algún fallecimiento reciente. Si: una mujer que vivía en unas casas situadas a cierta distancia había muerto algunos meses atrás. Pero aquello no parecía convincente para explicar la perpetuación de su trance. ¿Cuál era el vehículo de aquel sonido? ¿Por qué persistía?
Indagué en algunos archivos abulenses: el inquisidor Torquemada pasó temporadas estivales en el feudo del marqués de Las Navas, Pedro Dávila y Zúñiga, propietario del imponente castillo de Magalia desde donde los suspiros también se escuchaban. Entonces, en otro archivo, mi hermano Enrique, historiador, descubrió algo inquietante: en la explanada frontal del convento de San Pablo, de donde surgía aquella respiración cansina y honda, diez judíos y diez brujas de Ávila fueron quemados vivos en el año de 1600… el 17 de febrero del mismo año en que el pensador hermético italiano, Giordano Bruno, murió en la hoguera en el Campo de’ Fiori de Roma.
Confesión
Debo confesar algo. No me atreví a relacionar, por escrito, la pira humana con los suspiros ya que, en una de las muchas concentraciones de cientos de personas ante los muros del convento, mientras escuchaban con silenciosa y conmovida unción los suspiros surgidos de no se sabía bien dónde, un jeep conducido por un irresponsable se adentró entre el gentío y con un altavoz se puso a vocear: “¡atención! ¡Atención!, se ha escapado del manicomio de Ávila el interno…! Aquello produjo una peligrosa estampida que pudo acarrear consecuencias muy graves. Lo sucedido me disuadió de contar todo lo que sabía, por temor a crear una situación de alarma y miedo en Las Navas del Marqués, donde no cesaba de aumentar la afluencia de atemorizados curiosos. Pido perdón periodístico por aquella cautela.
Empero, el enigma seguía en pie. Y aquello ponía en jaque cualquier explicación racional a lo que seguían sucediendo junto a aquellos muros, desde el ocaso hasta el amanecer del día siguiente. ¿De dónde procedían los suspiros? ¿Cuál era su origen? ¿Por qué esa expiración se interrumpía cuando los niños apedreaban el muro? ¿Era acaso una cadencia humana…? Alguien me sugirió que podría tratarse de una psicofonía, es decir, la perpetuación de un fenómeno sónico o de otro tipo encriptado en el tiempo. Pero, esa explicación carecía, a mi entender, de una base científica… ¿Cómo se transmitía, por quién…?
Tardé tiempo en reparar que la Ciencia, con mayúsculas, ha avanzado gracias a saber desentrañar efectos cuyas causas se desconocen, por la vía inductiva, también deductiva, hipotética o axiomática. Ergo, podíamos estar ante un caso a explicar científicamente algún día, induciendo sus causas desconocidas desde sus efectos conocidos…
Aquel suspiro lastimero desapareció al finalizar el verano. Pero poco después, mi hermano José María Fraguas, reportero entonces, realizador luego, de Televisión Española, escuchó y grabó en una fachada de la catedral de Salamanca un suspiro muy semejante. Al preguntarle al sacristán de la catedral cómo se explicaba lo sucedido, con rotundidad, respondió malhumorado: “¡Son lechuzas!. ¿Qué clase de lechuzas? preguntó José María: “¡¡nocturnas! Y zanjó la pesquisa cerrando la enorme puerta catedralicia.
El invierno siguiente, en el mes de febrero, un equipo de la Universidad de Barcelona detectó de nuevo la señal, que grabó asimismo… Algunos santeros caribeños residentes en la zona frecuentaron el convento y varios de ellos departieron allí con sus fieles; nuevas supersticiones cobraron oscuro brío. No volvió a saberse mucho más de aquello. Hoy, el convento, que entonces se hallaba en ruinas, ha sido bellamente reconstruido. Una pasarela corona su ático, desde donde se divisan los bosques que tapizan bellamente el entorno. Salvo los partidarios de la certeza de las psicofonías, nadie encuentra explicación cabal a aquel extraño suceso, presenciado y escuchado por centenares de personas de ambos lados de la Sierra.
Es la misma Sierra que entre pinares azulados por el cielo granate del ocaso, aguarda al amanecer para regalar generosamente su brisa fresca a los privilegiados lugareños y visitantes, mientras esconde en su seno secretos, misterios y enigmas tan ensoñados o reales como los vividos aquel memorable verano.
Es este legado, este maravilloso ajuar de la región madrileña es el que una atrabiliaria señora debiera proteger y estos umbríos bosques guarecer atendiendo las demandas de los precarizados bomberos forestales, en vez de arrasar la imagen de Madrid como acostumbra hacer por donde va. Piense en Madrid y trabaje por la región que un mal día la eligió como presidenta regional.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.