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Josep Burgaya

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

El problema de la vivienda

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El tema de la vivienda es, su falta a precios asequibles, probablemente el tema más crucial en afrontar en los próximos años. En Cataluña, y especialmente en la ciudad de Barcelona, resulta dramático.

Matar al perro

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El maltrato animal está socialmente mal considerado y, además, es un delito. Hemos avanzado bastante. No hace tanto tiempo matar a perros o gatos o jugar de manera perversa con animalitos hasta destruirlos, era poco más que un pasatiempo, algo rústico, eso sí. En el mundo campesino, nunca se ha sido tan pulcro como en la ciudad con el trato a los animales domésticos. Se les respeta por su utilidad, pero por lo general no se cae en un exceso de proximidad y, mucho menos, al darles un trato de persona. La jerarquía está clara. En el mundo urbano, en los últimos tiempos, existe un exceso de animales de compañía, de mascotas. El crecimiento exagerado de la “animalofilia” probablemente también tiene que ver el ser una manera de combatir la soledad contemporánea, el tener a alguien con quien compartir algo, aunque sólo sea el cariño y el aprecio. No hace falta que nos hable. O quizás sí, según dice públicamente el presidente argentino Milei él habla con Truman, su perro muerto y, pese a saberlo, los votantes argentinos le han apoyado en masa. Qué tiempos. A los que nos gustan los animales de forma más convencional, les cuidamos, pero valoramos que mantengan esta condición; a menudo sorprenden y tememos que no sean relaciones muy saludables, cuando nos encontramos a conciudadanos que tratan a sus mascotas como personas, de manera exageradamente cuidadosa: podólogos, peluquerías, psicólogos, nutricionistas, vestidos de temporada y que, además, nos los hacen aguantar en situaciones que no deberían. En fin, los míos deben ser prejuicios de persona poco sofisticada que se crio y vive en el campo.

Tambores de guerra

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Entre los muchos conflictos militares y geoestratégicos con el peligro que deriven en bélicos, hay dos que generan especialmente preocupación, no porque unos muertos importen más que otros, sino por el temor que escalen y se conviertan, prácticamente, en enfrentamientos globales con lo que esto significaría a nivel humanitario, pero también sus efectos políticos, económicos y sociales que se derivarían. Hablo de Ucrania y de Gaza, para poner nombre a agresiones centrándolo en sus principales perdedores. La invasión de Ucrania por parte de una Rusia que pretende rememorar el sueño imperial de los zares y de la Unión Soviética, es también el resultado de la impericia occidental a la hora de ayudar a reubicar a Rusia en el marco global después de la implosión del sistema comunista. Más allá de las manías de Putin, ni la OTAN ni la Unión Europea han tenido estrategia ni tacto para incorporarla, o bien no hacer movimientos que la pudieran hacer sentir sitiada. No ha sido una buena idea llevar soldados y armamento a sus puertas, tratando al país como enemigo durante las últimas décadas. Para Europa, el seguimiento acrítico de la estrategia norteamericana de aislar a China neutralizando a sus aliados, ha resultado nefasto. Tanto con un país como con otro, Europa debe comerciar y colaborar, no buscar el enfrentamiento. En estos momentos la guerra de Ucrania está empantanada y cada vez toma más vuelo. La resistencia sólo se sostiene con la profusión de armamento y recursos que envía Europa Occidental. Una guerra que, en modo alguno, puede ganarse porque Rusia que es una potencia nuclear, no la puede perder. La escalada verbal y bélica va haciendo un in crescendo, y se corre el peligro de que tome mucha mayor dimensión. Líderes europeos, día sí y día también, apelan a aumentar el gasto militar y prepararnos para la guerra. Un escenario, éste, que acabaría siendo dantesco. En el tema de Ucrania, o bien se fuerza a una salida pactada, o no tiene salida. Las soflamas de guerra poco aportarán a la solución del problema.

¿No éramos una sociedad laica?

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Que los estados y sociedades en su dimensión pública dejaran de ser confesionales ha sido históricamente una ardua y dura batalla, incluso sangrienta. Hasta la época moderna, no se concebía el laicismo ni individual ni colectivo. La creencia religiosa, el temor a Dios, era una norma relevante y de obligado cumplimiento. Ya conocemos que les pasaba, durante muchos siglos, a los que se apartaban de esta ortodoxia. No fue hasta el siglo XVIII, y sólo para unas escasas minorías, que empezó a imaginarse un mundo sin Dios y en todo caso, ganó enteros el concepto de “tolerancia religiosa”, es decir, el respeto absoluto a cualquier tipo de creencia arrancando de las iglesias el derecho adquirido a la imposición de una fe y una moral incontrovertible. En el mundo de la Ilustración, que es de lo que hablamos, se fue imponiendo también la noción primordial de que las estructuras políticas, los Estados, debían ser no confesionales, pues la dimensión religiosa formaba parte del ámbito de lo que era privado. Todo el mundo podía tener y expresar la religiosidad que quisiera, o no tenerla, pero en ningún caso podía imponerla o hacerla dominante en el espacio público. Un hecho éste, al que el catolicismo fue, y todavía es, reacio a abandonar. Que una parte importante de la ciudadanía del sur de Europa venga de tradición católica, no implica, aunque sea practicante y que su vínculo vaya más allá de ser un referente cultural, un hábito, que ha ido perdiendo peso en un mundo y unas vidas mayoritariamente secularizadas.

Al final de la escapada

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Esta legislatura catalana quedó tocada de muerte el día que Junts abandonó el gobierno, hace ya un año y medio. En ese momento se evidenciaron no sólo estrategias diferentes y confrontadas dentro del independentismo, sino una inquina y negación de unos adversarios convertidos en enemigos que se ha arrastrado hasta ahora. Lo que parecía lógico entonces, pero la política catalana de los últimos años es todo menos previsible o razonable, era la convocatoria de elecciones o bien articular un nuevo gobierno y una nueva mayoría que debía ser, forzosamente, transversal. ERC no quiso hacer ni lo uno ni lo otro, pretendió seguir gobernando, teniendo sólo 33 votos en un Parlament de 135 diputados. Imposible hacer políticas y gobernar un país que después de tantos años de fuga de la realidad lo requería más que nunca. Los republicanos creyeron, que teniendo en cuenta que el gobierno español los necesitaría para sostenerlos, esto convertiría en cautivo por lógica reciprocidad al PSC. No le ha bastado y, curiosamente, nunca la política catalana había sido tan subalterna a la política española como en los últimos tiempos, dinámica impulsada -oh, sorpresa- justamente por el independentismo. Con la convocatoria electoral, se cierra definitivamente una época -la del infausto Proceso- y, finalmente, la rasante de la política del país pasará a ser otra. Demasiado tiempo perdido.

La izquierda que necesitamos

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En todas partes se produce un fenómeno que parece imparable. La derecha más extrema y desacomplejada se impone políticamente, y lo hace contando con el apoyo de los sectores sociales más excluidos que antes se sentían representados por los partidos de izquierdas. Argentina de Milei es un buen ejemplo de ello y, de hecho, no el último cómo indican los resultados de las elecciones en Portugal. Los que malvivían gracias a ayudas sociales de contención, acaban votando a quien afirma que, lo primero que hará, es eliminarlos. Una muestra de que amplios sectores sociales, los más necesitados, se han desacoplado de los sindicatos y partidos que los representaban. Algo se habrá hecho mal.

La devaluación de lo colectivo

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El individualismo, cierto grado, es consustancial tanto a la sociedad liberal-democrática como al funcionamiento de la economía de mercado. Pero lo que era un individualismo moderado en la primera modernidad y en tiempos de predominio del sistema de correcciones del Estado de bienestar, fue desplazado a partir de la recuperación de la hegemonía neoliberal por un individualismo total, sin ningún sentimiento de colectividad y carecer de cualquier obligación hacia objetivos compartidos. Un individualismo que ha generado la primacía de la egolatría, el narcisismo como centro de gravedad de la existencia. La personalidad y la satisfacción proviene de magnificar y convertir en perpetuo el acto de consumo. Las posibilidades de caer en la tentación del consumo, entendido éste como falsa satisfacción, son ininterrumpidas y omnipresentes. Este capitalismo de seducción basado tanto en lo material como en lo inmaterial ha creado un mundo nuevo. Se han derrotado las antiguas formas de pertenencia colectiva, se han derribado las ideologías emancipadoras y el sentido moral de la primacía de lo común. Todo deseo debe ser satisfecho de inmediato. Un éxito, un producto, una distracción, sustituye a otra. Todo es rápido, transitorio, fugitivo y contingente. Juego, ocio y comercio se combinan y recombinan sin aparente separación. De hecho, han perdido importancia los objetos para ganar posición a la economía de la experiencia. La publicidad ya no hace demostraciones, proporciona emocionalidad, seducción, espectáculo y fantasía.

Sobre tractores y agricultores

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Las movilizaciones campesinas a través de tractoradas colapsan las carreteras y las capitales europeas, también en España. Cuando el campo se moviliza existe una reacción muy urbana consistente en darles la razón o el beneficio de la duda.

Entre Davos y Oxfam

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Hace unos días, como es costumbre, se reunió el Foro Mundial de Davos. El poder económico global concertando estrategias de futuro mientras llama a los gobernantes de los principales países a escuchar sus recetas. Una auténtica exhibición del poder real frente a un subyugado ámbito político. Como contrapunto y de forma muy adecuada, Oxfam ha publicado su informe anual sobre el grave problema de la desigualdad económica -Desigualdad, SA-, donde pone de manifiesto que éste es un tema en el que no progresamos adecuadamente, al contrario, la concentración de riqueza en unos pocos y la de pobreza en muchos, va en aumento. Ésta es la dinámica socioeconómica desde hace unas décadas y que la política no consigue contrarrestar. La falta de capacidad de los estados para imponer una fiscalidad realmente progresiva y que elimine la elusión y el fraude fiscal facilita los grandes enriquecimientos y el aumento de la iniquidad, así como la no intervención y regulación adecuada del mercado laboral, comporta una caída, a corto y largo plazo, de los salarios respecto a la inflación. Lo explica de manera fácil el economista francés Thomas Pikkety: las rentas de capital y del trabajo evolucionan de forma dispar mirando series largas. La concentración de riqueza de unos y el empobrecimiento relativo o absoluto de otros tiene que ver con esta lógica perversa.

Agonía política

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Esta legislatura va camino de no tener ningún sentido. La configuración y formas a través de las que se llegó a construir una mayoría puramente aparente ya así lo indicaban. Los acuerdos políticos, aparte de lealtad, requieren de reciprocidad. Un quid pro quo que se llama ahora. El pacto de Gobierno en el Estado desafía a todas las leyes de la física y de la política. No hay proximidad ideológica y, en cambio, un profundo sentido de venganza por parte de algunos de los que lo conforman, parece que desempeñan el papel del escorpión de la fábula de Hisopo. Voluntad de unos para gobernar, pagando a cambio un cierto precio por los apoyos aritméticamente imprescindibles, pero algunos de ellos se creen con el derecho de humillar y convertir las agonías del partir gobernante en una especie de divertimento perpetuo. No tiene ninguna lógica y supone un desgaste en la consideración de la política del todo insostenible. Resulta curioso como lo que importan no son las políticas y su significación, sino puramente la representación pública de la confrontación política, lo que se llama el “control del relato”.

El debilitamiento de la democracia

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De la mano de la nueva extrema derecha y de la deriva reaccionaria de las derechas tradicionales, hemos descubierto que las democracias no sólo pueden morir por levantamientos militares, sino también por el papel de líderes electos. El retroceso democrático puede empezar en las urnas. Van tomando el poder planteamientos populistas tras los que yacen nuevas formas de autoritarismo. Los nuevos autócratas (Trump, Putin, Erdogan, Meloni, Orbán, Milei…) y los que tienen pretensiones de serlo van limando el contenido del sistema desde dentro, degradando sus estructuras de forma gradual, sutil, incluso legal, hasta destruirla. Los nuevos dictadores, asaltando el poder judicial, amordazando al legislativo y atemorizando a la oposición acaban disolviendo el fondo y las formas del sistema hasta que éste acaba pareciendo una caricatura de sí mismo. Las democracias, como han escrito Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, se basan, aparte de las reglas escritas, en normas implícitas, las más importantes, la tolerancia mutua y la contención institucional. Aceptar a los contrincantes como legítimos es básico para evitar una polarización excesiva. Este principio no sólo se ha vulnerado en los regímenes populistas sino en la política de gran parte de países. España sería un ejemplo.

Una poco creíble conferencia del clima

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Naciones Unidas es una organización llena de buenos propósitos, pero, al mismo tiempo, con una escasa capacidad para hacerlos efectivos. Por eso, cuando se habla de que algún tema relevante pasa a ser de su preocupación suele generar un sentimiento de escepticismo sobre la posibilidad de que sirva para algo. Un poco como cuando, en cualquier organización, se crea una comisión para afrontar un problema. Todo el mundo entiende que se quiere ganar tiempo y no resolverlo. En el caso de la ONU, el ejemplo más claro de fracaso son sus pronunciamientos reiterados con el tema de Palestina. Israel no ha hecho ni caso de sus resoluciones desde su nacimiento en 1948. Hoy, estamos donde estamos. Lógicamente, la culpabilidad de sus frustraciones no está en la organización sino en la falta de apoderamiento para obligar a que se lleve a cabo y en la actitud hipócrita y descreída de sus principales estados miembros. Las Naciones Unidas, se preocuparon hace ya muchos años del tema medioambiental y del cambio climático. Buenos informes y diagnósticos, creación de organismos específicos y pronunciamientos bastante claros, pero resultados decepcionantes. El tema del cambio climático la ONU le singularizó y afrontó a partir de 1992 como resultado de la Cumbre de Río para concienciar sobre la cuestión y obligar a los países a reducir la emisión de gases de efecto invernadero y combatir un previsible calentamiento global que, ya se veía, podía acabar por tener efectos devastadores sobre el planeta. Las conferencias anuales sobre el tema, conocidas como las COP, empezaron en 1995 en Berlín y, desde entonces, se han ido celebrando hasta llegar en 2023.

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La apuesta por la desigualdad

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De la mano de la derecha de siempre ahora radicalizada y de la nueva extrema derecha que se va consolidando (Eslovaquia, Argentina, Países Bajos...) reaparece sin tapujos la versión más brusca del individualismo capitalista, de la competencia más radical y la justificación y defensa de la desigualdad económica. Ésta se presenta, por parte de la ideología imperante, como un hecho inherente a la naturaleza humana y a su carácter intrínsecamente competitivo. La Ilustración y el liberalismo nos trajeron la noción de ciudadanía, de igualdad de oportunidades y de igualdad ante la ley, que sentaba las bases para el funcionamiento ordenado de la sociedad, el mantenimiento de estímulos al esfuerzo y al trabajo, así como el sostenimiento de cada uno como responsabilidad individual ineludible. Ciertamente, la igualdad formal, jurídica, distaba mucho de ser una igualdad real. El carácter acumulativo de la riqueza, las diferentes posibilidades de acceso a la salud o la educación condicionaban notablemente la posición de partida, hasta el punto de que algunos notorios liberales como Stuart Mill, hicieron notar que teniendo en cuenta el mantenimiento del sistema de herencias, la igualdad de oportunidades pasaba por que el Estado se hiciera cargo de garantizar salud y educación a todos los ciudadanos, en una suerte de noción de estado asistencial avant la lettre.

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Pisos turísticos y derecho a la vivienda

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La explosión del turismo como fenómeno masivo con las posibilidades que dan las plataformas de internet ha generado, aparte de la multiplicación de los viajes, el surgimiento del negocio de arrendar viviendas para hospedar a turistas o cortas estancias, que está siendo muy lucrativo. Airbnb es su plataforma de referencia y quien más ha hecho para transformar las ciudades con atractivo turístico, y no precisamente para mejorarlas. El turismo, para ciudades como Barcelona o Madrid o poblaciones costeras actúa como una auténtica plaga, porque las transforma de tal modo que las hace inhabitables para sus ciudadanos, convirtiendo lo que eran tranquilos lugares para vivir, en parques temáticos destinados únicamente a exprimir a los viajeros, cuantos más mejor. Ciertamente que el turismo como sector complementario a otras actividades puede resultar relativamente positivo, pero deja de serlo cuando de manera industrializada convierte a las poblaciones o los barrios en espacios sólo pensados para los viajeros, haciendo esta industria una apropiación de lo común y del espacio público. No hay que olvidar que, antes que nada, nuestras ciudades y calles son para vivir de manera decente sus ciudadanos.

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Política y poder

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Todo apunta a que la próxima semana habrá pacto de investidura. Yo era de los que no le daba demasiadas posibilidades. Creía que el mundo de Waterloo sería fiel a los postulados irredentistas y que no cedería.

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La tragedia de Oriente Próximo

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Se ha desatado con fuerza y de forma sorpresiva de nuevo la guerra en Oriente Medio. Es la guerra de siempre, que tiene al menos ochenta años de antigüedad, y que combina períodos de guerra abierta con otros de confrontación violenta más soterrada. El conflicto es irresoluble: dos sentidos de pertenencia contrapuestos reclaman como suya una tierra con todo tipo de argumentos históricos y religiosos.

El futuro es federal

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Unidad en la diversidad. Lealtad a lo común y respeto a lo diferente. Son las dos premisas más básicas de la gobernanza federal. Federación es un concepto contrapuesto al de unitarismo. Entendimiento entre identidades y sentidos de pertenencia diversos en intensidades y vínculos.

¡Elecciones!

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Continúan las maniobras de aproximación y posibles emparejamientos postelectorales en España. Más allá de los muy aficionados a la política, lo cierto es que resultan bastante decepcionantes ya que tampoco las posibilidades son muchas. Alargar todo este espectáculo hasta la Navidad, con maniobras sólo pensadas hacia la galería -para imponer el relato, lo llaman ahora-, pero sin posibilidades fácticas no ayuda precisamente a revalorizar la ya poco considerada actividad política.

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El poder absoluto del individualismo

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El individualismo entendido como actitud básica de las personas, se ha impuesto de manera avasalladora. Más allá de lo político o ideológico, la cultura de lo personal ha ganado la partida tanto a derecha como a izquierda. No sé si la tendencia al individualismo es innata como afirmarían los padres del liberalismo y gran parte de los defensores acérrimos de la mayor utilidad del egoísmo individual respecto a pulsiones colaborativas.

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Todos somos turistas

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Una vez superada y olvidada la pandemia hemos recuperado de nuevo el movimiento frenético que caracteriza este siglo. Todo el mundo que ha ido algún sitio estas vacaciones, cercano o exótico, coincide en decir que había muchísima gente, que estaba saturado. Nos hemos vuelto a lanzar a la práctica del turismo como si no hubiera un mañana. Si somos honestos, de la experiencia, fundamentalmente, habremos obtenido mucho cansancio, una cantidad ingente de fotografías -preferiblemente selfies- que es lo que da sentido al viaje. La gente que habremos conocido era como nosotros, turistas. Mucho gasto para tan escaso resultado, pero hacer objeción de conciencia al obligado movimiento nos podría condenar, en nuestro entorno, a ser sospechosos de escasamente sociales o, lo que es peor, al ostracismo.

Donald Trump está vivo

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No deja de recibir imputaciones penales muy graves por haber conspirado para mantenerse en el poder pese a haber perdido las elecciones. Las penosas imágenes del asalto el Capitolio por parte de las hordas enloquecidas todavía las tenemos en la memoria para recordarnos el pequeño paso que existe entre democracia y barbarie. Pero en cada acusación formal que recibe por delitos tan graves y evidentes, su popularidad política se mantiene e incluso aumenta. No tiene rival para ser el candidato republicano a las elecciones de 2024, y los sondeos afirman que puede ganar a un envejecido Joe Biden. En un sistema democrático y judicial tan garantista, las acusaciones e incluso una posible condena no pueden impedir que se presente a los comicios. La posibilidad de que retorne a la presidencia alguien que de forma tan evidente ha actuado al margen y contra el sistema, pondrá en vilo las costuras de la democracia norteamericana. Pero también tensionará de forma evidente la política y la geopolítica mundial. Reforzará los numerosos movimientos populistas, iliberales, que campan por el mundo occidental, pero, sobre todo, reventará la estrategia actual con relación a la Rusia autocrática, no se sabe muy bien cómo afectará al avance de China como gran potencia económica global y, por supuesto, con su negacionismo provocará un enorme paso atrás en los compromisos adquiridos para hacer frente a la crisis climática.

Minoría de bloqueo

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La política española está tan polarizada que los resultados electorales no han hecho más que confirmarlo y dar nuevas razones para que el conflicto sea, a partir de ahora, aún más extremo y agónico. Por el momento, el mapa se ha interpretado en función de los estados de ánimo previos y las expectativas que se habían instalado en cada uno de los bandos. Para el bloque progresista al que se había condenado antes de tiempo a la derrota, el resultado tan luchado la última semana suena a victoria. Y, lo es. España no es tan rancia como pretenden algunos y sigue siendo plural. La pretensión de acabar con el condenado "sanchismo" no ha triunfado, aunque el Partido Popular haya sido el más votado en las urnas. Victoria amarga porque las pretensiones que les había inculcado una demoscopia interesada eran otras. Estaban sobrevalorados porque las encuestas se han convertido en un agente acondicionador de la opinión pública, en este caso para hacer desistir al voto progresista de ir a votar, más que una forma de retratarla. Pese a que Feijoo hará un simulacro de intento de ser investido, sobre todo para evitar que las cuchilladas internas empiecen ya, es Pedro Sánchez quien en realidad tiene las únicas opciones de levantar un gobierno. Pero los números son muy ajustados y corre el riesgo de vivir siempre en la cuerda floja sobre el abismo y con una oposición de derechas desatada que pondrá en cuestión continuadamente su legitimidad. Para rehacer el bloque, necesita casi todo el mundo. Algunos socios son de fiar pero, otros, no tanto.

Lo que viene

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Los acuerdos y pactos de gobierno entre el Partido Popular y Vox en muchos ayuntamientos y comunidades autónomas prefiguran la ola de lo que se nos puede venir encima a toda España. Si esto se acaba por producir, el retroceso político, la pérdida de libertades y derechos sociales será de las que conforman una época. Entre otras cosas, volveremos al ejercicio del nacionalcatolicismo que sufrió este país durante décadas. La derecha hispánica, ya siempre difícil de homologar con el conservadurismo europeo por el mantenimiento de sus vínculos no totalmente superados con el franquismo y por su cultura más bien rancia, ha sido llevada hacia el extremo y la vulneración de cualquier signo de moderación por la emergencia de una extrema derecha que le ha conducido hacia la radicalización. La estrategia seguida en los últimos años de polarización extrema y de construcción de trinchera política negando legitimidad a la izquierda gobernante, los ha llevado a identificarse con esta extraña versión del españolismo más recalcitrante y del autoritarismo decimonónico. Los personajes que aparecen estos días cogiendo consejerías o presidiendo parlamentos, parecen extraídos del friquismo más extraño o de una colección de cómics. Toreros designados consejeros de cultura, negacionistas de la ciencia convertidos en autoridad política, homófobos confesos, cuestionadores públicos de las libertades, propagadores de las virtudes del franquismo... La normal alternancia política en el gobierno en España, con la dinámica y los mimbres actuales, provoca miedo. Cultura del odio, espíritu de revancha y voluntad de acabar con los consensos básicos que requiere cualquier sociedad democrática para su funcionamiento. Ciertamente, al menos hasta ahora, tienen la legitimidad democrática para alcanzar el gobierno y hacer acuerdos donde los votos se lo han hecho posible. El sistema permite que incluso quienes pretenden destruirlo se presenten a las elecciones y, si se da el caso, gobiernen.

Humillados y ofendidos

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Salimos de unas elecciones y estamos a las puertas de otras. Lo vivimos de forma casi agónica, ya que vemos expresiones radicales e incluso autodestructivas de una parte de la ciudadanía que nos cuestan de asumir. Lo que puede llegar no aporta ninguna solución y sí una profundización en las causas de las disfunciones actuales. Voto protesta de unos en forma de opciones que están muy lejos de resolver nuestros problemas, que no refuerzan en nada la cultura democrática o en forma de desistimiento y desesperanza quedándose en casa. Una sociedad fracturada, con demasiada gente en zona de exclusión y que no se siente sujeto histórico de ninguna transformación ni vislumbra ninguna brizna de futuro opta por hacer ruido, ser políticamente incorrectas, sabedores de que no servirá de gran cosa, pero, al menos, significa arrojar una piedra en las aguas estancadas de su situación. Para mucha gente, no progresamos adecuadamente. Seguramente, en lugar de culparles del exabrupto expresado con el voto o el aparente desinterés, lo que debería entenderse y actuar contra las causas de su malestar. Un conocido proverbio oriental dice que cuando el sabio señala la luna, el necio mira su dedo.