Nunca será suficiente repetir, que el cristianismo que Voltaire atacaba, no era el del Sermón de la Montaña, puesto que nunca ha vivido un hombre más sensible que él, a la generosidad humana, que allí encontramos unida, a una fuerza, que extraordinariamente toca al corazón. Y todavía era menos, enemigo de una forma de la profesión cristiana que, partiendo de la suposición de que hay en el corazón humano, deseos constantes, innatos, profundos e inextinguibles, discierne en la gran tradición religiosa, una prueba adecuada de que la fe mística en la encarnación y, en los hechos espirituales, que se derraman como rayos de ese centro imponente, son la más alta satisfacción que una divina voluntad, se ha complacido en establecer, por todas estas simpatías de la raza humana.