Voltaire. La Religión. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
El siglo XVIII no era sólo el siglo del Sagrado Corazón, sino de los milagros del difunto abate Paris, transacciones en las que los jansenistas, emulaban a los jesuitas, en arrastrar a hombre y mujeres, a la más honda cloaca de la superstición. Un augur romano, acostumbrado a la inspección de las entrañas de las víctimas, destinadas al sacrificio, hubiera tenido derecho a despreciar a los sacerdotes, que inventaban un objeto para la adoración de los hombres, en las horribles y enfermizas visiones de María Alacoque (Santa Margarita María Alacoque fue una monja católica francesa que perteneció a la Orden de la Visitación de Santa María, conocida por haber recibido las famosas apariciones del Sagrado Corazón de Jesús que ocurrieron donde hoy se sitúa la Basílica del Sagrado Corazón). El hombre que vende lluvia a los salvajes, puede considerarse, casi, que contribuye al respeto de la raza, si lo comparamos con los convulsionarios y fanáticos, que fueron arrebatados por sus hazañas.
Francia quizá sea el país, donde las reacciones son más rápidas y violentas (hoy – marzo 2023 - lo podemos comprobar, si visualizamos las manifestaciones, por el cambio de la edad de jubilación). En ninguna otra parte, puede el reformador, contar tan seguramente, con que la realización de su reforma, vaya inmediatamente seguida, del triunfo de sus adversarios. La expulsión de los jesuitas, en circunstancias de rudeza marcada y poco comprometedora, no fue consumada, antes de que la marea del fanatismo religioso llegase a la otra orilla y, se hinchase hasta una portentosa altura. El júbilo de los filósofos, provocado por la caída de sus antiguos enemigos, fue inmediatamente refrenado, por las cosas aún peores, que les acontecieron a ellos y a sus opiniones, en manos de los nuevos enemigos. Muy pronto se afirmó, que el reinado de los jansenistas, era más odioso que el de los jesuitas. Mientas estos últimos gozaron de algún crédito, podía haber transigencias con el cielo, pero los jansenistas eran implacables.
El Parlamento, o supremo tribunal de París (véase Voltaire “Historie du Parlament de Paris”) era jansenista, en parte por odio político hacia los jesuitas, en parte por la hostilidad, fácilmente explicable, de sentimientos e influencias ultramontanas, en parte por la envidia profesional del clero, en parte, también, porque el austero dogma de la predestinación y la teología metafísica, que lo llevó a su apogeo, parecen haber tenido con frecuencia, entre los espíritus serios, educados en las ideas legales y en su aplicación, una afinidad inexplicable.
Los jesuitas se habían abstenido sistemáticamente, siempre que les fue posible, de la teología puramente especulativa. Francisco Suárez es considerado, como uno de los más grandes escritores en ética especulativa y jurisprudencia. Pero en la metafísica técnica de la teología, los jesuitas, con todo su talento literario, se preocuparon muy poco de ejercitarse. Su tarea fue social y práctica y, como confesores, directores, predicadores e instructores, naturalmente habían prestado menos atención al pensamiento abstracto, que a las artes de la elocuencia. En materia de doctrina, se habían aferrado a la interpretación más suave, más amble, más mundana, menos repulsiva de la gracia, la predestinación y el libre albedrio. La opinión agustiniana, calvinista o jansenista, de la impotencia de la voluntad y, la importancia salvadora de la gracia, es la respuesta de las almas, propensas a sentir el inmediato contacto individual, de un Ser Supremo. Los jesuitas y su poder, representaban sentimientos absolutamente distintos, fundamentalmente religiosos, pero fundamentalmente sociales también. El deseo que tienen los hombres, de una guía de conducta simpática y comedida y, su anhelo de una unidad del orden exterior de la fe, que les deje vivir en paz en su vida.
Los primeros concentraban los sentimientos, en las relaciones directas e inmediatas de las criaturas, con un Ser Supremo. Los últimos, en sus relaciones puramente mediatas con este Ser, a través de sus relaciones entre sí y, con la Iglesia, a la que se había atribuido cierta dignidad.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.