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Voltaire. La Religión. II


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Nunca será suficiente repetir, que el cristianismo que Voltaire atacaba, no era el del Sermón de la Montaña, puesto que nunca ha vivido un hombre más sensible que él, a la generosidad humana, que allí encontramos unida, a una fuerza, que extraordinariamente toca al corazón. Y todavía era menos, enemigo de una forma de la profesión cristiana que, partiendo de la suposición de que hay en el corazón humano, deseos constantes, innatos, profundos e inextinguibles, discierne en la gran tradición religiosa, una prueba adecuada de que la fe mística en la encarnación y, en los hechos espirituales, que se derraman como rayos de ese centro imponente, son la más alta satisfacción que una divina voluntad, se ha complacido en establecer, por todas estas simpatías de la raza humana.

Este progreso de la fe, emancipado del dogma y, que reduce tantos cuerpos sustanciales, pálidas sombras, tantos artículos conservados como sólidas realidades, a la extraña rareza de los sueños, no era el cristianismo de la época de Voltaire, como no lo era el del Santo Oficio (la Inquisición).

Voltaire atacaba una teología definida, no a una teosofía. Podemos, ciertamente, imaginar la clase de preguntas que se le hubiera exigido, a uno a quien se le obligara a aceptar esa doctrina, como se hubieran buscado los motivos, para atraer las aspiraciones universales, sin las cuales, para haber vivido, la mayoría de la raza humana y, los motivos para hacer a las simpatías subjetivas, testigo y medida de la verdad, de definitivos acuerdos objetivos. Como se hubiera detenido a considerar la inteligibilidad, de un milagro tan abrumador, como la encarnación, para beneficio de un fragmento, tan infinitivamente pequeño, del género humano. Podemos imaginar todo esto y mucho más. Pero Voltaire nunca hubiera movido un dedo, para atacar un misticismo que no era agresivo y, que apenas puede ser más, que negativamente pernicioso.

Si cualquiera hubiera defendido, contra Voltaire, que las aspiraciones de una vida futura y, el anhelo hacia alguna señal, que la divinidad envía a sus criaturas, está movido por una tierna solicitud hacia ellas y, que igualmente los otros deseos espirituales, que se declaran ser instintivos en los hombres, constituyen una guía tan firme y, tan digna de confianza para la verdad, como la razón lógica, estemos seguiros de que él hubiera perdonado, lo que debe haber concebido, como una enervante abnegación de la inteligencia, por mor del curso de la vida humana, tan activamente perfecta, a que conduce esta clase de pietismo. Hubiera sentido cierto desprecio hacia ellos, pero hubiera sido un desprecio, tranquilo y silencioso.

No se conoce ningún caso, en el que Voltaire ridiculizase, a una clase de hombres que viviesen buenas vidas. No se burló nunca de los cuáqueros ingleses. El objeto de su ataque, era esa amalgama de sutilidades metafísicas, leyendas degradantes, falsos milagros y, estrecho y depravantes conceptos de la providencia divina, que fue el punto culminante de la posición ventajosa, de estos opresores eclesiásticos, a quien habitual y justamente, designaba como los enemigos de la raza humana. El mal y el bien, la antigua pureza y, las superabundantes corrupciones, estaban todo tan inextricablemente ligados al catolicismo del siglo XVII, que era imposible dar un golpe a uno, sin el riesgo de hacer daño al otro. El método era desesperado, pero el enemigo era una verdadera Quimera, un monstruo herido en la oscura corrupción, para quien no habría términos con qué designarlo, en el corazón del hombre.

Los papas, durante el periodo volteriano, excedieron el término medio en virtud e inteligencia, pero su poder estaba completamente oscurecido, por ese orden admirable, que había tomado toda efectiva supremacía espiritual, durante unos dos siglos. Ni era este orden, la única influencia retrógrada.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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