Realidades
- Escrito por Emilio Meseguer
- Publicado en Tribuna Libre
El otro día leyendo un cuentito del maestro Eduardo Galeano, comprendí lo que está ocurriendo aquí, en mi patria. Muy ufanos nos creemos con el poder absoluto de la realidad social, pero la realidad es poliédrica, al menos para nosotros.
Los antiguos griegos denominaban idiotes, a las personas que no se preocupaban de los asuntos públicos, sino de los privados. Actualmente, leo una noticia lanzada desde la Universidad de Harvard, en la que han visto que las personas que tienen menos desarrollado el “idio”, lo propio, y activan su realidad en la vertiente más social, son más felices.
Algunos nos comportamos con los seres que nos rodean con una prepotencia propia de conquistadores, a pesar de los años transcurridos desde la perdida de las últimas tierras en el imperio donde nunca se ponía el sol.
De un lado exigimos mano de obra low cost, que resuelva los problemas de puestos de trabajo sin cubrir, de otro anulamos todo vestigio de nuestra reciente historia. Es decir, los empresarios ofrecen sueldos obsoletos y las comunidades nulo conocimiento a cerca del país o región al que van a trabajar los recién llegados como mano de obra barata. Encima, para más inri, pretendemos que ellos, los que vienen de otras tierras, con otras realidades socioculturales, entiendan las nuestras y voten lo que nosotros consideramos progreso. Perdón, ellos, cuando llegan y trabajan ya han progresado, tardarán años en entender nuestro concepto histórico de progreso. Cuando hablamos del empeoramiento del Estado de Bienestar, a los migrantes les suena a cuchufleta. Ellos proceden, en su mayoría, de un lugar donde no se conoce el significado de esa palabra y lo que ello conlleva.
Recientemente hemos leído que un migrante fue atropellado y atendido en el servicio de Urgencias de un hospital, aquello le pareció fabuloso y escribió que España tenía la mejor sanidad del mundo, que los impuestos iban a parar a la mejora de las personas, pero eso no es lo normal. Cuando hablamos de sanidad pública a una familia migrante que el marido trabaja cuidando jardines, la mujer lleva un bar y los hijos estudian en un instituto, aprendieron desde que llegaron a esta España que intenta perder la memoria histórica en su más amplio sentido que, para evitar enfermar y perder el sueldo, debían tener sanidad privada, como en su país de origen. Allí no podían, pero el bar les da lo suficiente para conseguir eso, el alquiler de un piso en un distrito de alto poder adquisitivo en la capital, aunque los hijos quieran seguir estudiando en Torrejón, dicen que allí tienen sus amigos y no les llaman “misquitos, guanchiches”, o lindezas parecidas. Su realidad es otra muy distinta a la nuestra, ellos llegaron de un lugar donde no tenían nada y aquí, con esfuerzo, han conseguido cosas buenas. Entonces, ¿a qué cambiar de gobernantes?, se preguntan. Si les explicas que antes de que ellos llegaran hace diez años, los médicos de la sanidad pública, recibían en el día, diagnosticaban y trataban en los primeros pródromos de la enfermedad a los pacientes, les suena extraño, ellos no tienen memoria de lo que no les ocurrió nunca. Solo saben que allí, en su tierra no tenían nada y aquí, con esfuerzo, consiguen lo impensable diez años atrás.
Son realidades distintas, nadie les ha explicado de donde venimos los unos y la necesidad de que el Sistema Público de Salud, vuelva a ser así en beneficio de todos. Nadie les ha explicado que el “idio”, con el tiempo te quita derechos.
Es curioso lo de las realidades cruzadas; los unos no quiere que los migrantes vengan porque van a alterar nuestro españolimo, nuestro patriotismo y nuestro destino en lo universal, en cambio, son ellos, los migrantes, los que propician que sus tesis de eliminar lo público triunfen y les permitan aposentarse en las poltronas de la política, dando paso a neuróticos negacionistas, infra pedagógos anti feministas, gestores aculturales y mentirosos patológicos ultramontanos.
Aquellas máximas xenófobas por las que triunfan en las urnas, son por causa de los votos de quienes tanto les molestan. En buena parte ellos os brindan el poder, y como siempre, acompañados por las máximas de las curias, en este caso las Evangélicas y no la Católica, Apostólica y Romana. Esa es la nueva realidad cruzada.
Es cierto que algunos europeos tienen otro espíritu relacionado con las curias, aquellos que tienen casa de veraneo aquí, que viven en invierno al calor ibérico y luego, en verano vuelven a su hogar o no, pero ellos saben, entienden y manifiestan que este no es su hogar y, por tanto, si tienen que votar, votan por pagar pocos impuestos, la sociedad española les trae al pairo, solo desean sol, birras y tranquilidad.
Otros migrantes, a modo de los españoles que emigraron a Suiza o Alemania, vienen a lo que vienen, a lo mismo que nuestros padres cuando fueron a esas tierras; ahorrar para poder comprar un piso en su país lo antes posible; las políticas de proximidad, el que exista más o menos olor a cultura y a derechos les dan igual. Su objetivo, como los migrantes procedentes de los países balcánicos, es poder ahorrar unos euros e irlos invirtiendo en su país, así en diez o quince años, lograrán tener uno o dos pisos y un local, dejar su trabajo aquí, regresar a su cultura, a su realidad y con el tiempo cobrar su pensión española.
Por último están los que sienten otra realidad, la que procede del sistema político que dejaron atrás. El solo escuchar: chavista, bolivariano, castrismo o comunismo, les hace recordar de donde vienen y volver a esa vida les da un vuelco el corazón y la falta de experiencia en cuanto a un sistema de mejoras sociales y desarrollo de derechos civiles al que algunos se empeñan en llamarlos: comunismo castrismo, bolivarianismo y chavismo, y no la mejora del Estado de Bienestar. Entre tanto “ismo”, nadie les recuerda a Batista, Pinochet o Somoza, y otros oportunistas dictadores.
Es curioso, siempre el “coco”, el miedo, les hace proclives a votar en contra de ese ayer indeseado por distintas causas; unas por represión y censura, otras por el peligro para sus tierras y cuentas corrientes. Al final, por latifundios o minifundios, el problema es que desconocen la nueva realidad social del país en el que residen, y el miedo o el egoísmo: el “idio”, les hace votar en sentido contrario a su mejora social y reman contra corriente.
Podemos echar la culpa a la mercadotecnia política, esa que no da respiro a nadie con máximas sin sentido e introduciendo el factor “coco” en la mente de todos.
Si pensamos un poco vemos que en la actualidad se va a vota el desconocimiento. Se desconocen las políticas que van a poner en marcha la oposición, no lo dicen, solo conocemos las que hicieron los otros, y se invierte la cuestión, ya no se sigue el dicho: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, ahora se extiende la teoría del odio al adversario y el clásico: “Soy del Betis, manque pierda”. Aunque impida el desarrollo del común Estado de Bienestar, el suyo, el de los suyos y el de su entorno. Se vota el “Todos al hoyo”. Interesante, aunque pernicioso.
Nadie se ha preocupado de explicar la realidad de los partidos, sin miedos ni promesas, solamente con la balanza de los derechos civiles que articulan y promueven.
Quizá ese sería el paso que todas las realidades deberían, deberíamos dar en pro de los valores deseados para la sociedad en la que viven y vivimos, y es de suponer, al menos en parte y por un tiempo, se deben integrar en ella, con el sano fin de la mejora social. Caso contrario crearemos guetos, unos de conciencia, otros sociales, económicos, culturales… Y al final sobraremos todos. Debemos desarrollar la empatía. Hagamos caso al filósofo italiano Pietro Ubaldi, que decía: Cooperar es mejor que competir.
Emilio Meseguer
Ergónomo PhD. Profesor del Master Prevención de Riesgos Laborales en Suffolk University Campus Madrid. Sindicalista. Dramaturgo y Escritor. Vicepresidente del Colectivo de Artistas Liberalia. Guionista y conductor de los programas de radio: Mayores con reparos, Salud y Resistencia y El Llavero.