Europa debe arbitrar, no beligerar
No hay nada más difícil de cambiar voluntariamente que las convicciones propias. En demasiadas ocasiones, ese cambio no se sustancia nunca y la vida, incambiada, concluye sin que se decida emprender su transformación. Pero la mutación es posible. Este breve introito puede servirnos para explicar la hasta ahora inexplicada actitud de la cúpula de la Unión Europea hoy y de distintos Gobiernos del continente, ayer, objetivamente comprometidos en justificar las evidentes, reiteradas y documentalmente probadas transgresiones de los Derechos Humanos perpetradas por sucesivos Gobiernos de Israel desde hace tres cuartos de siglo. Y ello, pese a que fue la Declaración Universal de 1948 la que se convirtió en emblema universal de europeidad y timbre de honor de los valores continentales. En demasiadas ocasiones, sin embargo, las residuales ínfulas imperiales britano-francesas, mimetizadas con la también imperial doctrina estadounidense del Destino Manifiesto, degradaron aquel bello código moral, social y político de 30 artículos preclaros, gestado originariamente al calor emancipatorio de la Revolución Francesa. En nuestro tiempo, sin embargo, hubo quienes se propusieron imponer a otros pueblos los Derechos Humanos a cañonazo limpio. Pregunten por ello a los pueblos suramericanos y africanos.
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