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Cuando tiembla el gigante…


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

El gran enigma de nuestro tiempo, a descifrar hoy, es saber qué pasará mañana en Estados Unidos, la superpotencia mundial por antonomasia. Todo pinta muy mal allí. O muy bien, según aquellos que piensan que las crisis son oportunidades. La escisión profunda de la sociedad estadounidense entre el Norte industrial y el Sur rural, entre los millonarios propietarios de rascacielos y los albañiles que los levantan, entre la población afroamericana y la caucásica, tiene raíces históricas. Sirva como ejemplo: la rehabilitación del general sureño Robert. E. Lee, comandante militar de la Confederación esclavista en la Guerra de Secesión (1861-65), no se produjo hasta los años 70 del siglo XX: más de un siglo para remontar simbólicamente la herida de tan crudelísima guerra civil.

Pero hoy, aquella escisión tiene rasgos nuevos que, en la escena, adopta muecas inquietantes, por sus posibles repercusiones dentro y fuera del gran país trasatlántico. Se percibe allí un profundo malestar, consecuencia de la flagrante desigualdad entre blancos y negros, trabajadores y empresas, guionistas y productores, políticos y votantes, militares y civiles, poderosos y desheredados… 47 millones de estadounidenses necesitan recibir bonos estatales diarios para poder comer, en el país que pasa por ser el más rico del Planeta. La población afroamericana, cada cierto tiempo, se echa a las calles por el trato policial que acostumbra recibir. Cien cárteles de la droga operan en el interior del país. Las armas de fuego son de acceso público. Cada quince días, una matanza de personas indefensas, a veces niños, ensangrienta los institutos o los supermercados del país. Hoy, hasta el sacrosanto aparato ideológico de Hollywood, el gran altavoz que legitimaba las delicias del american way of life, con su apología persistente del dinero y de las armas, afronta una huelga de proporciones inusitadas, al tiempo que el mundo del automóvil rechina con una insólita tensión reivindicativa, tras décadas de somnolienta quietud sindical. Son solo ejemplos de las disfunciones allí registradas. Cabe preguntarse qué es lo que está pasando.

Lo evidente es que las brechas económicas y sociales, morales pues, se acentúan a diario en la arena estadounidense. Ahora resulta que la reducción del desempleo incomoda hondamente a Wall Street. Como se ve, la crisis perfora transversalmente a la sociedad norteamericana. Todo parece indicar que el capitalismo industrial se ha hartado y abomina del capitalismo financiero, al que cada vez le interesa menos la democracia con tal de que las instituciones federales no regulen sus actividades especulativas. Empero, el capitalismo de Sillicon Valley, el tecnológico, va por libre y pide a gritos atajar a China como sea (…), pues prevé el preludio de su decadencia si Estados Unidos pierde también esta otra esta carrera, como se demostró, por ejemplo en la escena militar con la ocupación militar de Afganistán y la ulterior y ominosa retirada para dejar el poder en manos de los talibanes.

El reflejo de ello en la política estadounidense viene determinado por el propósito del poderoso Partido Republicano de silenciar todo ese malestar descrito aupando hasta su cúspide a un individuo, Donald Trump, al que ahora no se ve capaz de controlar. Se trata de un personaje que embiste frontalmente contra un sistema del que dice abominar, pero que su propia conducta individual –la de un millonario caprichoso, mediático y disfórico– contribuyó y contribuye a apuntalar con su ejemplo hasta extremos insospechados. Hasta hoy, un año antes de las elecciones presidenciales de 2024, ningún candidato republicano puede hacer sombra al neoyorkino del tupé rubio que quiso ser marine pero su familia decidió empotrar en el mundo inmobiliario, construyendo rascacielos por doquier y haciendo –y perdiendo– dinero a espuertas. Eso sí, con programa de televisión propio y devenido en estrella mediática sin parangón.

Como contraparte, el Partido Demócrata presenta un candidato, Joe Biden, en fase previa de senectud –se le ha visto saludar en ocasiones a una cortina– con supuestas complicaciones corruptas en su entorno familiar, desasistido por una vicepresidenta, Kamala Harris, que no aparece y con unas Cámaras parlamentarias, de difíciles aritméticas, sumidas en un turbión de descalificaciones e insidias. Mientras, el poder judicial, que carece siquiera de un código ético entre sus miembros para impedir que se corrompan, se las ve y se las desea para averiguar cómo salir del avispero de una muy posible impugnación de un candidato presidencial y ex presidente, re-imputado judicialmente, como Donald Trump; y ello pues, si resultara reelecto presidente y prosperan las sentencias para llevarle a prisión, no podría dormir a la Casa Blanca.

Enanos geopolíticos

Desgraciadamente, los problemas interiores de los Estados Unidos de América –que hoy son de enorme gravedad, frisando la confrontación civil, como vimos el 6 de enero de 2021 en el asalto al Capitolio de Washington muy presumiblemente alentado por Trump–, suelen tener una traducción en la escena mundial. Cuando los gigantes geopolíticos se tambalean, si caen, el suelo retiembla de manera ensordecedora. Y lo que entonces conviene hacer es alejarse cuanto antes de su cercanía, para que su corpachón no caiga sobre quienes le circundan, incluidos algunos euro-enanos geopolíticos voluntarios que gozan y se lucran de oficiar de palmeros suyos.

Estados Unidos ha dado muestras de querer dejar de financiar la denominada y costosa defensa europea. Por ello, no es mal momento para plantear la autonomía estratégica de Europa. Por tres razones. Primera, porque Europa tiene entidad propia para definir sus prioridades. Y éstas, no necesariamente consisten en enfrentarnos militarmente a Rusia, llevándole a sus fronteras ucranianas la OTAN y sus misiles, como los mentores industrial-militares estadounidenses y británicos de la guerra de Ucrania se propusieron conseguir, con éxito en casi todo el Este europeo, gracias a la inexplicable aquiescencia franco-alemana de la que cada vez París y Berlín se sienten cada vez más arrepentidos.

Esa actitud de cerco, percibida por Moscú como una amenaza existencial, ha sacado a Rusia de sus casillas y los efectos recaen ahora sobre todo el continente, con una crisis galopante, inflación incluida, que pone en riesgo, por ejemplo, los avances salariales aquí conseguidos durante el Gobierno de coalición. Segunda razón, porque la llamada alianza euroatlántica, solo podrá mantenerse en términos de paridad y de respeto hacia la eurosoberanía, no de imposiciones y trágalas made in Washington, impropios de nuestro tiempo. ¿Qué es eso de volar con explosivos, por parte de supuestos aliados, el gaseoducto Nord Stream 2, voladura que ha puesto en jaque a la industria alemana y ha metido en recesión a su economía? ¿Son aliados fiables quienes ejecutan o promueven tales acciones o, sin ir más lejos, indisponen a España y Marruecos jugando al poli bueno poli malo del Estrecho de Gibraltar? Y tercera razón, los Estados Unidos han salido adelante tras numerosas otras crisis interiores y su declive no tiene por qué implicar su aniquilamiento, pese a los reiterados esfuerzos de conseguirlo por parte de políticos irresponsables o ineptos.

Asunto interno

La crisis que hoy sufre Estados Unidos es un asunto interno. Eso es lo mismo que dijo el Secretario de Estado, general de cuatro estrellas Alexander Haig, cuando se le preguntó sobre qué opinaba del intento de golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981 en Madrid, secuestrado a punta de pistola como lo estaba el corazón de la soberanía del pueblo español, el Congreso de los Diputados. Así que, respetemos el carácter interno de esa crisis estadounidense. Pero advirtamos a los amigos que queden allí que los intentos de sustanciar y distraer la crisis interna estadounidense en nuevas guerras en el exterior, como la que se prefigura desde allí ahora contra China, no van a contar con el apoyo de la Europa más sensata, la del mundo del Trabajo y de la Cultura.

Hagamos votos para el pueblo estadounidense pueda salir, sin sufrimiento, de este largo túnel donde ha sido adentrado por una serie de inepcias, irresponsabilidades y errores, que deben ser erradicados de su política y de su economía cuanto antes. La autocrítica y la reflexión entre sus élites políticas sobre la deslegitimación y el desprestigio adquirido ante el mundo por lo hecho mediante la punitiva política exterior de Washington, Hiroshima, Vietnam, Yugoslavia, Afganistán, Irak, Siria, Libia, Yemen…, pueden ser dos de las vías de acceso a la boca de salida del túnel. Otra política exterior estadounidense es posible. Hay allí recursos e inteligencia para hacerla viable. Confiemos en su reencuentro con la democracia que en su día los Estados Unidos de América defendieron bravamente en Europa contra el nazifascismo (aunque se olvidaron de incluir a Franco y su dictadura en la tríada siniestra).

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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