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El dilema de la unidad de la izquierda


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¿Por qué las izquierdas no se unen? Es la pregunta que hoy los demócratas de verdad se plantean con más intensidad. La unidad política intramuros de las izquierdas suele ser un ideal hoy difícilmente alcanzable. Y ello porque la diversidad y la pluralidad ideológicas forman parte del código genético de la izquierda. La izquierda mundial comparece hoy en la escena política escarmentada de las tendencias autocráticas que en su día se vio forzada a adquirir. Las adquirió por entender que tal era la única forma eficaz de enfrentarse a la demoledora avalancha de presiones militares, políticas y diplomáticas procedentes, desde mediados del siglo XIX, de una cohorte de derechas reaccionarias, coloniales e imperiales, inquietas por el auge emancipador de las revoluciones populares y socialistas.

Las derechas reaccionarias se mostraban fuertemente unidas por un impulso totalitario, encaminado a acabar con todo tipo de reivindicación democrática, obrera y social procedente de la izquierda y de las clases mayoritarias a las que el socialismo representa. Conviene recordar que casi una veintena de ejércitos extranjeros se adentraron en Rusia en los albores de la Revolución de Octubre con el propósito de yugularla militarmente, cosa que no consiguieron. Otro tanto han hecho con todos y cada uno de los procesos revolucionarios registrados en el mundo.

Desgraciadamente, el ininterrumpido hostigamiento y el incesante acoso desplegado por las potencias imperiales capitalistas consiguió forzar a los dirigentes revolucionarios a mantener un estado de excepción permanente, como brillantemente teorizó el pensador italiano Domenico Lossurdo, hostigamiento y cerco armado que les imposibilitaba poder actuar con naturalidad para edificar las sociedades nuevas. Cierto es que aquella excepcionalidad, impuesta, daría paso a una serie de exacciones, incluso criminales, bien conocidas a través de la propaganda de las potencias occidentales, coloniales e imperiales, que las aventaron a los cuatro vientos sin explicar las causas que determinaron aquellas inadmisibles derivas, de las cuales esas potencias eran señaladamente inductoras y corresponsables.

La actual sacralización de la diversidad y de la pluralidad puertas adentro de las izquierdas obedece al deseo de huir de aquellas derivas. Y lo hacen abordando autocríticamente aquel indeseado pasado y erradicando de sus programas políticos cualquier vestigio autoritario, cualquier cierre de filas percibido siempre como sospechoso.

No obstante, una concepción demasiado mecánica de la pluralidad y de la propia identidad suele guiar a las izquierdas al fracaso político en clave electoral. Y ello porque la fragmentación y la dispersión acostumbran ser los resultados de aquella divergencia. La polémica entre doctrinarios y pragmáticos preside esta fronda: el pragmatismo exacerbado o el doctrinarismo más dogmático son los dos extremos de una ecuación tan difícil de sortear. ¿Qué hacer, pues, para eludir la derrota sin caer en peligrosos cierres de filas percibidos como antesalas de actitudes autocráticas? La respuesta viene de la mano de la reflexión. No conviene escandalizarse porque en el seno de un Gobierno de coalición persistan propuestas ideológicas diferentes. Esa diversidad no solo es necesaria, sino también saludable. Denota pulso, nervio y espíritu crítico. No solo determina un mayor grado de libertad en el pensar y de complementación política, sino que demuestra una mayor dosis de eticidad de las izquierdas respecto de esas derechas con tendencias monolíticas que acaban devorándose unas a las otras en su carrera por quien va más lejos en privilegiar, deshonestamente, a las minorías poderosas y ricas.

El antídoto de la fragmentación en el interior de las distintas izquierdas se encuentra en la unidad de acción. La política es transacción, acuerdo, cesión y consenso, sobre todo intramuros de la izquierda. Quien no admita este axioma o no sabe qué es la política o, sin saberlo, se está dedicando a otra cosa.

¿Es posible una eficaz unidad de acción ante los cruciales procesos electorales que España afronta a partir de ahora? Si. Es posible. ¿Cómo? Con programas amplios pactados preelectoralmente entre distintas fuerzas de izquierda, que conservan su identidad ideológica y que se avienen a suscribirlos una vez debatidos y deliberados. Y, sobre todo, desplegando una pedagogía pública, antes y después, de lo que se hace y cómo y por qué se hace.

Tal es la lógica mediante la cual se puede conjurar ese pesimismo que acostumbra apoderarse de tantos demócratas en las vísperas de comparecencia en las urnas. Sigue habiendo gentes bienintencionadas que se preguntan a quién votar en las inminentes convocatorias electorales. Obras son amores y no buenas razones, reza el refrán. Compárese lo que hizo (¿) aquel Registrador de la Propiedad (privada) que pedía al tesorero y testigo-pararrayos de la corrupción, Bárcenas “resiste, Luis” y lo que quienes desde el Gobierno coaligado han hecho por la defensa de la sociedad frente a la pandemia; por las gestiones ante Bruselas para conseguir generosos fondos europeos absolutamente necesarios para domeñarla; por el aumento del salario mínimo; por la defensa de los derechos de los trabajadores; por la igualdad en clave feminista; por el respeto a los funcionarios… y ello promulgando más de 200 leyes de contenido social.

Votantes indecisos, por favor, espabilen. Si su opción electoral no les ha quedado clara, no dejan otra que admitir que el embrutecimiento y la manipulación de una parte de la opinión pública a través de una batería de medios de información vergonzosamente amorales, siguen siendo capaces de mantener o generar bolsas de idiocia entre quienes se niegan a averiguar quién defiende sus propios intereses y se empecinan en votar a quienes les castigan y menosprecian.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.