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Cambio en la Casa del Rey


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Los cambios en la Casa del Rey adquieren, per se, dimensión tectónica, estructural, en la urdimbre del Estado.

Asistimos en la denominada real casa al relevo de Jaime Alfonsín Alfonso, lucense, hacendista, de 67 años, treinta de ellos al servicio de Felipe VI, sustituido por el diplomático maño Camilo Villarino. El nuevo responsable dela Casa del Rey, zaragozano de 57 años, dos más que el monarca, cuenta con amplia experiencia como destacado en las misiones diplomáticas de Zagreb, Rabat y Washington. Ha sido, además, jefe de Gabinete de dos ministros de Exteriores del PP y del PSOE, Alfonso Dastis y Arantxa González Laya, respectivamente. Hasta anteayer, Villarino se ha desempeñado como mano derecha del socialista Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior. Además, es capitán de complemento adscrito a la prestigiosa Unidad Militar de Emergencias, con la que colabora durante los veranos.

Está muy bien que el jefe del Estado se pertreche con consejeros áulicos dotados de semejante currículum vitae; pero CV, como ya se designa a Camilo Villarino, ha de saber, como seguramente sabe, que en la tarea que le espera como primer y más visible consejero áulico de Felipe VI, la absoluta lealtad, la enfermiza discreción y la sempiterna prudencia, cuando no la tensión, la amargura, el estrés, la contención, el permanente comedimiento y, tal vez, la incomprensión, serán para él el pan nuestro de cada día. Y ello porque deberá aconsejar al Rey sobre lo que en cada momento su consejero cree no solo lo que hay que hacer, sino, sobre todo, lo que conviene hacer para impedir que la Corona, como institución estatal, acierte y no marre, ni yerre ni se equivoque más de lo humanamente permisible, navegando a través de las turbulentas aguas de una escena política tan especial como la española.

El guion aquí descrito de futuros y posibles padecimientos que aguardan al primer y más visible consejero áulico del Rey, en su dramaticidad, obedece que deberá tener en cuenta que tales aguas se pueden convertir en cada momento en un mar tenebroso, de rizado oleaje, por el que la política de este país suele discurrir siempre que la derecha se encuentra en la oposición, como es el caso. Mientras para la izquierda real, lo importante es la democracia y hacer cosas aceptables para la mayoría social, para la actual cúpula de la derecha, lo vital es rescatar el poder. Y ese dilema, cada vez más hondo, entenebrece la política española mediante una polarización cebada, además, por de la incultura política vigente; por autocráticos caprichos judiciales; por el descompromiso de las élites financieras con la democracia y por la generalizada ausencia de profesionalidad en la gestión política, señaladamente, la concerniente a la dirigencia política de la derecha extrema y la extrema derecha. En la izquierda, las cosas van por otros derroteros, signados por las dificultades que entraña gobernar en coalición ideológicamente plural, tras décadas de bipartidismo absoluto. Adanismo y voluntarismo son las enfermedades infantiles de una parte de la izquierda emergente bien que, contradictoriamente, algunas de sus demandas más meditadas, añaden contenido social evidente a la acción del Gobierno coaligado.

A juicio de este cronista, ambas derechas se muestran incapaces de entender lo que es un Estado complejo como el nuestro, lo que es una democracia y lo que es una sociedad plural y en expansión como la española. Creen que Madrid es toda España pero España es bastante más que Madrid. No hay síntomas de sensatez en la cúpula de esas formaciones políticas, lo cual les lleva a negar cualquier tipo de compromiso para solventar los problemas que afronta el país. La coyuntura política española se desenvuelve hoy en torno a que una parte importante de la clase política y la opinión pública derivada de la opinión publicada, la única a la que el votante tiene acceso, se muestran incapaces o intencionadamente incapacitadas para entender que la cohesión estatal en España solo cabe mantenerla a costa de hacer política, trenzar pactos, conseguir acuerdos, adoptar cesiones, lograr consensos… como única manera de contener su erosión.

Hay varios millones de catalanes, vascos y gallegos que se perciben a sí mismos heridos de distinta forma por el trato que dicen haber recibido actual e históricamente desde Madrid. Hoy, precisamente, en Madrid, hay algunos personajes y personajillos políticos de medio pelo que alardean altaneramente de incordiarles, cebando la chulería arrogante que desde la periferia tanto y tan injustamente se ha atribuido a los madrileños. Pero, a la mayor parte de los españoles de todas las regiones, los madrileños incluidos, les encantaría que sus representantes políticos persuadieran, por procedimientos democráticos a quienes se enriscan en inviables anhelos de independencia, que la unión nos hace fuertes a todos. Que todos salimos ganando con ella. Y que medidas de gracia como la amnistía van dirigidas en ese sentido, no en el que los excluidos del Gobierno por su impericia quieren rabiosamente imponer. Solo mediante la política es posible diluir esa compacta dolencia y esos complejos de exclusión que perciben muchos nacionalistas, que tanto daño les hace y nos hace a todos.

Siguiendo en la línea de los arbitristas, aquellos edecanes que, como Diego Ortúñez, Francisco de Quevedo o Baltasar Gracián se proponían, mediante espejos de Príncipes u obras similares, trazar a los monarcas las pautas de la gobernación, los consejeros áulicos tanto en la actualidad como entonces, han de saber que su tarea es altamente arriesgada. Los errores se pagan a un alto precio. Que se lo digan a otros consejeros áulicos de la Corona española, como Alfonso Armada Comín, enredado en un golpismo aún indescifrado; o a Sabino Fernández Campo, defenestrado por llamar la atención al hoy Rey emérito por una conducta que, como consejero áulico, se vio obligado a plantearle en aras al decoro político; o a Rafael Spottorno, sometido a los padecimientos aúlicos propios de su cargo antes descritos, a la postre implicado en el caso de las tarjetas black. No digamos nada de consejeros también áulicos pero de otra naturaleza, concretamente algunos responsables de servicios de Inteligencia, como Félix Sanz Roldán que, quizá por mimetismo con lo que sucede en Estados Unidos donde los servicios secretos dan escolta personal al Presidente, se convirtieron aquí en celadores y guardianes de la conducta privada de Juan Carlos de Borbón.

En lo inmediato, ¿qué debe aconsejar un consejero áulico al jefe del Estado cuando, por ejemplo, un juez, cuatro años después de una manifestación no autorizada, trata de acusar de terrorismo a un dirigente político nacionalista que preconiza la celebración de un referéndum de autodeterminación sobre el futuro de Cataluña y en ese preciso momento sobre el tapete se halla planteado por el Gobierno el tema de la amnistía concebida como medida política facilitadora de la acción de Gobierno mediante pactos distensionadores? Este es el tipo de enredo en el cual se desenvuelve el día a día del jefe de la Casa del Rey.

En la situación internacional, ¿deberá quizá el consejero sugerir que su aconsejado mantenga un rictus inescrutablemente serio, incluso desdeñoso, cuando sea fotografiado junto al presidente del Gobierno de España, alanceado, insultado y linchado por una vociferante oposición, mientras le indica que prodigue una abiertísima y cordial sonrisa a un presidente suramericano, que comparecía en sus mítines electorales con una motosierra con la que se proponía desmontar el Estado argentino? Todo ello habrá de aconsejarse teniendo en cuenta que la Corona tiene, por ley, restringido todo tipo de acción ejecutiva salvo en situaciones excepcionales. Hoy, por ejemplo, resulta excepcional que asistamos en directo a un genocidio infanticida en Palestina, lo cual podría llevar al consejero áulico a sugerir a su aconsejado un gesto de simpatía hacia la infancia palestina y de rechazo a quienes la están aniquilando. Es solo un suponer.

Comoquiera que los consejeros áulicos manejan, como guía, la sinuosa razón de Estado, es decir, aquel compendio de realidades que garantizan la continuidad estatal en el espacio y en el tiempo histórico, por un simple error, que desde su áulica atalaya nunca es pequeño, pueden convertirse en altamente fusibles, ya que saltan cuando la corriente eléctrica que recorre la acción estatal se intensifica de manera desproporcionada. Y esta alta tensión, dada la incultura política tan al uso en la política española, resulta ser demasiado frecuente.

Cabe ver pues que la tarea de, Camilo Villarino, CV, es de alto riesgo. Menos mal que, como capitán de la Unidad Militar de Emergencias, está acostumbrado a asumir tareas semejantes. Se le desea toda la suerte en su nuevo cometido. Y, ya puestos, permítasenos la licencia de sugerirle que, a su vez, sugiera a Felipe VI que renuncie al privilegio, sellado por la Constitución, que le sitúa por encima de las leyes, precepto que altera el principio de igualdad constitucional vigente para todos los demás españoles. Tal invulnerabilidad, como sabemos, facilitó la errática conducta del Rey emérito, que tanto daño ha causado a la institución que hoy preside su hijo y, por extensión, al país entero. Ojalá tal sugerencia le sea atendida.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.