EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
¿Quién está detrás del hongo introducido ilegalmente hace 40 años para combatir las zarzas australianas?
Melanie Hobson/Shutterstock

Durante el verano austral de 1983-1984, se introdujo en Australia un hongo llamado Phragmidium violaceum. La introducción fue clandestina, deliberada e ilegal. Tenía un único objetivo: acabar con las zarzas.

Soy historiador, no detective. Mis investigaciones recientes sobre la introducción ilícita de violaceum (también conocido como «roya de la zarza») no identifican a ningún culpable. Sin embargo, arrojan luz sobre una de las infracciones de las normas de bioseguridad más importantes y misteriosas que ha conocido Australia en el último medio siglo.

Como tantos otros animales y plantas, la zarza fue introducida deliberadamente en Australia desde Gran Bretaña. Las primeras referencias se remontan a la década de 1840. Se apreciaba por la abundancia de sus jugosos frutos y por su utilidad para formar setos. Pocos herbívoros, aparte de los ciervos y las cabras de labios resistentes, pueden comer esta planta espinosa. Sin embargo, sus deliciosas moras son un manjar para todo tipo de animales, desde los zorros hasta los maluros.

Con la ayuda de los seres humanos y los animales, la zarza se propagó rápidamente. A finales de la década de 1880, empezaba a considerarse una mala hierba que planteaba graves problemas a la agricultura. Si nada frena su crecimiento, forma matorrales densos y espinosos, difíciles de convertir de nuevo en tierras agrícolas.

Cuando las autoridades empezaron a combatir su proliferación en la década de 1890, sus esfuerzos apenas surtieron efecto contra esta planta resistente. Pero los científicos especializados en agricultura estaban decididos a encontrar una solución, aunque para ello tuvieran que pasar décadas.

Mujeres recogiendo moras en Australia
La zarza se introdujo en Australia por sus frutos y para formar setos. En la imagen, mujeres y niñas recogen moras hacia 1896 en Mount Crawford, Australia Meridional. State Library of South Australia

De las polillas del cactus a la roya de la zarza

En el periodo de entreguerras, los científicos australianos encontraron una solución eficaz contra una planta invasora mucho más perjudicial: la chumbera, un cactus introducido que por entonces cubría vastas extensiones de pastos en Nueva Gales del Sur y Queensland.

A mediados de la década de 1920, el organismo federal encargado de combatir la chumbera introdujo la mariposa Cactoblastis, originaria de Argentina. Estas mariposas podían matar el cactus sin atacar a las especies autóctonas. En 1933, la revista Nature informaba de que se había «destruido» el 80 % de las chumberas que «infestaban» Queensland y entre el 50 y el 60 % de las presentes en Nueva Gales del Sur.

Cactoblastis es un ejemplo de control biológico: los seres humanos introducen un depredador, un parásito o un agente patógeno para erradicar un organismo nocivo. Es una forma de convertir la ecología en un arma al servicio de los objetivos humanos.

A partir de finales de la década de 1960, los científicos del instituto de investigación Keith Turnbull, en el estado de Victoria, empezaron a estudiar la roya de la zarza como agente de control biológico. Este hongo no mata las zarzas, pero ralentiza su crecimiento y reproducción.

La roya de la zarza es un hongo que frena la reproducción de las zarzas.

Fuente: CSIRO/Wikimedia, CC BY-NC-ND.

A principios de la década de 1980, el instituto envió a uno de sus mejores científicos, Eligio Bruzzese, a un laboratorio del CSIRO, el organismo australiano de investigación científica, en Francia, para probar el hongo. Sus experimentos parecían demostrar que la roya sería eficaz y que no amenazaría a las plantas consideradas más valiosas. Regresó a Australia a principios de 1983.

Pero el instituto nunca tuvo ocasión de propagar la roya. En febrero de 1984, el hongo violaceum fue descubierto inesperadamente en zarzas cerca de Yarram, en el sureste del estado de Victoria. En pocos días se detectaron otros casos de roya a más de 100 km de distancia, en zarzas que crecían en los montes Dandenong y en los suburbios orientales de Melbourne.

El periodista científico Graeme O’Neill escribió en The Bulletin que los indicios apuntaban a que:

alguien había viajado a Europa —probablemente a Francia— y había recogido unas cuantas hojas de zarza infectadas por la roya, las había traído de vuelta… y después había espolvoreado las esporas del hongo sobre las hojas de las zarzas […] Los agentes del Ministerio de Agricultura incluso habían localizado la primera planta y observado el espaciado regular entre las [demás plantas infectadas].

Si alguien hubiera sido procesado, se habría enfrentado a una multa de 100.000 dólares australianos (62.000 euros) o a cinco años de prisión. Este acto ilegal exponía, por tanto, a su autor a sanciones sorprendentemente severas.

Nada indica que Bruzzese estuviera implicado. En sus declaraciones públicas, el científico, frustrado, afirmaba que las cepas de violaceum que él habría querido introducir habrían sido mucho más eficaces.

Fotografía de un informe sobre el control biológico de la zarza
Los científicos estudiaban la roya de la zarza como método de control biológico, pero alguien se les adelantó y propagó el hongo. Simon Farley, CC BY-NC-ND

Ese mismo año, el Parlamento federal australiano aprobó leyes que facilitaban la investigación científica sobre el control biológico. Al defender el proyecto de ley, el ministro de Industrias Primarias, John Kerin, citó la introducción ilegal de violaceum como ejemplo de la necesidad de una regulación más transparente.

En 1991, las autoridades se resignaron a lo inevitable y empezaron a propagar otras cepas de roya de la zarza. A pesar de la controversia, el hongo solo tuvo un efecto limitado sobre las zarzas. Las autoridades siguen recurriendo a los herbicidas y a la eliminación manual.

¿Por qué hacer algo así?

Puede resultar difícil comprender cómo una planta tan común como la zarza pudo llevar a alguien a tales extremos. Desde luego, desde el punto de vista humano, la zarza puede ser una auténtica pesadilla. Incluso después de la propagación del hongo, sigue siendo una molestia para los agricultores. Figura en la lista de plantas invasoras de importancia nacional. En 2017, las autoridades estimaban que costaba a Australia más de 100 millones de dólares australianos al año (62 millones de euros), entre las pérdidas de producción y los gastos destinados a «controlarla».

Sin embargo, muchas especies, tanto introducidas como autóctonas, dan quebraderos de cabeza a los agricultores y a otros responsables de la gestión del territorio. No todas provocan reacciones tan radicales.

En 1984, las autoridades supusieron que el responsable era un agricultor descontento. Pero no hay nada seguro.

La zarza supone un problema para todo tipo de personas. Sus espinas son una molestia constante para senderistas, ciclistas y jinetes. Cuando prolifera, bloquea caminos y cursos de agua. También se considera una planta invasora perjudicial para el medioambiente, aunque proporciona una importante fuente de alimento y hábitat a animales autóctonos como los peramélidos.

En definitiva, pudo haber muchas razones que llevaran a alguien a actuar de ese modo.

Ver la zarza con otros ojos

A diferencia de muchas plantas invasoras, la zarza también tiene sus defensores. En las décadas de 1980 y 1990, los artículos dedicados a violaceum animaron a algunos australianos a expresar su apego a esta planta. La zarza ya no era solo una planta británica o europea. Muchos australianos tenían ahora sus propios recuerdos felices de recoger moras. La zarza lleva presente en Australia cerca de 200 años. Se ha naturalizado y, hasta cierto punto, su presencia se ha convertido en algo normal.

A menos que los científicos descubran un método de control biológico mucho más eficaz, probablemente la zarza ha llegado para quedarse. Eso significa que se perderán otros pastos valiosos y que los senderistas seguirán sufriendo desagradables arañazos. Pero también que los bandicuts de las ciudades dispondrán de más hábitats y que las personas más aventureras podrán disfrutar de más frutos deliciosos.

Puede que sus ventajas no compensen sus inconvenientes, pero, por ahora, probablemente tendremos que aprender a tolerar mejor la zarza allí donde sea posible.

Quizá este enigma nunca llegue a resolverse. Pero el caso de la roya de la zarza nos recuerda que las plantas invasoras —y nuestras reacciones ante ellas— pueden ser más complejas de lo que parecen.The Conversation

Simon Farley, profesor de Historia, The University of Melbourne

Este artículo se republica a partir de The Conversation bajo licencia Creative Commons. 

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