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Transcendencia de la Revolución Francesa (II)


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Típico sans-culotte. Cuadro de Louis Léopold Boilly (c. 1792) / Wikipedia Típico sans-culotte. Cuadro de Louis Léopold Boilly (c. 1792) / Wikipedia

Indudablemente fueron muchos e importantes, los cambios que la Revolución francesa introdujo en los campos del gobierno, las ideas políticas y los recuerdos. Sin embargo los historiadores “minimalistas”, argumentan que los elementos básicos de la vida cotidiana, permanecieron prácticamente invariables.

En primer lugar, la gran masa de la clase trabajadora en las ciudades y en el campo, continuó trabajando y subsistiendo del mismo modo, que lo había hecho antes de 1789. Tendrían que pasar varias décadas, antes de que una minoría substancial de asalariados, encontrara trabajo en grandes talleres mecanizados, como los que empezaban a florecer, en las nuevas ciudades industriales del norte de Inglaterra.

En segundo lugar, fueran cuales fueren los grandes proyectos de los jacobinos en 1793-1794, los desposeídos continuaron siendo una nutrida clase urbana y rural, a la que, en tiempos de crisis, se unían los jornaleros del campo y los obreros urbanos en paro.

Entre los primeros partidarios de la revolución, quizá la población obrera urbana, fue la que más sacrificó y la que menos ganó. Los “sans-culottes” de Paris, Marsella y otras ciudades, constituyeron la espina dorsal de la revolución, pero obtuvieron muy pocos beneficios tangibles. Pero no hay duda alguna, de que los momentos de poder popular y de esperanza, dejaron huellas indelebles, en la memoria colectiva de los descendientes de los “sans-culottes”, y en parte del campesinado. Aunque los descendientes de los radicales de la década de 1790, tuvieron que esperar mucho, antes de ver realizadas sus esperanzas: hasta 1848 para la aplicación definitiva del sufragio masculino (las mujeres tendrían que esperar hasta 1944); hasta 1864 para el derecho de huelga, y veinte años más, para el derecho a formar sindicatos; hasta la década de 1880 para una educación laica, obligatoria y gratuita; y hasta bien entrado el siglo XX, para la implantación de un impuesto sobre la renta, y disposiciones de bienestar social para los enfermos, los ancianos y los desempleados.

En tercer lugar, Francia siguió siendo una sociedad jerárquica y profundamente desigual, aunque en la nueva jerarquía, el mejor indicador de mérito personal, fuese la riqueza más que el apellido familiar. Además, en la nueva jerarquía basada en la riqueza, que dominaría el país a partir de 1799, la mayoría de los nobles del Antiguo Régimen, siguió ocupando puestos preeminentes. Queda claro que la Revolución, no fue un holocausto de la nobleza. Aquellos de los nobles, que esquivaron los problemas políticos, y conservaron intactas sus tierras durante la revolución, pudieron continuar desempeñando un papel económico y político preponderante, durante el siglo XIX.

Por último, los historiadores “minimalistas”, argumentan que el estatus inferior de la mujer, apenas experimentó cambio alguno, que, al contrario, se afianzó. Las mujeres habían sido siempre el eje de la frágil economía familiar y, como tal, dotaron a la Revolución de una extraordinaria fuerza y esperanza, durante los primeros años de la misma. Sin embargo, como mujeres, parece que obtuvieron muy pocos beneficios: sólo el derecho a heredar en términos de igualdad con sus hermanos varones, y de firmar contratos legales, si estaban solteras, sobrevivió al Imperio. Las leyes liberales de divorcio de 1792, utilizadas por unas treinta mil mujeres, fueron drásticamente recortadas y modificadas en 1804 por Napoleón y, finalmente, abolidas por completo en 1816. A pesar de las enérgicas campañas de feministas individuales, en los primeros años de la Revolución, de la repetida intervención de las mujeres trabajadoras, en las acciones colectivas de Paris, y su presencia en clubes y sociedades, la inmensa mayoría de los políticos de cualquier signo, se oponían firmemente, a conceder derechos políticos a las mujeres. Todos los políticos, desde los monárquicos hasta Napoleón, habrían estado de acuerdo con el jacobino Amar, del Comité de Seguridad General, que justificó la prohibición y disolución, de la organización de mujeres militantes, Ciudadanas Republicanas Revolucionarias, ante la Convención el 30 de octubre de 1793.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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