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Talleyrand. El Consulado. II


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Ni Austria ni Inglaterra contestaron a las cartas que les había enviado Talleyrand, ni siquiera dieron acuse de recibo. Pero en Francia gustó mucho el gesto de Napoleón, que reaccionó a la humillación como el guerrero que era. Los trataría como merecían. Apenas tuvo Francia en sus manos, el primer cónsul tuvo que reconvertirse en general. En París procuró tomar lecciones de Talleyrand, sobre el modo de comportarse en sociedad y, algo aprendió. Poco a poco los emigrados iban regresando a Francia, animados por el cambio de régimen y, muchos obtuvieron la devolución de sus propiedades y, un puesto en la nueva administración. Debe reconocerse el papel que representó la “bonne Josephine en esta etapa, pues muchos emigrados acudieron a ella para lograr una reconciliación. Por ello fue muy querida en Francia hasta su muerte.

En mayo de 1800 volvemos a encontrar a Napoleón montado en su corcel negro y cruzando el paso del San Bernardo, una vez camino de Italia. El ejército, pésimamente equipado para aquella primavera que se presentaba gélida, atacó a las fuerzas austriacas, que habían vuelto a controlar el territorio, mientras Napoleón perdía el tiempo en Egipto y, el 14 de junio, tras un combate azaroso, en el que la suerte cambió varias veces de bando, ganó la victoria decisiva de Marengo.

La reacción de Talleyrand a las victorias del cónsul, fua la de un perfecto hipócrita, la propia de un cortesano que trata de ganarse el favor de su amo de forma zalamera y servil. En sus numerosas cartas llegó a cumular expresiones del tipo: “No soporto de que pueda sufrir daño alguno, en primer lugar, porque lo quiero, pero también porque usted ha sido hecho para crear felicidad y no piedad”.

De hecho, tampoco hay que darles demasiada importancia a las cartas. Suponen una vuelta al estilo sentimental ancien régime previo a la Revolución, cuando se despedía en sus cartas a su amigo Choiseul en un tono florido muy semejante: “Adiós, te quiero y abrazo con todo mi corazón” y, también lo encontramos en su correspondencia con Mme de Staël. Desde sus primeros intercambios epistolares, había descubierto que a Napoleón le encantaba la adulación y, cuanto más azucarada, mejor. El corso se sentía profundamente halagado y, reconocía la habilidad de su hombre, tan serio y reservado por lo común, a la hora de “introducirse en su alma”, a lo cual no era ajeno el hecho de que el halagador fuera un aristócrata de rancio abolengo y él, un parvenu con suerte.

Pues eso.

(Continuará.)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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