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László Almásy


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

“Zarzura”, la prodigiosa “ciudad de cobre” de la que se habla en “Las mil y una noches”, la misteriosa villa, blanca como una paloma, citada en el “Kitab al Durr al Makmuz” – el “Libro de las perlas enterradas”, uno de los manuales para buscadores de tesoros, tan frecuentes en la Edad Media – fue una realidad tangible, ¿o pertenece sólo al universo de las leyendas? Para algunos se trataba, tal vez, de un gran oasis, lujuriante de verdor; para otros, de una poderosa metrópoli, colmada de riquezas. Pero ¿existió realmente, o no es más que una fantasía, prolongada por siglos, en la memoria de las imaginativas gentes del desierto?

El húngaro László Almásy, que fue quien más la buscó, allá por los años 30 del pasado siglo, creía que, en la abundante literatura árabe sobre cuentos, mitos y fábulas, había un incuestionable fondo de verdad. Y no sólo eso. Después de sus largas pesquisas, desafiando las atroces inmensidades del desierto de Libia, del que únicamente una parte – y ni siquiera la mayor – se halla situada en el país del mismo nombre, estaba convencido de haber encontrado el legendario lugar. Quien quiera confirmar esta certeza suya, no tiene más que leer el epitafio de su sepultura, en la ciudad austriaca de Salzburgo: “Piloto, explorador del Sahara y, descubridor del oasis de Zarzura”. No hace tanto, su figura fue puesta de actualidad, por la película “El paciente inglés” de Anthony Minghella, aunque el Almásy interpretado por Ralph Finnes, se aparta bastante de la realidad del personaje (que no era inglés, sino húngaro) y de lo que le aconteció.

El desierto de Libia, que abarca un respetable sector del Sahara, figura entre los últimos lugares del planeta, que han sido explorados. De hecho, conserva todavía hoy, espacios apenas conocidos. Nada de lo cual puede parecernos extraño, ya que sus condiciones ambientales, son por completo extremas. En el llamado Gran Mar de Arena, no llueve desde 1935. El manto arenoso de Selima mantiene tal sequedad, que resulta totalmente transparente, a las ondas de radar. La población de Azizia registró, el 13 de septiembre de 1922, el que sigue siendo el récord mundial de temperaturas máximas: 57ºC.

La conquista efectiva de este “desierto dentro del desierto”, se llevó a cabo entre 1910 y 1940, por obra y gracia de un puñado de hombres de distintas nacionalidades. László Almásy, que – aparte de “Zarzura” – reencontró la célebre Darb El Arbe’in (ruta de los Cuarenta Días) y localizó las pinturas rupestres de Ain Dua, fue, sin duda, el más grande de todos.

El propio Sahara empezó a existir para Europa, no hace mucho más de 200 años. Lo mismo puede decirse del resto de África, si exceptuamos sus costas. En la mitad norte del continente, el islam montaba guardia celosamente, desde comienzos del siglo VIII. Para los cristianos, este era un mundo cerrado y prohibido. Lo poco que sabían de su interior, de hallaba en algunos textos de la Antigüedad y, en los libros de los viajeros árabes medievales.

Hasta que, en los albores del siglo XIX – y ya con la civilización islámica en declive – la Asociación Africana de Londres, decidió que ya era tiempo de disipar tantas tinieblas y, envió a sus exploradores, a segur el rumbo del Sol, en el mayor desierto del Globo.

Lejos de la imagen típica y tópica – interminables y monótonas sucesiones de dunas, abrasadas por el Sol, que sólo representaban una mínima parte de su realidad – los desiertos son de una variedad extraordinaria (lo pude constatar en persona, cuando hace ya años, hice un trekking, por uno de ellos, el Erg Chebbi, en Marruecos en la frontera con Argelia). Aparentemente yermos, la vida se manifiesta en ellos, con una impensable diversidad de flora y fauna. Lo cual no obsta, para que sean considerados, los lugares más inhóspitos de la Tierra. También los más misteriosos y, a veces, los más malignos.

Pues eso.

(Continuará.)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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