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Capitán Richard F. Burton. El Gran Safari. VII


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Richard F. Burton pensaba y escribía, que las lenguas orales son en esencia, muy dadas a la fluctuación; al carecer de estándar, la misma raíz de las palabras se marchita y muere, mientras que muchos otros términos, frases hechas y expresiones más o menos coloquiales, caen de inmediato en el olvido. “El kisawahili – nos dice Burton – es a un tiempo una lengua rica y pobre… Tiene una gran abundancia de nombres de objetos sensuales; existe un término para cada árbol, cada matorral, cada planta, cada bulbo y cada brizna de hierba, y se me ha mostrado que a un simple coco se le llama de diversas formas en función de que antigüedad tenga… Abundan en vocales y en consonantes líquidas; la lengua admite una vasta volubilidad de pronunciaciones”. Por fin, tras no pocas discusiones y análisis, pudo afirmar que “el dialecto se aprende con facilidad… es una lengua perezosa que se adecua bien a este clima deprimente”.

Anota con placer aparente, probablemente al haber tenido alguna satisfacción erótica en este sentido, que “las pequeñas esclavas de Zanzíbar se afeitan completamente la cabeza, hasta que reluce como un coco bien pulido”.

Las investigaciones etnológicas y lingüísticas de Burton, así como su exploración de la ciudad de Zanzíbar, se vieron interrumpidas por la súbita decisión, de emprender lo que se llamó “una exploración tentativa”, para visitar al doctor Rebman, que, según confiaba, se uniría a ellos en la búsqueda de las fuentes del Nilo.

Burton encontró a un medio árabe llamado Said bin Salim el Lanki, que sería el guía y jefe de la caravana. Aunque se mofase del valor y la fortaleza de Said – “no es capaz de soportar el hambre y la sed, la fatiga o las ganas de dormir” – es evidente que a Burton le gustó Said y le nombró jefe de la sección nativa, cuando se aventuraron por el continente, ya que, a pesar de sus múltiples defectos, Burton consideró que Said “tenía también abundantes dones, pues era cortes, tenía buen humor y era en apariencia fiel, brillante excepción a la regla que predomina en esa raza de inconscientes”.

Había de ser aquel un viaje llevado a cabo en condiciones de verdadera penuria, debido a la escasez de financiación y provisiones. Pudieron permitirse un lujo de menor cuantía, contar con una embarcación de hierro que Burton Bautizó Louisa, dejando que sus futuros biógrafos, especularan porque no lo bautizó Isabel. El Louisa, una invención norteamericana, estaba hecho de hierro y constaba de siete piezas que se ensamblaban mediante tuercas y tornillos. Burton también había alquilado una “vieja embarcación árabe”, el Riami.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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