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Talleyrand. Las mujeres. IV


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

En cuanto Talleyrand puso por primera vez sus pies, en el salón de Adélaïde-Émilie de Flahaut, quedó atrapado. También él, especialista en deslumbrar en los salones, a quien el orden sagrado (ya era vicario general de la diócesis de Reims) y sus reconocidas aspiraciones en el campo de la política, hacían especialmente atractivo, deslumbró a la joven salonnière.

Además, en cuanto se supo que Charles-Maurice era un habitual del apartamento del Louvre, empezaron a hacer acto de presencia en él, personalidades de la vida política y económica del momento, como Calonne entre otros muchos. Aunque se suponía que Calonne compartía los favores de Adélaïde con el marqués de Montesquieu, cuando dos años más tarde la joven dio a luz, nadie tuvo la menor duda (empezando por sus progenitores) de que el niño era hijo del vicario de Reims.

Ninguna de sus conquistas (empezando por la madre de la criatura) veía nada malo en el hecho de tener descendencia de un clérigo. En la víspera de una revolución que iba a trastocarlo todo y, amenazaba con arruinarlas, las autoridades de la Iglesia francesa tenían muchísimas preocupaciones más acuciantes, que controlar el cumplimiento del celibato eclesiástico. Lo que más le encantaba a Talleyrand de aquel triunfo amoroso, era que ponía celosos a muchos, especialmente a un americano, el gobernador Morris, también enamoradísimo de Adélaïde. El hombre, cojo como el abbé a raíz de una caída de caballo y, por aquel tiempo, embajador de George Washington en París, se consolaba haciendo circular que, al decir de la joven madre, a la hora del amor físico, el reverendo resultaba más suave in modo que fortiter en re, en otras palabras: más mimoso que potente. La indiscreción, cierta o no, no disminuyó en caso alguno, la fascinación que Charles-Maurice siguió ejerciendo sobre el otro sexo, hasta su muerte.

La madre de su hijo no tardo en convertirse a ojos de tout París en su maîtresse en titre. Nuestra pareja mantuvo sin timidez alguna una relación serena, casi conyugal, que duró entre 1783 y 1792. A poco que podía, el abbé de Périgord iba a pasar la noche junto a su amada y su hijito, al que esperaba una gran carrera. La Revolución los separó. Mme de Flahaut, realista acérrima, huyó de París en 1792, para reunirse con la sociedad de emigrados instalados en Mickleham (Surrey). Había aprendido la lengua de Shakespeare de una gouvernante inglesa y allí tuvo algunos amantes ingleses, antes de abandonar la isla. Su pobre marido, cornudo y guillotinado, permaneció en Boulogne-sur-Mer, donde fue arrestado y ejecutado el 29 de enero de 1793.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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