Thor Heyerdahl y "Rapa Nui". XVI
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
En los “ahu” (en algunos libros, la h parece una b) todo apuntaba a una arquitectura funeraria de altos vuelos. Frente al gran muro de piedra de Vinapu, Bill encontró los restos de una estructura rectangular, rellena de fragmentos de huesos quemados. Se trataba de un vetusto crematorio, donde habían sido incineradas innumerables personas, algunas de ellas con sus óseos útiles de pesca. Hasta ese momento, la práctica de la cremación, no había figurado en absoluto, en los anales arqueológicos de la isla.
La costumbre de incorporar moáis a los “ahu”, debió de nacer hacia el año 900 d. C. Se sospecha que aquellas primeras estatuas, se hacían a imagen y semejanza de personajes conspicuos, merecedores de ser inmortalizados en la piedra. Pero ¿quiénes?
“Desde luego los “ariki” – responde el doctor Ramón Campbell – pertenecientes a la casta real de los Miru. También era digno de ser representado el “atariki” (primogénito) que recibía el “ao” (insignia de mando) a la muerte de su padre. Luego estaban los jefes de otros clanes o grupos tribales. Y, quizá más tardíamente, los vencedores de presumibles competiciones deportivas, o de las demostraciones de arte y conocimiento, como el tallado de las inscripciones jeroglíficas, aún hoy no descifradas, de las tablillas “rongo-rongo”, suprema y hermética disciplina, de los llamados “maori”.
De este modo los “ahu”, lugares para la celebración de rituales fúnebres, se fueron convirtiendo en “ahu-moái”, templos para el culto religioso a los ancestros ilustres.
Las estatuas del periodo temprano han sido calificadas, a veces, de aberrantes o prototípicas. Labradas toscamente en la roja escoria del Puna Pau, o en rojizo basalto, no solían sobrepasar el tamaño del ser humano. Aun cuando exhibían la actitud hierática y orgullosa, que se convertiría en norma en los moáis clásicos de la edad de oro, carecían de su grandiosa estilización. En cuanto los brazos doblados y, las manos apoyadas rígidamente sobre el vientre con los dedos estirados, ésta era una característica compartida, con gran número de viejas esculturas antropomórficas preincaicas y, aun de las que se veían en las islas polinesias de la vecindad. Las rechonchas figuras que luego emparedaron los muros de los “ahu”, la pilastra roja y decapitada de Vinapu y, el “moái” arrodillado del Rano Raraku, eran muestras fehacientes, de la rudimentaria habilidad con el cincel de sus creadores.
Empezó luego el segundo periodo, durante el cual el arte estatutario sería llevado a su máxima expresión. Paradójicamente antes de que eso sucediera, lo que se produjo, fue una labor de destrucción. Los grandes “ahu” fueron derribados en parte y, sus escombros reutilizados en nuevas estructuras, edificadas sobre el mismo terreno, por albañiles que ya no dominaban, el secreto de la arquitectura mural clásica de los incas. Fue el momento culminante de la construcción de “tahua” y “avanga”, estas últimas adosadas a ambos costados de la plataforma central. Finalmente, los jefes de los clanes más fuertes se organizaron entre sí, para proceder a la fabricación, traslado y colocación de los “moái”, en lo más alto de los remodelados “ahu”.
La aparición de la estatua clásica, podría haber ocurrido entre los años 1100 y 1200 de nuestra era. Los artistas locales, - aquí, sí – inventaron un estilo exclusivo, absolutamente propio y, cincelaron los soberbios gigantes de piedra, con la cara y el tronco de toba gris-amarillenta del Ranu Raraku y, los rojos cabellos de los “hani-hani” del Puna Pau. Conforme los maestros talladores ganaban en experiencia, las figuras se estilizaban, a la par que aumentaban de tamaño. Las menores, ya instaladas en sus correspondientes “ahu”, eran las más antiguas. Con todo, sus proporciones eran notables: alrededor de custro metros de altura y diez toneladas de peso. Pero las que se habían quedado por el camino eran más grandes. Y las que permanecían en el Rano Raraku cuando todo terminó, en espera de que alguien separara su espalda de la roca, para empezara andar, alcanzaban proporciones máximas.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.