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EE.UU. Debates constitucionales. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Benjamin Rush (uno de los firmantes del acta de independencia), había descrito la conclusión de la Guerra de Independencia americana, como únicamente el final del primer acto, del drama republicano. La redacción de la Constitución distaba, de forma similar, de ser la última palabra, sobre la estructura administrativa y política, de la nueva nación.

La salida forzosa de Gran Bretaña del escenario norteamericano, dejó a la nueva república sola, para discutir consigo misma. Esto parecía resultar potencialmente problemático. El Gobernador Morris (uno de los signatarios de los Artículos de la Confederación, y un importante contribuyente a la redacción de la Constitución de los Estados Unidos de América, así como uno de sus signatarios. Escribió el Preámbulo de la Constitución), había advertido, durante la Convención Constitucional, de que este “país debe ser unificado. Si la persuasión no lo consigue, la espada lo hará”. Ninguno de los Padres Fundadores trató de negarlo, pero intentaron ser realistas. Una de las diferencias, y no la menor, entre los Artículos de la Confederación (el primer texto constitucional que los americanos se dieron, en 1777) y la Constitución de Filadelfia, de 1787, era el reconocimiento, de que en la creación de una unión federal, la unanimidad no era una opción viable.

Las enmiendas a los Artículos de la Confederación, requería el acuerdo de las 13 colonias fundadoras. Pero sólo hacia falta que nueve de ellas firmaran, para que la Constitución de Filadelfia entrase en vigor. Algunas corrieron a ratificarla. Pensilvania y Connecticut aprobaron el documento, mediante una decisión mayoritaria. Nueva Jersey, Delaware y Georgia, lo hicieron por unanimidad. Otros estados se mostraron dubitativos. Massachusetts reconoció la autoridad de la Constitución, por sólo un estrecho margen de votos, tras un prolongado debate. Cuando Maryland, Carolina del Sur y New Hampshire se unieron, la Constitución logró los nueve apoyos que necesitaba. Desafortunadamente, dos de los estados más tardíos, Virginia y Nueva York, figuraban entre los más poderosos. Sin ellos, ser nueve, en realidad no bastaba.

Las disensiones y desacuerdos sobre la Constitución, no tenían, en modo alguno, un carácter regional. No existía una división, entre Norte y Sur, en esta materia, como sí habría después, respecto a tantas otras cosas. Tampoco era una cuestión de riqueza, aunque aquellas personas que apoyaron con más fuerza la nueva Constitución, como aquellos que la redactaron, eran, como se les describía popularmente, “caballeros acaudalados y de prestigio”. En contra, entre quienes más recelaban de sus posibles repercusiones, había pequeños propietarios, pero también, opulentos terratenientes. En resumen, la cuestión no tenía que ver en absoluto, ni con el estado ni con el estatus, sino que se reducía, a dos interpretaciones contrapuestas, de cómo debía ser el gobierno. Los bandos contendientes, “federalistas” (a favor de la Constitución) y antifederalistas, se enfrentaron, realmente, por el alcance y los peligros, del poder centralizado.

Los federalistas – hombres como George Washington, Benjamin Franklin, el virginiano James Madison, el antiguo edecán de Washington Alexander Hamilton, y el expresidente del Congreso Continental John Jay – creían en el poder de la Constitución, para proteger a los ciudadanos estadounidenses, del poder político, Entre los antifederalista, había líderes que habían participado en la revolución, como Samuel Adams, Patrick Henry, John Hancock o Richard Henry Lee. Los antifederalista eran más escépticos, respecto a las garantías constitucionales que, según sus oponentes les aseguraban, había en el texto. Tenían miedo a que los derechos individuales de los ciudadanos, se viesen sometidos a los intereses económicos, y a la influencia política de las élites mercantiles. Muchos sureños blancos, sospechaban que tales intereses, podían igualmente amenazar los suyos propios. Aquellos que deseaban abolir la esclavitud, consideraban que la Constitución, protegía demasiado la esclavitud. Los que deseaban mantenerla, temían que el final del comercio de esclavos con el extranjero en 1808, fuese el primer paso en el camino a la abolición.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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