Talleyrand. Avant-propos. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Mucho son los historiadores que han escrito sobre Talleyrand. Franceses, sí. Pero también de múltiples nacionalidades. Pero para mi gusto y saber, ninguno como Emmanuel de Waresquiel. Doctor en historia y, profesor de la Escuela Práctica de Altos Estudios, es uno de los mejores historiadores de la Revolución Francesa, del Imperio y de las Monarquías constitucionales. Apoyado en sus libros, va estar, todo lo que yo me atreva a escribir sobre Talleyrand.
Se ha escrito que Talleyrand, tuvo “el privilegio de ser la imagen brillante del mal”. Pocos hombres habrán sido tan desacreditados, vilipendiados y menospreciados que él. Sus contemporáneos no le han comprendido. Algunos lo han admirado por temor o por esnobismo, otros han quedado fascinados, como la presa ante la serpiente, pero raros fueros los que consiguieron llegar a su corazón. A penas fallecido, a mitad del siglo XIX, casi todos los que le sobrevivieron, decidieron que no tenía corazón, lo que resolvía las contradicciones de su carácter.
Los románticos que dominaron su siglo, jamás le perdonaron haber entrado en democracia, con medias de seda y peluca empolvada, con la conciencia intacta de los de su raza. No perdonaron el menosprecio del gran señor inalcanzable. Ellos, que han acarreado la conciencia dolorosa de los tiempos, en el valle de lágrimas de las revoluciones, no han visto en él más que un espectro y, no podían ver otra cosa. Su apariencia siempre inmóvil, su rostro siempre rígido y el del cuerpo siempre derecho, les ponía furiosos. Aquellos que han querido identificarse con los desgarrones de la Historia, con la marejada de los pueblos, hasta ser los guías y profetas de su época, no han soportado la independencia tranquila, de este príncipe que no sabía ni quería contar, más que consigo mismo.
El orgullo que se ríe de los ideales y desplaza la moral, era para ellos “traición pura” y, más que una traición, pura suciedad. Los más se han puesto a bailar, la danza del gran exorcismo, para conjurar mejor esta imagen, de un hombre al que el tiempo no derrota nunca y, para mejor conjurar esta imagen de un hombre, al que el tiempo no derrota, han querido hacer de él, para la posterioridad, una especie de carroña.
Este primer retrato fantasmal, da la señal de salida. Cuatro años más tarde y, como para saludar su muerte, Chateaubriand, que lo ha colocado ya hace tiempo, en el círculo más vil de su infierno, retoma la pluma y, le consagra un capítulo entero de sus Memorias. “Con él se entra en la morgue y en el cementerio. Los hombres con heridas, se parecen a las carcasas de las prostitutas: las úlceras le han corroído de tal manera, que no pueden servir para la disección. Talleyrand es un cadáver de un entorno y una época, que odia, el de la Corte y las vanidades, de la facilidad y el desprecio de los otros, del dinero y de los placeres artificiales. La lepra física denuncia y revela la lepra moral”.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.