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Thor Heyerdahl y la Isla de Pascua. II


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Cuando decidió visitar la Isla de Pascua, con un equipo de científicos, Thor Heyerdahl tenía 41 años y, pertenecía ya, por derecho propio, a la flor y nata de los navegantes más veteranos, de los mares del Sur. Ocho años antes, en 1947, él y cinco compañeros audaces, habían desafiado la inmensidad y el vacío de aquellas aguas, a bordo de una almadía, construida enteramente con troncos de “balsa” (Árbol de América del Sur, del género de la ceiba, del que existen diversas variedades) y cabos de cáñamo, todo para argumentar a favor de una teoría, que el rígido mundo académico, consideraba improbable, por no decir absurda: que los primeros pobladores de las islas polinesias – al menos de las más orientales – provenían de la América preincaica.

La expedición de la “Kon-Tiki”, coronada por un gran éxito, catapultó a sus componentes – y sobre todo a su protagonista principal – a la cúspide de la celebridad mundial. Saliendo del puerto de El Callao, en Lima, la balsa se mantuvo a flote, en una travesía de más de 4.000 millas marinas por el Pacífico, antes de estrellarse, 151 días después, contra los arrecifes de Raroia, un pequeño atolón deshabitado, del grupo de las Tuamotu.

El final feliz de la expedición, no demostró de modo irrefutable, la tesis de las migraciones hacia poniente, defendida por Thor Heyerdahl. Por si sola, la travesía de la “Kon-Tiki”, aunque portentosa, no podía hacerlo, ni tampoco era ese su propósito. Éste consistía en arrojar dudas sobre determinadas certidumbres, universalmente aceptadas. Y, en tal sentido, los resultados fueron notables. Para empezar, puso de manifiesto que las embarcaciones de balsa suramericanas, poseían cualidades desconocidas hasta entonces, por los hombres de ciencia. En segundo lugar, que los pueblos primitivos disponían de los medios, que les capacitaban, para emprender largos viajes por el mar abierto. Y, en consecuencia, que la navegación desde Suramérica hasta Polinesia, había sido algo posible, desde los tiempos más remotos. Cuestiones científicas aparte, la azarosa navegación de la Kon-Tiki, encarnó la primera gran hazaña épica, después de la SGM, una aventura romántica, al estilo más clásico de la exploración, que devolvía al género humano, el rumbo hacia sus valores genuinos, extraviado en la sinrazón, de la mayor contienda bélica, que registra la historia.

En los actos públicos celebrados a su regreso, en diversos países, la polémica se desató y, fue en aumento con la fuerza de un huracán. Mientras el público, en general, aceptaba los hechos con interés y, expresaba su simpatía, por lo que consideraba una aventura que rozaba lo prodigioso, la comunidad científica internacional, andaba poco menos que escandalizada. La mayoría desviaba el problema, hacia el aspecto sensacionalista, concediendo a regañadientes, que los expedicionarios eran hábiles marineros de sangre vikinga, pero luego se adhería a la opinión de los antropólogos, para quienes los zoólogos – especialidad universitaria de Heyerdahl – carecían de competencia, a la hora de hablar de naves prehistóricas. El intrépido noruego había abierto una brecha, en la teoría comúnmente aceptada, sobre el origen de los grupos humanos del Pacífico: la del poblamiento de las islas, por gentes venidas de Asia, continentes desde el cual se habrían trasladado hacia el este, en el curso de lentas y sucesivas oleadas migratorias.

Entretanto, Heyerdahl, bien preparado para repeler los múltiples ataques, con argumentos de peso, explicaba los motivos de su odisea, sin perder la compostura ni el aplomo: “Fuimos los primeros en creer que los indios americanos, habían efectuado navegaciones de altura y, de acuerdo con esta idea, realizamos una expedición, para comprobar si tal hipótesis podía ser cierta”.

Pues eso.

(Continuará.)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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