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Robespierre y la “virtud moral”. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Maximilien Robespierre, estaba convencido de que la “virtud moral”, era la piedra angular sobre la que descansaban, las sociedades saludables. Y decía: “La virtud produce felicidad y el Sol produce luz, mientras que la infelicidad es fruto del delito, exactamente igual que en el corazón de la degradación, nace un insecto sucio”.

Su generación de jóvenes cultos de clase media, había asimilado de Rousseau, Montesquieu y los clásicos, la certeza de que una sociedad saludable y su sistema de gobierno, se fundaban en las virtudes personales y ciudadanas. En su argumentación sobre el origen de los prejuicios y la forma de erradicarlos, era fundamental la distinción entre las formas de gobierno, y los valores subyacentes a las mismas. “En los Estados despóticos, la ley no es más que la voluntad del príncipe”, decía Robespierre.

En cambio, al referirse a Montesquieu, afirmaba que: “Como ha demostrado el autor de “El espíritu de las leyes”, el móvil principal y esencial de las repúblicas es la virtud, lo que equivale a decir la virtud política, que no es otra cosa que el amor a la ley y al país. Sus constituciones requieren que todos los intereses peculiares, todos los lazos personales, dejen paso siempre al bien general… Un ciudadano no debe perdonar siquiera al culpable que más ame, cuando el bienestar de la república, exige que se le castigue”. Pero ese resultado, debía ser una mezcla de vigilancia y rigor judicial: “Repetimos, una y otra vez, la máxima justa de que es mejor perdonar a un centenar de culpables, antes que sacrificar a un único inocente”.

El 14 de julio de 1791, Luis XVI promulgó la Constitución, que encarnaba los trabajos de la Asamblea desde 1789. Francia iba a ser una monarquía constitucional, en la que el poder estaría compartido por el rey, como jefe del ejecutivo, y por una asamblea legislativa, elegida mediante sufragio censitario. De modo que, cuando Luis XVI firmo, el 30 de septiembre, un decreto para disolver la Asamblea, grupos de ciudadanos estaban esperando a Robespierre, Pétion y al abate Grégoire, con gritos de “¡Larga vida a los diputados sin mácula! ¡Larga vida al Incorruptible! (en alusión al apodo por el que se conocía a Robespierre). Unas mujeres detuvieron el carruaje de Robespierre, y una de ellas le dijo: “En medio de la corrupción, habéis sido el sustento inconmovible de la verdad; siempre firme, siempre incorruptible; siempre guiándoos por vuestra conciencia, habéis luchado para mantener la pureza de una Constitución, dictada por la filosofía del bien para la humanidad… Este pueblo, os digo, pronuncia vuestro nombre con la más alta estima; vos sois su ángel de la guarda, su esperanza, su consuelo”.

De manera que un diputado de Artois, tan poco atractivo, que sólo había sido elegido por un margen muy estrecho en 1789, y que no gozaba de ninguno de los atributos físicos, de un orador por naturaleza, había alcanzado ahora, tal grado de popularidad, que fue llevado a hombros victoriosos, a la salida de la última sesión de la Asamblea Nacional, en septiembre de 1791.

La aclamación de Robespierre, provenía del profundo respeto que se había ganado, a lo largo de más de dos años de personificar, el compromiso inequívoco con los principios de 1789, la negativa a transigir con las personas y las prácticas del “ancien régime”. Su resiliencia ante su propio nerviosismo, y el ridículo o la superioridad que exhibían otros, se veía reforzado por la creciente evidencia, de que no todos sus camaradas diputados, compartían su misión, sino que más bien intentaban arreglárselas, para excluir del poder a determinados sectores del pueblo, o maniobraban para obtener beneficios personales.

Había diputados lívidos de celo, por la popularidad de Robespierre. Pero su expresión comedida oral, era perfecta para los escribanos, de la veintena de periódicos, que informaban de las sesiones de la Asamblea. Allí, como en el Club de los Jacobinos, puso de manifiesto una asombrosa capacidad, para enfrentarse a aquellos con quienes discrepaba, así como para asimilar las críticas, sin que jamás pareciera que se tambaleara.

Del propio Mirabeau, se contaba que había bromeado diciendo “Este hombre llegará lejos, cree en todo lo que dice”. En última instancia, la afirmación de Robespierre, de que estaba expresando los principios centrales de 1789, acabó siendo aceptada, de la forma más generalizada.

Pues eso.

(Continuará)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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