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Charlotte Corday D’Armont. II


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En la prisión de la abadía de Paris, Charlotte fue llevada a una pequeña celda, que antes ya había acogido a Brissot y a madame Roland. Se sentó sobre un colchón de paja, acarició a un gato negro, y escribió una carta al Comité de Seguridad Nacional (el comité policial de la Convención) con la intención de que no la despojaran de toda responsabilidad, y protestando contra la supuesta detención de Claude Fauchet, diputado girondino y obispo constitucional de Caen, como cómplice. No sólo no había urdido ningún plan, insistía ella, sino que no estimaba ni respetaba a ese hombre, a quien siempre había considerado un frívolo fanático, carente de “firmeza de carácter”.

En muchos pasajes de la investigación, Charlotte destacó su propia decisión, y su creencia de que la habitual suposición, de que las mujeres eran incapaces de tales actos, le había ayudado en gran medida. Parecía claro que, para ella, constituía una cuestión de honor, y un modo de consciente rechazo, a los estereotipos revolucionarios sobre el sexo, afirmar que el suyo tenía, física y moralmente, fuerzas más que suficientes, para cometer actos de violencia patriótica. Sus interrogadores hicieron todo lo posible, para arrancarle información que demostrara la existencia, de una amplia conspiración girondina, encaminada a matar a Marat. Según el historiador Simon Schama, había un identificable ruido de fondo de temor sexual, frente a esa furia vengadora de hermosos ojos grises, que aparentaba tener un gran dominio de sí. Tenía que haber sido inducida, por una mano masculina que la controlaba.

Debidamente juzgada y condenada sin dilación a muerte, Charlotte esperó la ejecución en la Conciergerie, adonde la habían trasladado desde la abadía. En las dos prisiones se le permitió escribir cartas, quizá con la esperanza de que incriminase a otros en la “conspiración girondina” que, de eso estaban seguras la autoridades, habían dirigido el asesinato. En la carta que Charlotte escribió a su padre, volvió al papel convencional de la hija obediente e imploró su perdón, por “haber dispuesto de mi existencia sin vuestro permiso”. No había deshonra en lo que ella había hecho, pues “he vengado a muchas víctima inocentes… adieu mi querido padre, os ruego que me perdonéis o, más bien, que os alegréis de mi destino, se trata de una buena causa”. “Le crime fait la honte et non pas l’échafaud” (No es al patíbulo, sino el crimen, lo que avergüenza).

En un último y extraordinario gesto de teatralización de su propia figura, Charlotte preguntó al tribunal, si se la permitiría posar para su retrato, antes de la ejecución. Durante la audiencia, había observado que un oficial de la Guardia Nacional, hacía un esbozo de su figura. Como se trataba, el oficial, de un ciudadano que gozaba de cierto prestigio, el tribunal permitió al oficial Hauser, que regresara con ella a la Conciergerie, para convertir el boceto en un cuadro.

Al inicio de la tarde, subió al carro que le llevaría a la guillotina. Rechazó los servicios de un sacerdote, y no quiso tomar asiento en el carro, sino que permaneció de pie, erguida. Una gran multitud, que deseaba ver a la “marimacho”, que había perpetrado ese asesinato, se apretujó en la rue Saint-Honoré, para verla pasar. Los cielos se ensombrecieron de pronto, y una tormenta estival dejó caer gruesas gotas de lluvia. Charlotte quedó enseguida empapada, y la desgastada camisa roja, de los asesinos de los “representantes del pueblo”, se le pegó al cuerpo.

“Su bello rostro estaba tan sereno – describió Pierre Notelet – que se habría dicho que era una estatua. Detrás, varias jóvenes tomadas de la mano bailaban. Durante ocho días estuve enamorado de Charlotte Corday”.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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