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Voltaire. La religión y el jansenismo. II


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Siguiendo con Luis de Molina y el jansenismo. Por pecadores que muchos seamos, algunos demandaran la “gracia”, implorando que, aquello que los condujo al pecado, “no haya tenido lugar”. Gracia que, de serles concedida (la sinceridad de la petición, sería criterio suficiente para el don) supondría intervención humana sobre el pasado, aunque no directamente sino… “Dios mediante”, pues la veracidad de la petición de gracia, lo que hace es desencadenar, la intervención correctora del Hacedor.

Pero la objeción es inmediata: sin duda, Dios había previsto también, si haríamos buen uso o mal uso, de nuestra capacidad de implorar la gracia, es decir, de nuestro potencial de intervenir en el pasado, con lo cual todo seguiría predeterminado. De ahí que no hubiera concordia, entre los protagonistas de la discusión, a la que el papa puso fin, acabando por suprimir la Congregación creada “es profeso”, para decidir sobre el asunto.

En la tesis de Molina, el hombre goza de capacidades que relativizan la potencia de Dios, ya que, si hacemos buen uso de ellas, ni Dios mismo podría impedir nuestra salvación. Ahora bien, los jansenistas repudian, todo lo que no sea asumir, que estamos en manos de una voluntad sin limitación posible, ese Señor implacable e imprevisible, que “exige donde no ha dado y recolecta donde no ha sembrado”, de la parábola de los talentos, tan presente en las máximas de Lutero en “La esclavitud de la voluntad”, las cuales tienden a sostener que si las malas obras, indiscutiblemente ofenden a Dios, las buenas tampoco la satisfacen, al constatar que Dios condena en ocasiones, al que creíamos honesto y, premia al que estimábamos malvado.

En el siglo de Rousseau y Voltaire, las doctrinas jansenistas habían sido proscritas, en el seno de la iglesia católica. En 1713, el papa Clemente XI, había realizado una condena formal, de 101 proposiciones jansenistas y, en 1718, a través de una nueva bula, ya decididamente excomulgaba a sus defensores. Sin embargo, el anatema por parte del Vaticano, no suponía que el espíritu jansenista, dejara de estar presente, dentro de la Iglesia y fuera de ella.

En el jansenismo, como en Rousseau, hay algo así como la nostalgia, de un momento en el cual el hombre gozaba de la bondad divina, en un estado de perfecta armonía con la naturaleza, sus semejante y el propio Hacedor. De tal situación, el hombre cayó: según el mito bíblico, cayó por sucumbir al deseo de conocimiento (recordemos lo del árbol de la ciencia del bien y del mal). En la filosofía rousseauniana, cayó por razones más complejas. En cualquier caso, se trata de una pérdida, de un estatuto privilegiado y, lamentarse es lo que toca.

Sin duda, esta aproximación entre Rousseau y el jansenismo, tiene sus límites. Los jansenistas están incluso, en el origen de una de las persecuciones a las que, en 1762, se vio sometido el pensador de Ginebra (Rousseau), aunque como señala la estudiosa Monique Cottret, fueron muy sensibles a ciertas ideas rousseaunianas, entre ellas la de la voluntad general. De hecho, el propio Rousseau confiesa que, pese al espanto que le provocaba, la dureza de la teología jansenista, la lectura de Port Royal y del Oratorio (enclaves jansenistas), habían hecho de él, un semijansenista.

Nada más cercano a la visión de la vida jansenista, como una potencial y muy probable condena, nada más alejado de la afirmación vital que, pese a su lucidez, atraviesa toda la obra de Voltaire. El jansenismo desconfiaba de toda teoría, que pareciera liberar al hombre, de la dependencia de la decisión divina. Voltaire no espera gran cosa de Dios, ni tiene confianza en la naturaleza, pero estima que el hombre, forjador de ciudades, poemas, narraciones y construcciones teóricas, como los “Principios” newtonianos, simplemente vale por sí mismo.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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