Perderlo todo: del barro a la ceniza
El aire arde. No es una metáfora: respiras y sientes cómo el calor te raspa la garganta. La luz del día se tiñe de naranja sucio y las sombras se vuelven más largas, como si también ellas quisieran huir. El monte, que ayer era verde y vertical, es ahora un humo espeso que baja hasta las casas. Los pájaros han desaparecido; los perros ladran sin parar; los vecinos cargan cubos, mangueras, lo que sea, con la urgencia de quien sabe que aquí no se salva solo un tejado: se salva la vida entera que hay debajo.
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