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Odio al musulmán en España: una larga tradición histórica


(Tiempo de lectura: 7 - 13 minutos)

En la España actual persisten expresiones de rechazo y odio hacia la población musulmana, a menudo atribuidas únicamente a la inmigración reciente o a acontecimientos contemporáneos. Sin embargo, este fenómeno no surge en el vacío, sino que se inserta en una tradición histórica de larga duración. Desde la época medieval hasta nuestros días, el imaginario español ha construido al “moro” —término cargado de connotaciones peyorativas— como el Otro por excelencia: primero como invasor infiel, luego como enemigo interno converso, más tarde como sujeto colonial y hoy como amenaza a un supuesto orden occidental. A continuación, examinaremos cómo el actual odio islamófobo hunde sus raíces en episodios y discursos clave de la historia española, desde la Reconquista y la expulsión de los moriscos hasta las guerras coloniales en Marruecos y los prejuicios vigentes en la sociedad contemporánea. El objetivo es entender críticamente esta continuidad histórica sin caer en explicaciones simplistas, distinguiendo las transformaciones y contradicciones que han marcado la percepción española del mundo musulmán.

De la Reconquista a la expulsión de los moriscos

La identidad nacional española se forjó en oposición al Islam durante la Edad Media y comienzos de la Moderna. La llamada Reconquista —la recuperación de territorio peninsular bajo dominio de al-Ándalus— no fue solo una serie de campañas militares, sino también un proceso de definición cultural y religiosa. De hecho, la construcción de la identidad española estuvo íntimamente ligada a la Reconquista y a la afirmación de una identidad católica homogénea. Tras la toma de Granada en 1492 por los Reyes Católicos, se afianzó la idea de una España unificada en la fe católica y “limpia” de elementos islámicos o judíos. Este proyecto de homogeneidad tuvo expresiones contundentes: la conversión forzosa y posterior expulsión de minorías religiosas. En el caso de los antiguos musulmanes, convertidos nominalmente al cristianismo (moriscos), la desconfianza persistió durante generaciones. Se les aplicó un temprano “proto-racismo” religioso: las leyes de limpieza de sangre clasificaban a los cristianos viejos frente a los conversos, de modo que aunque un musulmán se convirtiera, su sangre seguía considerándose impura. Esta concepción –innovadora para su época– vinculó por primera vez la fe de los antepasados con una supuesta mancha biológica hereditaria, plantando la semilla de un prejuicio más permanente que la simple diferencia religiosa.

Ya en el siglo XVI, los moriscos padecieron crecientes controles, alzas de la Inquisición y rebeliones como las de las Alpujarras, lo que alimentó su imagen de elemento peligroso interno. En el imaginario de la monarquía, temerosa de su posible alianza con potencias musulmanas extranjeras, llegaron a ser vistos como “quinta columna” conectada con el Imperio otomano. Esta sospecha de traición —junto a motivos políticos y económicos— desembocó en la expulsión general de los moriscos en 1609-1614, un episodio traumático que buscaba extirpar todo vestigio vivo de Islam en la península. Se consolidó así la idea de que la pureza de la nación exigía la ausencia del musulmán. Cabe señalar que este rechazo no careció de ambivalencias: la propia cultura de los Siglos de Oro mostraba una actitud contradictoria hacia el legado islámico. Por un lado, abundaban representaciones literarias de moros y turcos como personajes malvados, ridículos o de poca confianza, reforzando la inferiorización del musulmán. Pero, por otro lado, existía cierta fascinación romántica por el enemigo noble: tras la expulsión, oscila la relación entre el rechazo al “moro nuevo” (el converso forzado) y la admiración del “moro viejo”, tan presente en los libros de caballerías y en el romancero. Es decir, se idealizaba al moro histórico valiente y honorable —una figura casi folclórica del pasado— al mismo tiempo que se repudiaba al musulmán real y contemporáneo. Esta dualidad muestra que la frontera entre odio y admiración era difusa, aunque siempre bajo la superioridad del canon cristiano. En cualquier caso, la España post-Reconquista consolidó una narrativa donde el Islam quedaba definido como lo ajeno y amenazante, un elemento contra el cual se había afirmado la propia esencia hispánica.

Nacionalcatolicismo, guerras coloniales y el legado del “moro”

La hostilidad hacia “lo moro” pervivió en los siglos posteriores, adaptándose a nuevos contextos políticos. Durante el nacionalcatolicismo —corriente ideológica que impregnaría el conservadurismo español hasta el franquismo— se exaltó la idea de la Hispania eternamente católica, forjada contra musulmanes y judíos. Intelectuales de la derecha española entre los siglos XIX y XX afirmaban abiertamente que “el carácter español se ha formado en lucha multisecular contra los moros y contra los judíos”, resumió el ensayista Ramiro de Maeztu en 1934. En la misma línea, el filósofo Manuel García Morente sentenció que “lo ajeno es a la vez musulmán y extranjero. Lo propio es, pues, a la vez cristiano y español”. Tales afirmaciones dejan poco lugar a dudas: para el relato nacionalista tradicional, el musulmán representaba el anti-español, el adversario contra el que se definió España como nación y como pueblo elegido por la Providencia para defender la cristiandad. El nacionalismo español más reaccionario, abrazado por ejemplo durante la dictadura franquista, se fundamentaba en la idea de la Reconquista y no aceptaba como español nada que tuviera resonancias islámicas o judías. Se negaba así cualquier contribución positiva de ocho siglos de cultura andalusí: la España idealizada era la de la Cruzada victoriosa, sin mestizajes “ajenos” en su identidad.

Paradójicamente, estas ideas convivieron con realidades históricas que las desafiaban. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, España emprendió campañas militares en el norte de África —guerras coloniales en Marruecos— que reactivaron viejos arquetipos. La prensa y sectores conservadores presentaron aquellas contiendas casi como una continuación de la Reconquista: el enemigo era de nuevo “los moros”, vistos como bárbaros infieles que había que civilizar o castigar. Un periódico carlista en 1893, durante enfrentamientos en Melilla, proclamaba: “rechazamos todo género de parentesco con los fanáticos del Korán”, negando toda relación entre los españoles y los marroquíes contemporáneos, equiparados a aquellos sarracenos medievales expulsados siglos atrás. Para los ideólogos neocatólicos de la época, la llamada Guerra de África de 1859-60 llegó a interpretarse como “una nueva Cruzada” destinada a cristianizar a los infieles y a rememorar las gestas de la Reconquista. De este modo, el imaginario del moro enemigo seguía sirviendo para legitimar empresas bélicas y expansionistas, presentándolas como misiones casi sagradas de España.

Luego, tras 1900, la persistencia de este molde mental resultó evidente. Incluso en pleno siglo XX, algunos intelectuales atribuían los males de España a una supuesta carga “mora” en la sociedad. Ciertas corrientes de opinión, lejos de enorgullecerse de la herencia andalusí, la utilizaron como chivo expiatorio para explicar la “anomalía” española respecto a Europa. Así, no era raro oír que el atraso político o la indisciplina cívica de España provenían de su mezcla de sangres semitas. La novelista Emilia Pardo Bazán hizo que uno de sus personajes afirmara que “con la sangre árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina” la democracia era imposible en España. Más explícito aún, en El árbol de la ciencia (1911) de Pío Baroja un personaje sentenciaba que “todos los males de la sociedad española” se debían a “lo que queda de moro y de judío en el español”. Estas citas ilustran un auto-racismo peculiar: una parte de la élite intelectual aceptaba que los españoles tenían ancestros moros, pero en vez de valorarlos, los convertía en explicación de todo lo negativo (indolencia, caos, despotismo) que supuestamente diferenciaba a España de Europa. De nuevo, lo “moro” equivalía a desorden y atraso, en contraposición a un ideal europeo, blanco y racional.

El colmo de la ambigüedad llegó durante la Guerra Civil (1936-39) y el franquismo. El bando sublevado invocó el espíritu de la Cruzada cristiana contra la República “atea”, exaltando símbolos como Santiago Matamoros, a la par que incorporaba a miles de soldados marroquíes (regulares) en sus filas. Franco y sus generales recibían con honores a jefes musulmanes y fomentaban la idea de una “hermandad hispano-marroquí” en la sangre, para justificar aquella alianza militar insólita. Se llegó a escuchar a oficiales falangistas saludar a “los viejos guerreros del Islam” como “raza hermana”, al mismo tiempo que otros oradores hablaban de los rojos como “Mahoma eusko” o continuaban fustigando la influencia semita en España. Incluso el propio Franco, en un discurso de 1937, proclamó la idea de que “España y el Islam han sido siempre los pueblos que mejor se comprendieron... grandeza que se funde en sangre de Marruecos y de España”. Tales esfuerzos propagandísticos de filo-islamismo instrumental evidencian que la visión del moro no fue monolítica ni lineal: podía modularse por conveniencia política. No obstante, una vez pasada la guerra, el régimen franquista retornó a su marco ideológico básico: España como nación católica por antonomasia, guardiana frente al comunismo y frente a influencias ajenas a su tradición, entre las que se seguía incluyendo al Islam. El discurso oficial ensalzaba la hispanidad y minimizaba o folklorizaba cualquier aporte musulmán, mientras en la sociedad civil se mantenían vivos muchos estereotipos negativos.

Ecos y mitos en la España contemporánea

Sería erróneo pensar que la imagen histórica del “moro” quedó enterrada con el fin de la dictadura. Por el contrario, sus ecos resuenan en el imaginario colectivo actual, adaptados a las circunstancias del siglo XXI. El término “moro” sigue empleándose coloquialmente de forma despectiva para referirse, sobre todo, a inmigrantes magrebíes (en su mayoría musulmanes procedentes de Marruecos, Argelia u otros países del norte de África). Detrás de esa palabra laten viejos temores e ideas preconcebidas que son sorprendemente familiares: el moro como intruso violento, como fuente de desorden social, como portador de un fanatismo religioso incompatible con la “civilización occidental”. En las últimas décadas, diversos factores han reactivado y legitimado estos prejuicios en Europa y en España en particular. Los atentados terroristas de matriz yihadista (del 11-S en 2001 al 11-M de 2004 en Madrid, y otros posteriores) generaron una nueva ola de sospecha generalizada hacia los musulmanes comunes. Del mismo modo, la llegada de inmigrantes musulmanes en mayor número desde los años 90 y 2000 —muchos buscando trabajo o refugio— ha alimentado narrativas xenófobas que presentan este fenómeno migratorio como una amenaza a la identidad nacional. No es casualidad que ciertos sectores políticamente extremos hablen abiertamente de “invasión” cuando se refieren a la inmigración islámica, reutilizando metáforas bélicas medievales. La prensa sensacionalista y algunos partidos han llegado a advertir de una “reconquista al revés” por parte de los musulmanes, azuzando el miedo al otro.

Ejemplos sobran. Figuras de la derecha radical española han propagado teorías conspirativas sobre un supuesto plan islámico para conquistar Europa demográficamente, en línea con la retórica del “choque de civilizaciones”. Un conocido columnista llegó a publicar un artículo titulado “La invasión silenciosa”, en el que retrataba al Islam como enemigo mortal: «Los ejércitos de los seguidores fanatizados de Mahoma están en guerra contra nuestra civilización y cultura», afirmaba, tildando al Corán de incitación al exterminio. Este tipo de discurso alarmista presenta a los musulmanes actuales poco menos que como sarracenos medievales redivivos, al acecho de un Occidente desprevenido. El anacronismo es evidente, pero cala en parte de la opinión pública, sobre todo en contextos de incertidumbre económica o de crisis. Más preocupante aún, la islamofobia ha dejado de ser solo retórica para traducirse en actos hostiles: según la Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia, solo en 2017 se registraron 546 ataques (físicos u online) contra musulmanes en España. Estas agresiones van desde insultos en la calle y profanación de mezquitas hasta actos violentos, y reflejan cómo ese odio latente se activa en la vida cotidiana. La “islamofobia de los ciudadanos” convive además con una posible “islamofobia institucional” —decisiones o políticas discriminatorias—, ambas alimentándose de las raíces culturales profundas de las que venimos hablando.

Lo más inquietante es que muchos de los imaginarios actuales repiten patrones históricos casi sin darse cuenta. Aún hoy, buena parte de la sociedad asocia instintivamente Islam con “atraso” o “fanatismo”. Persiste la noción de que el islam es una religión monolítica e incompatible con la modernidad, que oprime a la mujer y siembra violencia, reproduciendo esquemas simplistas que ya se empleaban en el discurso colonial decimonónico. Del mismo modo, en ciertos ambientes se percibe al vecino musulmán como portador de costumbres bárbaras o caóticas que amenazan la paz del barrio —un eco distante de aquel viejo miedo al “contagio” hereje o al desorden morisco. Incluso símbolos religiosos e históricos mantienen viva esa división imaginaria entre “ellos” y “nosotros”. Un caso emblemático es la veneración tradicional de Santiago Matamoros, el apóstol guerrero legendario que aparece en la iconografía católica a caballo, aplastando bajo sus pies a un musulmán derrotado. Esta imagen, que decora iglesias y se recrea en festividades, sigue siendo patrón oficioso de España y encapsula la narrativa de la victoria cristiana sobre el Islam. Como ha señalado algún autor, mientras en los altares se conserve la figura del moro bajo las pezuñas del caballo blanco de Santiago, será difícil eliminar del todo la carga simbólica anti-islámica en nuestra cultura. No es de extrañar que colectivos musulmanes hayan criticado en ocasiones las fiestas de Moros y Cristianos o la exhibición pública del Matamoros, al considerar que normalizan (aunque sea de forma folklórica) la humillación del “moro” y, por extensión, de la identidad musulmana.

Con todo, conviene enfatizar que analizar estas continuidades históricas no implica asumir un determinismo inamovible. La relación entre España y el mundo musulmán ha atravesado también períodos de convivencia fecunda, mestizaje cultural y respeto mutuo que a veces quedan relegados en el relato dominante. Hubo españoles, desde la Ilustración hasta hoy, que intentaron comprender y reivindicar la aportación islámica a nuestra historia (piénsese en los arabistas o en iniciativas actuales como el reconocimiento del pasado islámico de ciudades como Madrid). La propia evolución de las ideas en el siglo XX llevó a algunos sectores a desmontar las teorías racistas sobre la “sangre mora” y a propugnar, incluso desde posicionamientos católicos, una visión más inclusiva de la Hispanidad donde caben diversos orígenes. En la actualidad, frente a la islamofobia rampante, también surgen contradiscursos y movimientos cívicos que recuerdan las raíces comunes y condenan la discriminación (manifestaciones, campañas educativas, plataformas anti-odio, etc.). Es decir, la sociedad española no es monolítica en su visión del Islam, y hay una creciente conciencia crítica sobre los peligros de perpetuar prejuicios seculares.

El rechazo contemporáneo al musulmán en España solo puede comprenderse plenamente atendiendo a su profundo anclaje histórico. Desde la Reconquista, pasando por la expulsión de los moriscos y las fantasías coloniales, hasta las caricaturas modernas del “moro” terrorista o incívico, se ha ido sedimentando un imaginario de alteridad negativa. Este imaginario ha dotado de continuidad y coherencia interna a formas de odio que, de otro modo, parecerían surgidas espontáneamente por conflictos actuales. Reconocer esta genealogía no significa justificarla, sino al contrario: visibilizar cómo cada época reinterpretó el viejo arquetipo para adecuarlo a sus necesidades, y cómo sigue vivo en el subsuelo mental colectivo. Solo desde esa comprensión crítica podrá desmontarse el mecanismo simplista del “ellos contra nosotros” que tantas veces ha enfrentado a españoles y musulmanes. Se trata de aprender de la historia para no repetir sus exclusiones: asumir que la identidad española, lejos de ser un bloque puro forjado en la negación del Islam, está entrelazada con él, y que superar los odios heredados requiere tanto justicia histórica (reconocer agravios pasados, como la expulsión nunca reparada de moriscos) como voluntad presente de convivencia. Así, España podrá mirarse en el espejo de su propia diversidad cultural sin los fantasmas del enemigo eterno, construyendo un relato más complejo, pero también más justo y humanista, de sí misma.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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