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Perderlo todo: del barro a la ceniza


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

El aire arde. No es una metáfora: respiras y sientes cómo el calor te raspa la garganta. La luz del día se tiñe de naranja sucio y las sombras se vuelven más largas, como si también ellas quisieran huir. El monte, que ayer era verde y vertical, es ahora un humo espeso que baja hasta las casas. Los pájaros han desaparecido; los perros ladran sin parar; los vecinos cargan cubos, mangueras, lo que sea, con la urgencia de quien sabe que aquí no se salva solo un tejado: se salva la vida entera que hay debajo.

Perderlo todo suena fácil hasta que ves cómo se cae, uno tras otro, todo lo que llenaba tu mapa mental: la casa de los abuelos, la bodega del tío, el olivo donde aprendiste a trepar, la plaza que olía a pan. Yo creía entenderlo cuando la DANA, aquel 29 de octubre de 2024, nos dejó todo cubierto de barro y arrastró calles, muebles y certezas. Pensaba que ahí se acababa el repertorio de la naturaleza para arrasar un pueblo. Me equivocaba. El fuego ha llegado para demostrar que siempre hay otra forma de perder.

Si el barro lo tapaba todo, el fuego lo borra. No cubre, elimina. Donde antes había una silla vieja que podías rescatar, ahora hay un hueco negro. La foto de boda que en la inundación quedó manchada pero entera, aquí no existe: se convirtió en humo antes de que pensaras en buscarla. El barro deja huellas; la ceniza deja silencios.

La ironía de lo natural es que lo que más celebramos tiene una versión cruel. El sol que madura las uvas y seca la ropa es el mismo que, con viento de poniente, convierte una chispa en un infierno. Esa brisa que refresca la tarde es la misma que empuja las llamas montaña abajo, hasta las calles. En los folletos oficiales esto es “clima privilegiado”; hoy es simplemente un viento traidor que no duerme.

En la DANA, el fenómeno extraordinario para la televisión fueron los helicópteros sobrevolando el agua; en el incendio, lo extraordinario es ver a un hombre con la camisa chamuscada y un cubo en la mano subiendo por un sendero porque allí está su ganado, o su casa, o la vida entera que ha construido. Entonces, la señora María cruzó la plaza con una olla de caldo; hoy la cruza con bocadillos envueltos en papel de estraza para quienes llevan horas en la línea de fuego.

En un pueblo, la desgracia no pregunta tu nombre ni tu ideología. Solo te pregunta qué puedes hacer. Si en la DANA eran botas y cubos, hoy son palas, garrafas y botellas de agua. Y, como entonces, los primeros en llegar no llevan uniforme ni orden de servicio: son vecinos que aparecen porque quedarse quieto no es opción.

Lo más amargo se repite: si no hubiera muertos, el foco mediático se apagaría con el último rescoldo. Pasó con el barro; pasará con la ceniza. La atención dura lo que dura el morbo; la reconstrucción dura años.

La España rural sabe vivir con poco, pero “vivir sin nada” es otra historia. La DANA arrancó casas y caminos; el fuego arranca raíces, montes, hasta la sombra. Y aun así, igual que entonces, aparecen manos: el panadero que reparte barras a los desalojados, la familia que abre su casa, los chavales que mojan tejados con cubos de piscina.

En la DANA hubo talleres de bicicletas con piezas rescatadas, comedores comunitarios, mercados reabiertos con música. Aquí habrá historias parecidas: el agricultor que hace cortafuegos con su tractor, el grupo de mujeres que cocina para bomberos y voluntarios, el chaval que de madrugada desvía coches para que no entren en la zona.

La recuperación será lenta, igual que entonces. Y quizá un día haya eventos solidarios, plantaciones, conciertos para recordar que la vida volvió. Pero nada será idéntico. El barro se limpia; la ceniza se tiene que ver germinar.

La certeza que se mantiene, del barro a la ceniza, es que la gente no se rinde. Ni la riada ni el fuego han quebrado la voluntad de un pueblo que sabe organizarse, resistir y rehacerse. La ironía es que esta fuerza nace de la conciencia de que, si no lo haces tú, no lo hará nadie.

Perderlo todo no es un final. Es un inicio forzado: ayer con botas de goma, hoy con el humo pegado a la piel. Pero siempre con la misma determinación de reconstruir, no solo casas, también vida. El barro unió manos; la ceniza también lo hará. Porque si hay que empezar de cero, aquí nadie empieza solo.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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