Donde la IA no llegará jamás: la zapatilla voladora
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
En estos tiempos en los que los algoritmos se adelantan a nuestros deseos con precisión orwelliana, los asistentes virtuales te recuerdan qué día ovulas y los frigoríficos inteligentes te advierten de no repetir el error de comprar mayonesa ligera, queda claro que hemos delegado gran parte de nuestra humanidad a la inteligencia artificial. Sin embargo, hay algo que ni el mejor ingeniero de Silicon Valley, ni el más sofisticado programador chino podrán jamás insertar en las tripas digitales de ninguna máquina: el glorioso, preciso y pedagógico cachetón a tiempo.
No confundamos términos ni alarmemos conciencias sensibles. No se trata aquí de reivindicar la violencia gratuita, sino de recordar con nostalgia socarrona esa forma de comunicación ancestral que implicaba una sola palmada sonora y precisa, una bofetada suave pero firme que generaciones enteras comprendieron sin manuales ni tutoriales de YouTube. Es la sutileza que captó Aristóteles cuando hablaba de la virtud del justo medio; ni muy fuerte, que humille, ni muy débil, que se ignore. Y justo ahí, en ese exacto equilibrio emocional, fracasan estrepitosamente todas las inteligencias artificiales.
Pensemos en Juanito, un adolescente cualquiera que desafía límites con la misma naturalidad con la que respira. Imaginemos una inteligencia artificial que, ante una respuesta insolente a su madre, le advierte con voz metálica: "Juanito, tu comentario fue inapropiado. Te envío una notificación de decepción". Ridículo. Juanito no necesita notificaciones push, necesita un ser humano que lo mire a los ojos, que arquee una ceja con autoridad freudiana y le diga: "A mí con ese tonito no me hables". Porque, como bien sabía Freud, hay correcciones que solo funcionan desde la presencia real y visceral, desde esa mirada penetrante que dice más que mil discursos pedagógicos.
Ningún Siri, Alexa ni ChatGPT posee el instinto natural de una abuela que percibe la travesura antes de que ocurra, que desde el otro lado de la casa intuye la maldad y se presenta de improviso con una zapatilla que surca el aire en parábola perfecta. La zapatilla de las abuelas no es violencia, es justicia poética; una coreografía educativa al estilo del mejor ballet ruso, donde la precisión es tan importante como la velocidad. Ningún algoritmo sabrá jamás medir ese golpe preciso con una zapatilla que vuela como el Halcón Milenario, pero mucho más didáctica.
Vivimos en una sociedad donde hemos cambiado la reprimenda efectiva y presencial por emojis tristes y mensajes pasivo-agresivos en los grupos escolares de WhatsApp. Wittgenstein sostenía que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", y precisamente por eso, reducir la educación a stickers y emoticonos es limitar dramáticamente el mundo emocional de nuestros hijos. Hoy en día, si alguien osa corregir a un niño con una colleja pedagógica, se enfrentará no solo al Defensor del Pueblo, sino a tres hashtags virales y posiblemente a un documental sensacionalista de Netflix. Sin embargo, hay cosas que no se corrigen con conversaciones asertivas y suaves palabras al estilo del libro de autoayuda de turno, sino con esa mirada severa y silenciosa que anuncia: "hasta aquí llegaste, chaval".
Por más que la IA pueda aconsejarnos mejor que el cuñado que monopoliza la conversación en Navidad, recordarnos beber agua o respirar cuando nos alteramos, lo que no puede hacer es intimidar con una mirada fría y letal al adolescente que cuestiona nuestra autoridad con frases como "a ver si estudias tú la ESO, viejo". Ahí, frente a ese adolescente rebelde, no sirven los algoritmos ni las advertencias generadas por máquinas; ahí lo que funciona es la mirada de Clint Eastwood ante un ladrón de caballos: cruda, real, implacable.
En definitiva, por mucho que avance la tecnología y nos prometan mundos donde hasta los perros serán robots incapaces de manchar la acera, el cachetón emocional, la educación visceral y el correctivo lleno de amor y carácter seguirán siendo patrimonio exclusivo de la carne y del hueso. Porque donde no llegan los algoritmos, siempre, inevitablemente, llega la legendaria y efectiva chancla.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.