El juego de azar: alienación, adicción y trampa consentida
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
El juego de azar está en todas partes: loterías, casinos, salones de apuestas, aplicaciones en nuestros teléfonos. Se presenta como un pasatiempo emocionante e incluso como una posible vía rápida para ganar dinero. Sin embargo, desde una perspectiva crítica y filosófica, el juego de azar dista de ser un entretenimiento inocente. Más bien, es una poderosa herramienta de alienación social y una trampa que enriquece a unos pocos a costa de la adicción y la miseria de muchos.
En la antigua Roma se acuñó la frase “Panem et circenses” (pan y circo) para describir la táctica de mantener al pueblo distraído con comida y entretenimiento barato, adormeciendo su espíritu crítico y desviando su atención de los asuntos públicos. Esa práctica lograba “una alienación del pueblo que lo despojaba de su espíritu crítico mientras a la vez se sentía satisfecho” con la falsa generosidad de los gobernantes. En las sociedades modernas, el juego de azar puede verse como un “circo” contemporáneo: una forma de ocio que distrae a las masas de problemas más profundos y las mantiene absortas en la ilusión de un golpe de suerte. Claro ese entretenimiento se convierte en una de las peores enfermedades: la ludopatía, de la que hablaremos otro día.
Algunos pensadores han comparado este tipo de entretenimientos con un “opio del pueblo”. Del mismo modo que se ha llegado a decir que el fútbol u otros espectáculos son “la droga masiva que se suministra a la gente para desviarla” de los problemas reales, el juego de azar sirve a menudo para anestesiar a la sociedad. Quien apuesta olvida momentáneamente sus preocupaciones económicas o sociales, sumergido en la adrenalina de la próxima carrera de caballos o el próximo giro de la ruleta. Desde esta óptica, el juego funciona como una válvula de escape emocional en tiempos de crisis, ofreciendo esperanzas efímeras en vez de soluciones reales.
No es casual que en contextos de dificultad económica prolifere la apuesta. Como señaló el papa Francisco, a los católicos dueños de casas de apuestas y católicos jugadores, las apuestas ofrecen “la falsa ilusión de una salvación individual en medio de contextos de crisis cada vez más extendidos”. Es decir, al ciudadano agobiado por deudas, paro u otros problemas, el juego le susurra que un premio gordo podría resolver mágicamente sus dificultades. Pero esta ilusión de esperanza individual es peligrosa: mantiene a la persona alienada de la acción colectiva o de la búsqueda de soluciones reales a su situación. En lugar de organizarse o reclamar cambios sociales, el ciudadano alienado por el juego persigue quimeras de fortuna personal, aislándose en su propia apuesta.
Un vicio condenado por la moral y la religión
A lo largo de la historia, el juego de azar ha sido visto con recelo por las tradiciones morales y religiosas más respetadas. En prácticamente cualquier confesión religiosa digna, el juego de apuestas está prohibido o censurado por considerarse un vicio que corrompe el alma y destruye vidas. Por ejemplo, en las enseñanzas del Islam el juego se considera haram (prohibido) de forma inequívoca. El Corán (5:90) lo equipara a un veneno social del que los creyentes deben apartarse.
En la tradición cristiana, aunque el juicio ha variado, las advertencias son claras. El Catecismo de la Iglesia Católica reconoce que los juegos de azar “no son en sí mismos contrarios a la justicia” si se practican con moderación, pero advierte con firmeza que “la pasión del juego corre peligro de convertirse en una grave servidumbre”. Es decir, puede esclavizar la voluntad de la persona. De hecho, varios líderes católicos modernos han alzado la voz contra este fenómeno. El papa Juan Pablo II llegó a calificar los casinos y apuestas como “otro fenómeno destructivo” en la sociedad contemporánea, porque “prometen una solución tan rápida como espectacular de las dificultades económicas, mientras que en realidad dejan a las personas en una situación aún más grave y difícil”. Esta cita refleja la condena moral: el juego apela a la codicia y la desesperación con promesas vacías, agravando al final los problemas del jugador.
Otros líderes religiosos han declarado abiertamente que los gobiernos deben evitar ser cómplices de la expansión del juego y la ludopatía. En un reciente libro, Francisco subrayó que “nuestros gobiernos no pueden ser cómplices de una instigación a la ludopatía que provoca serios daños a la salud emocional y financiera” de la población. También criticó que estas plataformas de juego "tienen los avales para patrocinar equipos deportivos, generando una familiarización con las apuestas incompatible con los valores del bien común, del deporte y de una sociedad sana”. En otras palabras, desde la ética cristiana se ve con alarma cómo la sociedad normaliza un hábito tan nocivo. Incluso las Iglesias evangélicas y otras denominaciones han pedido leyes más estrictas contra el juego, conscientes de que destruye familias y va contra valores fundamentales como el trabajo honesto y la templanza.
El consenso moral es claro: el juego de azar se asocia a la avaricia, la trampa y la pérdida de control, todo lo cual choca con principios religiosos que promueven la moderación, el esfuerzo y la ayuda mutua. Para cualquier ética orientada al bien común, enriquecerse a costa de la adicción ajena resulta inaceptable. Es por ello por lo que una sociedad que se precie de digna debería, según esta perspectiva, desalentar el juego de apuestas y no promoverlo.
La trampa económica: cuando “la banca siempre gana”
Una de las grandes falacias del juego de azar es la idea de que cualquiera puede hacerse rico si la suerte le sonríe. Esta narrativa es seductora pero profundamente engañosa. Matemáticamente, la casa siempre gana. Según la estadística y las leyes de la probabilidad, en todos los juegos de azar la empresa organizadora lleva ventaja y acaba ganando a largo plazo. Las loterías, los casinos y las casas de apuestas están diseñados para que la balanza esté inclinada a favor del organizador. Como explican los críticos, estas empresas venden “la idea de éxito... mediante la posibilidad de ganar dinero rápido y sin apenas esfuerzo”, pero “lo que no cuentan... es que para que su negocio funcione, [los jugadores] tenemos que poner el dinero y son escasas las ocasiones en las que acabamos ganando o recuperándolo. Dicho de otro modo: la banca siempre gana, y por extensión nosotros perdemos”.
En la práctica, el dinero que mueve esta industria sale del bolsillo de miles de personas perdedoras, mientras que las ganancias se concentran en unos pocos beneficiarios. Para ponerlo en perspectiva: se estima que el negocio del juego en España llegó a representar alrededor del 1,7% del PIB (unos 20.000 millones de euros anuales), situándose entre los sectores de mayor crecimiento incluso en años de crisis económica. Sin embargo, ese enorme flujo de dinero no crea riqueza real para la sociedad: no genera un empleo significativo ni mejoras sociales proporcionales. Por el contrario, “llena sus bolsillos a costa del sufrimiento de miles de personas que dejan sus ahorros y su salud” en estos negocios. Es un trasvase de riqueza de los estratos medios y bajos (muchos jugadores son gente trabajadora e incluso desempleados) hacia corporaciones y dueños de casinos que suelen pertenecer a clases acomodadas.
Aquí podemos entender la frase de que “es la forma en que los burgueses se entretienen”: los dueños y accionistas de empresas de juego —auténticos burgueses en términos clásicos, poseedores del capital— disfrutan de los beneficios multimillonarios y ven la apuesta como un simple negocio o diversión sin riesgo personal, mientras que las “pobres gentes” son las que caen en la trampa, vaciando sus bolsillos con la esperanza de un premio salvador. En el juego de azar, solo gana la casa. Los casinos de lujo pueden parecer un entretenimiento glamuroso para los ricos, pero para el ciudadano común apostar no es un juego: es jugar con fuego contra un sistema preparado para que pierda.
Además, las tácticas de esta industria refuerzan la trampa. Nada es casual dentro de un casino o en una aplicación de apuestas: las luces parpadeantes y sonidos estridentes, la ausencia de relojes o ventanas que te hagan perder la noción del tiempo, las bebidas gratis o muy baratas, los bonos de bienvenida en las apuestas online… Todo está diseñado para empujar al jugador a seguir apostando sin parar. Es el equivalente a un traficante que ofrece la primera dosis de droga gratis para enganchar al cliente. Incluso cuando alguien gana, el sistema se encarga de estimular la codicia para que esa ganancia vuelva a jugarse y se termine perdiendo de nuevo. Como ha advertido un artículo de El País, lo peor que le puede ocurrir a un jugador novato es precisamente tener suerte al principio: “Ganar 17.000 euros… acaba siendo una trampa letal. Instaurada la adicción, el ludópata volverá a jugar lo que ha ganado y lo perderá, y luego jugará para recuperar lo perdido, y así en un bucle interminable de saldo siempre negativo”. Esa espiral de la que es difícil salir es la que asegura que, al final del día, el banco nunca pierde.
Influencia política de las grandes empresas del sector
Compañías multinacionales como Codere, Luckia, Cirsa, Sportium y otras han ganado poder y contactos en las esferas del poder. No es extraño ver ex-políticos asesorando a estas empresas, ni directivos de las casas de apuestas ocupando cargos públicos. Un caso llamativo ocurrió en 2024 en Argentina, donde se designó a un ex-CEO de Codere como responsable gubernamental de políticas de niñez y adolescencia –irónicamente, alguien proveniente de la industria del juego a cargo de proteger a los jóvenes del juego. Estas puertas giratorias evidencian un conflicto de intereses alarmante. Mientras “la mafia del juego” (como la llaman algunos legisladores) presiona para frenar leyes restrictivas, muchos políticos miran a otro lado o incluso actúan como padrinos de este negocio, ya sea por lucro o por la creencia errónea de que el juego genera desarrollo.
Nada más deleznable que el juego, el vicio…siempre escapé de ello. Solo he creído en mi trabajo y mi salud, si acaso. Para los que no lo saben, ya vamos sabiendo que muchos políticos y otros más… patrocinan estas empresas, invierten y corrompen a los más débiles, ellos ya son corruptos, por esa razón como cualquiera que está metido en un callejón sin salida o en algo indigno por hablar suavemente, quiere que los demás, caigan con él. ¿Cómo impedirlo? ¿Somos una sociedad inmadura que caemos a todas las trampas?
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.