En este país siempre ha habido una gran tradición de crítica hacia la política. Uno de los factores históricos que explica este rechazo tiene que ver con el franquismo y su visión de la misma como algo nefasto para España, según su interpretación de lo que había ocurrido en la República. Eso sí, el franquismo soslayó contarnos que lo que hacía cada día, después de haber ganado una guerra y reprimido sin cuartel, era política, autoritaria y dictatorial, pero política al fin y al cabo. La falta de una profunda tradición práctica democrática tiene mucho que ver, pues, con ese odio casi visceral e interesado hacia la política. Pero, indudablemente, no podemos achacar toda la responsabilidad a una dictadura que nunca tuvo ningún interés en el fomento del servicio público ni en la defensa de valores de tolerancia, respeto, diálogo y civilizada convivencia, elementos todos ellos de otra forma de hacer política. Existe otra responsabilidad y se encuentra en la constatación de que una parte de los políticos de nuestra democracia han convertido el ejercicio político en un lodazal de corrupción. No son todos, ni tampoco la mayoría por mucho que algunos se empeñen, pero sí los suficientes para provocar un rechazo hacia la política, y que tendría otra raíz histórica distinta a la franquista. Nos referimos al poso anarquista, tan importante en la historia contemporánea española, y que podría haberse reelaborado en muchos movimientos de calle, en el 15-M, salvando la distancia temporal.