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Participación política: autoritarios y elitistas, participativos y asamblearios


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Angel Soler Gollonet / shutterstock Angel Soler Gollonet / shutterstock

La participación es el poder de intervención en las decisiones o acciones que afectan a un grupo, a una comunidad política. Es un principio que nace en la Europa moderna en relación con los crecientes conflictos en el seno de las monarquías absolutas, primero en la Inglaterra del siglo XVII, y luego en la Francia ilustrada, y en las que aparece la reivindicación de los súbditos en dejar de serlo para convertirse en ciudadanos que quieren participar. Rousseau, al respecto, estableció la idea del contrato social. Por medio de dicho contrato los gobernados deben dar a los gobernantes su consentimiento para ejercer la labor de gobierno. Rousseau nos ha legado la primera gran preocupación sobre la importancia de participar en política. Si los ciudadanos no se interesan por el servicio público el Estado camina hacia la ruina.

La participación política fue un pilar del liberalismo. El nuevo sistema político debía representar los intereses individuales, es decir, ser votado por los ciudadanos, ya fuera a través del sufragio censitario (propietarios), en la versión más moderada del liberalismo, ya a través del universal, defendido por los liberales más progresistas o avanzados.

En las democracias actuales la participación se relaciona con toda actividad ciudadana que se encamina a intervenir o influir en la elaboración, desarrollo y resultados de la política. Puede ser individual o colectiva, y se formula a través de la elección de los cargos públicos mediante el sufragio universal, participación en referendos, etc. La vía electoral, pues, es el principal medio pero no el único y tendría que ver con lo que se conoce como representación institucional. Luego estaría la implicación de los ciudadanos y ciudadanas en los partidos políticos, sindicatos, asociaciones, agrupaciones de distinto tipo, etc.. También estaría la intervención en medios de comunicación y en la red, manifestaciones, marchas y actos de protesta o reivindicativos. Estaríamos hablando de la participación no oficial. La influencia de todos estos medios de participación política es variable y estaría en función de varios factores: grados de influencia, información y del resultado obtenido.

En las democracias occidentales hay dos grandes concepciones, con matizaciones después, sobre el tipo y grado de participación política y que en nuestro país son claramente visibles. En primer lugar, estaría una concepción o escuela política que considera que mientras menor sea la participación ciudadana y mayor la autonomía de las élites dirigentes más alto es el grado de democracia y eficiencia política, dada la mejor preparación y la mayor cultura política de esa clase dirigente. Esta forma de entender la democracia establece que el único mecanismo de participación política ciudadana debe ser el institucional. En nuestro país es la clara opción de la derecha, que siente pánico por los medios no institucionales de participación, aunque luego los emplee también cuando le interesa, como tuvimos ocasión de ver en la época de Zapatero, o lo que hace VOX en el presente. La derecha española solamente acepta, aunque sea un evidente avance en relación con su historia en el siglo pasado, las elecciones como mecanismo de participación. Para lo demás se legisla para reprimir y encorsetar porque el autoritarismo sigue presente en su bagaje intelectual.

Por otro lado, las nuevas formaciones, en teoría sin ideología marcada, como Ciudadanos, navegarían en estas mismas aguas pero con matices. Sí parece que tuvieron más claro que puede haber cauces de participaciones de tipo no institucional pero, en compensación, son claramente defensoras de la ocupación de élites de los puestos de dirección de los organismos del poder que no sean estrictamente el Parlamento o el gobierno. Ambas formaciones desean que los políticos, elegidos, desaparezcan de cualquier organismo de poder administrativo, judicial o económico, empleando argumentos altamente populistas pero que esconden, como apuntamos, un intenso elitismo. Es evidente que tras esta supuesta asepsia política se esconde una moderna derecha que se diferencia de la otra en su mayor grado de sofisticación.

La otra opción sería la que defiende la democracia participativa. Esta escuela cree en el desarrollo de todos los cauces de participación ciudadana, institucional y no institucional, con miras a una intensa fiscalización de los gobernantes y de las políticas que se emprenden, en aras de una mayor calidad de la democracia. Esta opción es la defendida por la izquierda en su conjunto, aunque conviene hacer algunas matizaciones también. Los socialistas, sin olvidar su seña de identidad de defensa de la democracia, tendieron cuando accedieron al poder en los años ochenta a alejarse en cierta medida de los medios no institucionales de participación ciudadana, seguramente por su afán reformista ante una España que necesitaba ser cambiada en casi todo, y que necesitaba una alta concentración y energía. La segunda administración socialista sí fue más sensible a esta cuestión.

Por otro lado, en nuestro cambiante mundo político vivimos a un auge de la participación política ciudadana no institucional desde mayo de 2011 y que se canalizó, sobre todo, a partir de Podemos. Pero existen sus riesgos en lo asambleario por falta de operatividad y porque puede ser un ámbito perfecto para la manipulación y un moderno autoritarismo. Por otro lado, estos movimientos tienden en su crítica a un sistema político con importantes problemas, a deslegitimarlo todo por principio.

El pretender que solamente la participación ciudadana debe ser institucional empobrece nuestra democracia, como hace cada día la derecha española. El pretender una nueva suerte de tecnocracia, al gusto de los partidos que se dicen sin ideología, es altamente peligroso para la calidad de la democracia. Pero, por fin, deslegitimar la participación institucional como pretenden movimientos que intentan convencernos que hay que superar el enfrentamiento entre la derecha y la izquierda, es muy perjudicial para la democracia. Sostengamos la democracia institucional, reformémosla, y potenciemos la participación por cauces no institucionales. Apostemos por todo lo participativo, huyendo del autoritarismo, del elitismo y de lo puramente asambleario.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

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