Tres personajes, una fotografía en blanco y negro de unas texturas muy expresivas con una potente gama de grises , un lenguaje clásico donde las manos o el detalle de objetos como billeteras de dinero o estuches de medicamentos adquieren una presencia tan destacada como los rostros, un paisaje urbano descrito con un sentido de la física en la que el muro de cemento de un enorme edificio de viviendas donde el ascensor no siempre funciona se tropieza con el gran hospital que viene a ser una especie de supermercado de la salud.
Los detalles a descubrir son abundantes en esta película mexicana que ha pasado por el festival de Berlín y San Sebastián de este año y es la designada para representar en los próximo Goya. En la que con un estilo casi de Robert Bresson extremadamente riguroso y sobrio pero de una profundidad sin limitaciones se cuenta una aparente 'historia mínima' que encierra muchas más claves de las que se ven. Una solitaria mujer madura obsesionada con la limpieza de la casa, que consume su tiempo viendo programas de televisión, en un destartalado edificio-colmena de la ciudad de México situado frente a un gran hospital público alquila por unos pocos días una habitación a un trabajador manual cuya esposa agoniza en el vecino centro. Hay recelo ante esa intimidad compartida. Pero él no le dice que se acompaña de su hijo de nueve años, un niño obsesionado por las máquinas de videojuegos. Tras intentar ocultar la presencia del niño la dueña del piso descubre la huella del menor. Mujer huraña y antipática se enfada y pone severas limitaciones a que el niño permanezca en la vivienda pese a compartir cuarto con el padre. Un hombre de escasos recursos que tiene que emplearse por horas para poder sufragar los gastos del momentáneo alquiler y el pago de las medicinas.
Finalmente la mujer madura y solitaria y el niño se encuentran y sus relaciones se transforman. Esta historia que en otras manos habría dado pie a un melodrama ternurista, en las de su director Fernando Eimbecke coguionista junto a Vanessa Garrnica se convierte en un magnifico estudio de caracteres a través de tres personajes dentro de un contexto donde se percibe la ausencia, la soledad, la vida inhóspita en las grandes ciudades, la arquitectura hostil, el sentido de la pérdida...
Concebida inicialmente como un cortometraje su alargamiento no le hace perder intensidad, sino al contrario. Es un ejercicio de dirección donde la sobriedad se convierte en máxima expresión de sentimientos. Con un trabajo de creación de espacios que llama la atención por su manejo de los interiores y exteriores y la credibilidad que aportan a una historia, donde hay tras actores que parecen personas con las que nos cruzamos en cualquier momento por la calle sin girar la cabeza. Teresita Sánchez, Tulio Ramírez y el pequeño Bastian Escobar, en un trabajo de dirección de actores de. una naturalidad arrolladora, con juego de diálogos en los que no hay el menor rasgo de impostación. Porque no estamos hablando de un 'niño prodigio' a la antigua usanza, sino de un 'niño-niño' con diálogos de una vibrante frescura.
Sin lugar a dudas no es solo una de las mejores películas mexicanas de los últimos años sino una de las más llamativas de la cartelera española. Con pocos elementos se construye un relato que atrapa desde los primeros momentos, en un ejercicio de minimalismo extremo que asombra por su eficacia y las sugerencias con las que el espectador sale de ver esta historia abierta, nada críptica, cercana, llena de carga emocional y de ideas. Eimbecke no es un recién llegado sino un profesional que acumula una carrera minuciosa a quien hay que seguir desde ahora con toda atención.





