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Los argumentos totalitarios y escalofriantes del sofista Trasímaco

La persuasión es mucho más eficaz que la fuerza.

Esopo

Sabia cosa es la del que ha enseñado a los mortales a escuchar las razones empleadas por los adversarios.

Eurípides

Una añeja expresión latina que ha hecho fortuna es “Nihil novo sub sole”. Como todos los tópicos contiene algo que es, comúnmente, aceptado. Con harta frecuencia pueden oírse a diario improperios, barbaridades y amenazas, de una estupidez infinita y de consecuencias sociales devastadoras, sin más atenuante racional que la ignorancia de quien las pronuncia. Desgraciadamente, las más de las veces son mandatarios de poderosas naciones… o “marionetas” que gozan de una inmerecida fama mediática.

En mi juventud tuve ocasión de conocer y de leer una serie de libros de los clásicos greco-latinos, que me marcaron. También, escuché conversaciones de personas sabias y preparadas que hablaban de política y de los políticos, por supuesto en privado, con un rigor que no he vuelto a encontrar después.

Siempre he pensado que el todo vale es una expresión simplista y demagógica, por no decir, perversa.

Siento admiración por quienes entendían y entienden la política como el arte de gobernar el Estado buscando el apoyo de los ciudadanos y su participación en las decisiones persiguiendo el bien común, respetando y exigiendo el cumplimiento de las leyes y practicando políticas distributivas y redistributivas a fin de que disminuyan las desigualdades.

Mi adolescencia y mis estudios universitarios transcurrieron durante la dictadura franquista. Ni que decir tiene que fue una época gris, envilecida y dónde, cómo se comentaba en los círculos clandestinos, casi todo estaba prohibido… y lo demás era obligatorio.

La oposición estaba férreamente silenciada, los medios de comunicación no informaban, de hecho, eran exclusivamente altavoces y voceros propagandísticos. Se reprimían con dureza las manifestaciones… y el mero hecho de leer o de tener inquietudes intelectuales era considerado sospechoso y frecuentemente traía como consecuencia la marginación o la cárcel.

Las dictaduras degradan. No faltaban, tampoco, quienes aceptaban pasivamente la situación o quienes exaltaban y glorificaban al dictador, aplaudiendo sus discursos, huecos, vacios de contenido, que no tenían otra pretensión que mantenerse indefinidamente en el poder, aletargando a lo que se dio en llamar la mayoría silenciosa.

He comentado lo anterior porque en todas las épocas han existido indeseables que no han dudado en alabar a los dictadores esperando algún beneficio.

Me sigue causando estupor y tristeza el abandono de los clásicos. Ya casi no se escuchan sus sabios consejos a través del tiempo y todo lo que huele a humanismo se tiene por superfluo y prescindible.

No es un mal antídoto conocer, aunque sea parcialmente, el mundo clásico. Se aprende y con bastante frecuencia, pueden extraerse ideas y valores que nos orienten en este presente lleno de incertidumbres… donde a diario escuchamos, por parte de interesados agoreros, que el futuro será aún más negro.

Cuando fui descubriendo los asesinatos masivos, las tristes consecuencias del holocausto, los principios supremacistas arios y la estúpida maldad de los nazis, confieso que sentí rabia, impotencia ante tanto dolor causado en nombre de principios violentos, ultranacionalistas y de desprecio al ser humano.

Después, me di cuenta de que todo esto, con algunos matices, no era nuevo. Cuando cayeron en mis manos los Diálogos platónicos, en una primera ojeada me entusiasmó su belleza, la utilización de los mitos para hacer pedagogía de su concepción del mundo y la profundidad de sus ideas y su dialéctica.

Años más tarde, los Diálogos platónicos me convencieron bastante menos y advertí en ellos una serie de “trampas sutiles” y eficazmente destinadas a llevar las aguas a su molino.

Es sabido que Platón despreciaba a los sofistas. Creo que, en modo alguno, forman un conjunto homogéneo y que no se les puede despachar de un plumazo, porque son plurales, heterogéneos, individualista y difieren mucho unos de otros.

Protágoras, sin ir más lejos, me entusiasmó por su inteligencia, sutileza y habilidad dialéctica. Hay otros, sin embargo, como Trasímaco de Calcedonia y demás componentes de la segunda generación sofística, pongamos Calicles que me parecen simplistas, brutales y que ensalzan la fuerza más allá de cualquier límite imaginable.

Puede considerarse a Trasímaco un defensor a ultranza, de los derechos del más fuerte. Con evidente descaro, llega a afirmar que lo justo es lo que conviene a los que detentan el poder y, entre otras lindezas, añade que la voluntad del más fuerte es la que tiene que decidir aquello que es justo e injusto.

Sus exabruptos recorren la historia, pese a ser proferidos en el Siglo de Pericles. Su influencia puede rastrearse en los discursos del Führer, en las groseras proclamas de Mussolini… y, sin remontarse al pasado, leyendo lo que comentan los seguidores de Donald Trump, Bolsonaro y otros de su ralea, en las redes sociales o en los medios de comunicación a su servicio.

Uno de los Diálogos considerados de mayor “altura” de Platón, por la cantidad de temas que aborda y por las ideas que expone, es La República a la que prefiero denominar Politeia. Este tratado de filosofía política “sui generis” contiene consideraciones apreciables sobre la mejor forma de gobernar una ciudad o un estado.

Se suele celebrar, con toda justicia, el Libro VII que contiene la Alegoría de la Caverna, que está entre las páginas más bellas de Platón. Sin embargo, al lector de los X Libros de La República le aguardan más sorpresas.

En el Libro I se aborda, nada más y nada menos, la forma en que debe construirse y estructurarse un estado justo. Como en otros Diálogos, Sócrates acompañado por Glaucón, se encuentran en el camino del Pireo con unos y con otros… ya avanzado el Diálogo, Trasímaco entra al debate como elefante por cacharrería, bufando como un toro y ansioso de exponer sus brutales argumentos y desplantes. Quizás, lo que más me impresionó de este pasaje es su tesis de que lo justo es lo que conviene al más fuerte. El cumplimiento de las leyes no es más que un medio, un instrumento para imponer aquello que interesa al que ostenta el poder. Planteamientos como estos, bien interpretados, están en el origen de movimientos demagógicos, totalitarios y populistas. No sabía Trasímaco lo que “estaba sembrando”.

Nicolás Zavadivker que se ha ocupado de analizar, con especial acierto, el Libro I de este Diálogo, tras exponer la definición de justicia de Trasímaco “lo justo es lo que conviene al más fuerte” lo interpreta en el sentido de que lo justo, es decir, lo que la autoridad impone, no es otra cosa que un instrumento para defender sus intereses.

Los Diálogos platónicos están repletos de ideas brillantes pero también, de trampas tendidas al lector y de vericuetos por los que conduce hábilmente a quienes lo leen. Es un especialista contumaz en traer las aguas… a su molino.

En los primeros Diálogos, Sócrates, en líneas generales, habla por sí mimo o lo que es lo mismo, Platón expresa lo que le escuchó, sus puntos de vista y su forma de entender el valor del pensamiento y de la dialéctica. Sin embargo, en los de su etapa de madurez y en los de su última etapa, Sócrates pasa a ser casi un alter ego del propio Platón que expone los planteamientos de éste. Se diría que el irónico y astuto autor de La República, se oculta tras una máscara: la de Sócrates.

Es admirable la perspectiva crítica que imprime a sus razonamientos. Con frecuencia Platón es didáctico… su horizonte teórico, va bastante más lejos. Le gusta “jugar” con los personajes y situaciones a un juego del que sólo él tiene la llave para abrir y cerrar puertas.

Otro aspecto al que me gustaría referirme, aunque fuera de pasada, es que Sócrates tiene evidentes puntos de coincidencia con los sofistas, incluso en cuestiones de método… aunque no así en sus convicciones morales.

En cualquier caso debatir sobre las finalidades sociales de la acción política y sobre las cuestiones relativas al gobierno de la polis es algo de lo que Platón hace gala en el Libro I de La República, aunque como es usual en él, tirando la piedra y escondiendo la mano. El gobierno, que actúa en pro del bien común, es un factor de equilibrio y un garante de los derechos de los ciudadanos.

Es inteligente y, desde luego, entrañable la importancia que da al cumplimiento de las leyes y al principio de justicia, entendida como equilibrio, que debe regir la dinámica social.

No es momento de profundizar en el concepto de “diké” (justicia). Tiene en Platón una importancia capital y merecería un excurso y no sólo una referencia.

Es de un alto valor el firme convencimiento de la mayoría de los griegos, de que el bien común es más importante y preferible que el particular y que las acciones políticas deben ir encaminadas a mantenerlo y extenderlo, impidiendo así el debilitamiento que puede conducir a la desintegración.

Este pensamiento está tan arraigado que varios filósofos e historiadores mantienen que el pueblo debe combatir en defensa de las leyes de la misma forma que defiende la ciudad del ataque de quienes la sitian.

La libertad estaba, también, firmemente arraigada. Los griegos apelaban a ese derecho que debía ser defendido, si era necesario, con riesgo de la propia vida.

Es esta una visión del mundo de quienes, no conviene olvidarlo, “inventaron” la Democracia y, en cierto modo, los derechos de ciudadanía; lógicamente, con todas las limitaciones e imperfecciones del momento histórico en que surgió.

En esta época de profundas desorientaciones… donde tantas proyecciones ilusorias están esparcidas en el ambiente, conviene tener presente cómo y dónde nació la democracia, el esfuerzo que ha costado dotarla de un contenido social y nuestra obligación de no permitir que se desdibuje ante las amenazas y groserías de los trasímacos de turno.

Una a una fueron cayendo las señas de identidad que posibilitaban un rearme crítico, frente a un poder opresivo que recurre a la manipulación, fake news y otras fórmulas envenenadas de toxicidad. Por eso sugiero, humildemente, una recuperación de la hermenéutica… y que regresemos a la senda de una valoración empírica de los hechos. Que tal y como están las cosas no es poco. Una cosa son los hechos y otra su interpretación.

La experiencia de existir tiene, también, unos deberes de índole moral que cumplir. Hemos de atrevernos a ir más allá de lo que otros han decretado como límites… porque traspasarlos y transgredirlos viene a ser tanto como poner en tela de juicio la propia legitimidad de su poder. He ahí, una tarea admirable a la que estamos convocados.

El tiempo que nos ha tocado vivir está en nuestra mano que no sea un tiempo muerto… unos meros jirones baldíos. No sería una mala opción que, de cuando en cuando, nos dejáramos acunar por un pasado exigente y crítico sin renunciar a protagonizar nuestro futuro. Quizás uno de nuestros primeros deberes sea escudriñar posibles salidas a este “intrincado laberinto” en que estamos atrapados. Si nos lo proponemos, podremos encontrar una senda transitable aunque no exenta de esfuerzos y sacrificios.

Frente a la amenaza de los faraones cibernéticos… el único grito de rebeldía válido es ¡más democracia, más justicia para todos!; así como un diseño bien planificado para combatir las desigualdades que amenazan con arrojarnos al abismo…

En tiempos obscuros y sombríos surgen las distopías. Desde hace un tiempo tengo pesadillas con que quedemos reducidos a “pájaros de ceniza” Las alas han sido siempre un símbolo, una metáfora de libertad… y las cenizas lo que queda tras la destrucción.

Hay que seguir leyendo los Diálogos de Platón como se ha hecho en los últimos veinticinco siglos. Están plagados de reflexiones liberadoras aunque también, de planteamientos, que pueden servir de estimulo a los totalitarismos.

En una próxima ocasión, expondré algunas opiniones sobre Las Leyes que, en cierto modo, me parece una continuación más madura y escrita al final de su vida, de ideas sostenidas y argumentadas en La República.

Hace más o menos dos décadas, circuló con cierta profusión, una especie de slogan: “más Platón menos Prozac”, no es que el viejo reaccionario ateniense se cuente entre mis pensadores predilectos… pero aunque sólo sea por fastidiar a los partidarios del Prozac y de otros antidepresivos similares… levanto con energía la bandera platónica y les sugiero que hagan lo mismo.

En la teoría de la reminiscencia, Platón nos advierte con sagacidad, que conocer es recordar. Quizás, por eso, las soflamas incoherentes y de una insolencia despótica de Trasímaco… me recuerdan, y mucho, a los balbuceos carentes de lógica de Donald Trump o Jair Bolsonaro.

Bolsonaro es, además, fascistoide, anoche tuve, de nuevo, otra pesadilla: nombraba consejero áulico a Trasímaco y este le sugería que se convirtiera en caballo de Troya de sí mismo. 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.