Quantcast
ÚNETE

El Carlismo tras la Primera Guerra Mundial

Tras la Gran Guerra, el movimiento carlista se encontró con varios retos en su agenda política: en primer lugar, enfrentarse a la crisis interna que supuso el choque entre el líder Vázquez de Mella y el pretendiente Jaime III (que hemos explicado en un artículo anterior), que dividió el partido entre jaimistas y mellistas durante varios años. Por otro lado, se intentó impulsar la presencia de los tradicionalistas en los medios obreros urbanos, no sólo en su tradicional medio rural. En consecuencia, nacieron los sindicatos libres, creados oficialmente en una reunión celebrada en el Ateneo Obrero Legitimista de Barcelona el 10 de octubre de 1919.

Ese Ateneo fue fundado por jóvenes trabajadores y dependientes de comercio que también mantenían lazos con los tradicionales círculos jaimistas, aunque en poco tiempo los sindicalistas libres encubrieron sus orígenes políticos, afirmándose como obreristas y profesionales, con el objetivo de obtener un mayor apoyo social, por lo que renunciaron a la confesionalidad católica. Ello, lógicamente, no significó atarse al anticlericalismo ni a la crítica religiosa, pero trataron de que la religión no fuera objeto de un rechazo por parte de aquellos trabajadores que se interesaran por este tipo de asociaciones.

En plena coyuntura postbélica, con el auge de los problemas obreros, su número llegó a alcanzar los 150.000 miembros en 1922. Su principal dirigente, Ramón Sales, había sido militante carlista y miembro del requeté, cuya retórica de combate y paramilitarización resultó clave para la creación de grupos insertados en los sindicatos libres que se lanzaron a la batalla por la calle y la representación obrera contra los anarcosindicalistas y sus pistolas. Su vida sindical finalizó con la llegada de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930).

Al principio, el pronunciamiento produjo cierta expectación para los carlistas, pues si por una parte estaban de acuerdo con la desaparición del régimen liberal, el golpe de Estado mantenía en el trono a la dinastía "usurpadora", todo lo cual volvió a decantar a Jaime III por un prudente neutralismo. Y, al igual que su posición a favor de la neutralidad de España en la Primera Guerra Mundial, la invitación del pretendiente no fue secundada por la mayor parte de sus fieles, muchos de los cuales apoyaron y colaboraron con la dictadura, al igual que los mellistas y la antigua escisión carlista producida en 1888: los integristas. El nuevo régimen pretendía acabar con el desorden social, el terrorismo anarquista, el problema de Marruecos, la corrupción política y el caciquismo liberal. Todas ideas atractivas para muchos carlistas de a pie.

Jaime III dio a conocer un manifiesto, el 6 de marzo de 1925, donde criticaba la labor del directorio militar y constataba su fracaso en la regeneración de la vida española. Se habían herido sentimientos regionalistas catalanes al disolver la Mancomunidad, no se había acabado victoriosamente todavía el conflicto colonial y, cuando finalizara la dictadura, la situación social sería peor que la previa al golpe militar.

En consecuencia, la censura de la dictadura controló mucho más lo que publicaba la prensa carlista y se produjo algún encarcelamiento, haciéndose más frecuentes algunas multas, detenciones y prohibiciones a actos públicos del tradicionalismo. No obstante, la presión de las autoridades fue muy selectiva, pues no todos los carlistas adoptaron una postura abiertamente crítica y contraria contra un gobierno que parecía mantener principios de autoridad, orden, antiliberalismo, antiseparatismo, antimarxismo y religiosidad integrista tan sincrónicos con su ideario. Entre los colaboradores cabe recordar al tortosino Joaquín Bau y al vizcaíno Esteban Bilbao. Este abanico de circunstancias, al calor de la vida política de los años veinte en España, volvió a debilitar la frágil unidad del carlismo.

La desaparición de la dictadura del general Primo de Rivera, en enero de 1930, y la difícil transición hacia la situación constitucional anterior a 1923 sellaron el destino de la Monarquía alfonsina, naciendo la Segunda República. Su llegada propició lo que no había sucedido en muchos años: la nueva formación de una coalición de fuerzas contrarrevolucionarias, nucleada por el carlismo, que vería en el régimen republicano la coyuntura ideal para el aumento de sus posibilidades de victoria. Las muertes de Vázquez de Mella (26 de febrero de 1928) y de Jaime III (2 de octubre de 1931), unidas a la sucesión como pretendiente de su tío Alfonso Carlos I cimentaron aún más la vuelta a la causa común de mellistas e integristas. El peligro revolucionario sería, como en 1833 y en 1868, agua y semilla para un nuevo crecimiento del movimiento carlista durante el quinquenio republicano.

El lector interesado puede acudir a:

-DE ANDRÉS, Juan Ramón: El cisma mellista. Historia de una ambición política, Actas, Madrid, 1999.

-MORAL RONCAL, Antonio Manuel, La cuestión religiosa en la Segunda República. Iglesia y carlismo, Madrid, 2009. Antonio Manuel Moral Roncal

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.